Traducción de Agustín Cadena 

 

TENÍA  el aspecto de alguien que ha pasado los mejores años de su vida sentado en un banco de cantina: tenía esa piel pálida de los que rara vez ven el Sol, las arrugas y las patas de gallo de un hombre más viejo de lo que él era. Y esa postura jorobada de los que han pasado mucho tiempo sentados frente a una bebida, contemplándola desoladamente.

Ahora que cojeaba hacia la entrada, se veía tan encorvado que parecía que hubiera estado en un bombardeo o se hubiera helado hasta los huesos. Vestía unos jeans decolorados, un poco sucios, unos tenis ya rotos en una de las suelas, playera doble (una gris encima de una azul) y una chamarra de mezclilla derrotada por el frío. Seguro olía, pues la empleada de seguridad arrugó la nariz cuando el hombre empujó las pesadas puertas de vidrio y pasó junto a ella.

Molly se imaginó que, si se le acercaba lo suficiente, podría percibir también el olor a alcohol y a tabaco del aliento del hombre. Pero no tenía ni el más mínimo deseo de acercársele, aunque estaba seguro de que el tipo iba hacia ella, con todo y que lo vio dudando en la entrada, buscando su escritorio. Le dirigió una mirada fuerte a la empleada de seguridad, que iba caminando en sentido opuesto. ¿Por qué no hacía su trabajo esa inútil? Debió haber detenido a ese hombre en la puerta, a ver qué quería. Nada más esto le faltaba: tener que empezar la mañana lidiando con un teporocho.

Vaya que Molly tenía historias que contar sobre este escritorio de información. Locos, indigentes, perdidos. “Eh, ¿dónde tienen los libros sobre la Guerra de Vietnam?”. Los estudiantes no tenían ni idea de cómo usar una biblioteca; de lo único que sabían era de Wikipedia. Aquella mujer que se le quedó viendo a Molly arriba de la cabeza hasta que ella sintió que se le movía el cuero cabelludo.

“¿Sabe usted que tiene en el cabello unas cositas brillantes que se arrastran?”, le preguntó la mujer. Dios mío. A ésa se la llevaron los paramédicos a desintoxicarla. Dijeron que andaba con alguna droga. Y luego los indigentes que olían a pipí y se quedaban dormidos todo el día en las sillas más bonitas si nadie les decía nada, o se ponían a ver pornografía en las computadoras, ahuyentando a los clientes buenos. Y ahora la más reciente maravilla de la humanidad había descubierto a Molly y ahí venía cojeando. Se sintió contenta de tener ese ancho escritorio separándola de él.

–¿En qué puedo servirle? –escueta y profesional.
​Él sacó una libretita:
​–Estoy buscando el seminario sobre prótesis de veteranos.
​–Empieza hasta las 10:30 –le informó Molly, mientras buscaba en qué salón era el evento y se preguntaba si haría bien en decírselo. Ese hombre podía ponerse impertinente.
​–Me dijeron que llegara temprano –respondió él, tímidamente–. Soy uno de los ponentes.

Sobre El Autor

Pat Dubrava

Patricia Dubrava fue maestra de la Escuela de Artes de Denver y actualmente da clases de creación literaria y traducción en la Universidad de Denver. Ha publicado dos libros de poemas propios y una colección de cuentos de varios autores traducidos del español. Sus traducciones de cuentistas mexicanos han aparecido publicadas en numerosas revistas y antologías. Una de éstas fue finalista del premio Lunch Ticket’s Gabo 2017

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