GRACIELA HIERRO

 

El miércoles 11 de abril de 2018, en el Congreso de Empoderamiento Femenino, se le hará un homenaje a Graciela Hierro, filosofa y feminista mexicana. Este magno evento celebra sus 14 años de existencia en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

 

SI BIEN el evento da inicio el lunes 9 de abril, en su estructura de organización siempre se abre un espacio para reconocer a las estudiosas del feminismo que han escrito, que han luchado y que han demostrado en su discurso, pero también en sus acciones el compromiso por estudiar, transformar e interpretar la vida de las mujeres. Graciela Hierro lo hizo durante toda su vida.

En este reconocimiento se presentará el libro Maestra, filósofa y feminista. Graciela Hierro, cuyas coordinadoras fueron Francesca Gargallo Calentani, Romina Martínez Dávila y Cecilia Olivares Mansuy. En cada capítulo las autoras recuperan el legado de esta ejemplar mexicana.

Para Hierro, el feminismo “representa el hecho de que las mujeres descubran sus valores y los traten de llevar a cabo, que digan lo que les parece bien y por qué, y traten de hacerlo y señalen lo que les parece malo, que digan en voz alta lo que piensan, lo que les interesa, y que lo hagan, “que se acuerden que sólo se vive un sola vez”.

Con pasión y convicción, Graciela Hierro siempre explicó y defendió el feminismo, una palabra que en esta época de la postmodernidad todavía da miedo decir a muchas y da miedo escuchar a otras más.

De Graciela Hierro aprendí a decir “soy feminista”, con orgullo y sin temor, gracias a ella, el término lo hice propio porque con su ejemplo admiré a las feministas, con sus reflexiones comprendí el significado del feminismo y el reto que teníamos que enfrentar con orgullo. Me convenció de que el feminismo es un compromiso de vida.

 

A lo largo de su vida combinó su pasión del feminismo con la filosofía. Así desde la perspectiva ética y la convicción feminista resultaba posible elaborar preguntas que no habían sido planteadas antes. Sin duda ella fue una pionera en este tipo de estudios y abrió nuevas posibilidades de expresión moral y valores

A su juicio, el feminismo representaba un movimiento político que desde la perspectiva ética denunciaba la de la doble moral sexual existente en la sociedad, Al señalarla, el feminismo apostaba por anular la práctica de esta moral que posibilitaba considerar socialmente ciertos valores buenos en los hombres y malos en las mujeres, que ciertos aspectos morales sólo fueran practicables en lo privado por las mujeres, pero severamente castigados en lo público.

Explicaba que las características negativas que acentuaban la opresión femenina eran tres: interiorización, control y uso. Quizá esta visión no les parezca el descubrimiento del siglo XXI, pero debe advertirles que estas reflexiones las hizo la doctora Hierro hace más de veinte años. En un tiempo donde era más difícil que en la academia alguien osara considerar la situación femenina como un espacio de estudio interesante y respetable. Estas aseveraciones las hizo en un ámbito académico netamente masculino y sin duda terriblemente machín. Pero ella, no calló su voz ni se respaldó en una moda. Ella argumentó de manera decidida su posición crítica del patriarcado.

En la doble moral que denunciaba observaba dos personajes femeninos centrales que la sociedad creaba: la prostituta, interiorizada, controlada y usada, sólo ella pueda satisfacer el placer sexual masculino. Mientras que la imagen más adorada era la de madre, mantenida por el otro y digna de recibir un trato galante, su única misión en la vida es la reproducción.

Una buena mujer solamente ejercitaba su sexualidad para darle un hijo al hombre que amaba, una mala mujer buscaba el placer.

 

“Lo natural para el hombre es gozar de su sexualidad; lo natural para la mujer es procrear. La sexualidad masculina, cuya única consecuencia visible es el placer, puede ser objeto de su elección personal. La sexualidad femenina tiene siempre consecuencias visibles: un himen roto o un embarazo, depende de lo que puedan decir de ella los demás”.

