PRIMERA PARTE

 

…la culpa que ella sentía era algo que no podía soportar

Un mes antes de ser arrestada, la Policía halló un cráneo humano por el rumbo de Palma Gorda, restos que al parecer fueron devorados por animales.

Cuando las autoridades tomaron cartas en el asunto, se notó desorientada y no aportó pistas significativas sobre los hechos, pues aunque los peritos especializados en la identificación de huesos atendieron el caso, ninguno obtuvo respuestas. Las bases de datos tampoco tenían registros.

Una nota periodística perdida entre mil sobre el caso llamó la atención de Romina, quien buscaba a su hermano desaparecido. Se adentró en la lectura de la nota, un escalofrío recorrió su espalda, tenía que cerciorarse de que esos restos no eran de su hermano.

Se presentó en las oficinas de la Policía Investigadora, deseaba eliminar toda posibilidad. Los agentes le dieron acceso a la información recabada, asegurándose de que no había más datos que los arrojados el día del hallazgo.

Romina contó a los oficiales que su hermano se había hecho un tratamiento que requirió placas dentales, las mismas que presentó como evidencia dos días después para compararlas con los restos encontrados.

Cuando los investigadores analizaron las muestras no hubo más dudas, se trataba de Raúl Mendoza Jara, de 33 años de edad, reportado como desaparecido desde hace tres semanas ante el Ministerio Público, pero a pesar de hallar la identidad, la Policía se encontraba igual que al principio.

Romina descartó que su familiar tuviera enemigos, se dedicaba a manejar su taxi, empleo con el que mantenía a su esposa y a sus dos hijos, sin embargo, aportó un dato vital para la investigación: la mujer explicó que mantenía una relación muy estrecha con su hermano, por esa razón se confiaban todo, incluso sus engaños y deslices.

En su declaración, Romina quien trabajaba como enfermera, dijo que aunque Raúl era casado sostenía una relación amorosa con otra mujer. Una mujer que trabaja en el mismo hospital que ella.

Raúl conoció a su amante cuando pasaba por Romina al acabar su turno y en esas vueltas, de manera repentina, estableció esta relación, la cual no era del agrado de la enfermera quien le recriminaba todo el tiempo.

La Policía tomó los datos necesarios y acudió en busca de aquella mujer quien, según la información, respondía al nombre de Claudia Salmas Ramírez, jefa de enfermeras en el Hospital San Pedro de Especialidades . Y aunque en su declaración no encontraron motivos para vincularla con el asesinato, a los agentes les extrañó que, al ser la amante, no se inmutara con la noticia.

Quien iba a decir que a unos cuantos kilómetros donde Raúl y Claudia vivían con desenfreno su amor, los agentes habían dado con el rostro irreconocible de este hombre.

La estabilidad en su trabajo le permitió a Claudia hacerse de una casa en un fraccionamiento tranquilo en la ciudad vecina de donde trabajaba y que utilizaban para escabullirse sin temor a ser descubiertos.

Los oficiales dijeron a Claudia que estaban enterados del triángulo amoroso en el que participaba, a pesar de ello, la enfermera no cedió y pasó el interrogatorio sólo con la ligera incomodidad de ser “la otra”, pero al fin librada de la justicia, pensó.

Las pesquisas continuaron, días después, en el segundo interrogatorio, Claudia, una mujer de escasos 1.60 metros, piel apiñonada, larga y negra cabellera, ojos expresivos y de aparente serenidad no pudo sostener su declaración inicial, soltó el llanto desconsolada…

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