Ante esta situación de desigualdad, aseguraba que era necesario construir una ética desde la experiencia, modelar la experiencia desde la ética y desde el feminismo formular entonces una ética feminista. Propuso que la tarea de una ética feminista debía ser alcanzar una moralidad centrada en la propia sensibilidad hacia los intereses personales y en relación con los intereses sociales, su objetivo se enfocaba a “rechazar lo rechazable para intentar superar el dualismo moral y alcanzar una visión unitaria de la ética”. La ética feminista debería ser entonces una ética del placer.

Invitaba con alegría y seguridad que nos correspondía a las mujeres por primera vez definir tal placer, descubrir el sentimiento y el goce y dar nuestras razones para legitimar moralmente nuestra conducta. ¿Hemos logrado esas propuestas de Graciela Hierro en la época posmoderna?

Cuando miro a las mujeres que la escuchamos y la estudiamos puedo afirmar con orgullo que sí. Claro, nos ha costado sesiones con nuestra psicoanalista, hemos tenido que dejar de mirarnos en falsos espejos, enfrentar críticas y rechazo, asustamos a los incrédulos y convencemos a los que amamos. Pero no dudo en afirmar que ella nos convenció, logró persuadirnos, tener confianza, hablar en voz alta y rechazar con argumentos sólidos las visiones patriarcales que pese a todo siguen persiguiéndonos.

Por lo mismo, cuando miro a otras mujeres considero que las advertencias de la gran filósofa feminista todavía son válidas. Lo puedo palpar con cada mujer asesinada en Ciudad Juárez, con las prostitutas de La Merced, con las jovencitas que siguen casándose porque se embarazaron a los 18 años, con profesoras de esta facultad que se burlan del feminismo, con otras más que toman como moda las cuestiones de género y se traicionan a sí mismas en su vida cotidiana.

Recuerdo cuando mi querida maestra nos advertía que éramos precisamente nosotras las que debíamos intentar comportarnos como agentes morales para invitarnos a nosotras mismas y a las demás a responsabilizarse de tomar las decisiones y también de llevarlas a cabo.

En cada clase que tomé con ella, nos convenció de que podíamos comportarnos como productoras de símbolos, con todo el poder que ello implica.

 

“En esta producción simbólica se destaca la constitución de la propia conciencia femenina, la afirmación de la subjetividad de las mujeres, condición necesaria para su ejercicio como agente moral. Es el caso la constitución de una subjetividad autónoma en épocas de crisis (y hasta de muerte) del sujeto autónomo.”

Siempre reiteró la necesidad de construir y conceptualizar una subjetividad femenina, no de un modo negativo ni como una esencia universal, sino como aquellos aspectos constitutivos que participan en la construcción de la experiencia femenina y sus productos, que tienen que ver las circunstancias y prácticas concretas de grupos muy diversos de mujeres que por primera vez están construyendo sus maneras propias de valorar, proponer y justificar formas nuevas de convertir la necesidad en virtud; en un mundo donde paulatinamente van dejando de ser ciudadanas de segunda categoría y se convierten en agentes morales y políticas de sus propias comunidades.

La fuerza del pensamiento filosófico feminista que me transmitió y me comprometió a compartir siempre con las demás consiste en considerar que la finalidad del feminismo es sustituir la centralidad del poder en la vida humana* para liberar el placer, de manera que se devuelva el hedonismo a la misma; es decir, plantearse el placer como la finalidad de la vida, considerando que su libre práctica nos garantiza que somos dueñas de nuestro cuerpo. Esto hará posible creer con verdadera fe que no hay un poder que se nos impone, sino que somos capaces de ejercerlo. Porque si no, como preguntaba ella constantemente en relación con el ser femenino, “si no somos dueñas de nuestros cuerpos ¿de qué somos dueñas?”.

Con los ojos cerrados sigo creyendo en ella, por eso les repito sus palabras llenas de convicción: “Sólo apropiándonos de nuestro cuerpo y sus placeres, estaremos posibilitadas para establecer nuevas relaciones entre los géneros, en donde no habrá cabida a desigualdad de condiciones por diferencias de género”. Creo en ello y para mí es este es uno de los mayores retos de nuestra postmoderna vida. Donde el feminismo sigue latente.

Por eso, desde este espacio les invito a que le miércoles 11 de abril en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades asistan al homenaje que recibirá Graciela Hierro, a las 13 horas en el marco del Congreso de Empoderamiento Femenino.

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