El infierno son los otros

Jean-Paul Sartre

Tres personas son guiadas a un cuarto por un mayordomo, quien al salir los deja encerrados. Ese cuarto pronto se descubre como el infierno, por lo que los inquilinos esperan torturas y castigos terribles. Cosas horribles y dolorosas que nunca suceden, porque el verdugo de cada uno de quienes están ahí, son los otros dos. 

El infierno es conocido como el lugar donde las almas de los pecadores son castigadas después de la muerte y suele ser un tema recurrente en las religiones, actuales y antiguas. En mi profunda ignorancia me parece que la Biblia carece de detalles sobre el infierno, por lo menos como un lugar físico, y sus referencias suelen ser más bien ambiguas y centradas en el sufrimiento que ocasiona. Quien le otorgó un sentido como un lugar físico y lo hizo tangible fue Dante Alighieri, poeta italiano que escribió con lujo de detalle las torturas y los habitantes del infierno en su obra máxima, La Divina Comedia, y no se dejen llevar por el nombre porque no da mucha risa, en realidad. 

La idea de un infierno como un castigo divino sigue funcionando, tristemente, como brújula moral. Y es triste porque una persona que no hace cosas malas solamente por el miedo a un castigo no parece la idea de una buena persona, más bien de una persona pusilánime y temerosa; eso no es moral, los animales hacen lo mismo y no podemos decir que el elefante que creció con miedo a los toques eléctricos sea un elefante que se irá al cielo porque se le enseñó que pararse en cuatro patas, era digno de castigarse.

A final de cuentas seguimos siendo animalitos, sobreviviendo como mejor podemos. La idea de un castigo eterno y terrible por las acciones que un simio ejerce sobre otros simios parece algo exagerada y más bien suena al hombre dándose más importancia universal de la que tiene, tal como hizo al ubicar la tierra como el centro del universo, creerse muy importante como para descender de un pariente del mono o crearse un dios a su imagen y semejanza. 

No creo que exista un infierno ni que exista un karma. Si existe una consecuencia a nuestras acciones, ésta se dará en vida y en la tierra y no será por intervención de una fuerza divina o mística, será con las personas del aquí y el ahora. Al igual que la cara opuesta de la moneda: el paraíso. Los beneficios, o más bien, las consecuencias de nuestras acciones buenas se viven aquí. 

Así que estoy de acuerdo con Sartre: el infierno son los otros. En “A puerta cerrada”, Sartre plantea que el otro es el infierno, su mirada y su presencia; esa mirada juzga, condena y nos muestra quienes somos en realidad. En ese otro nos vemos reflejados y vemos nuestras flaquezas. Como cuando te ves muy guapo en el espejo y te tomas una foto y parece otra persona, alguien menos atractivo o interesante. La perspectiva importa y altera la percepción o, en muchos casos, nos deja ver algo más cercano a la realidad. Una realidad que muchas veces no queremos o podemos ver.

El hecho de otorgarle a otras personas la capacidad de ser un infierno personal es un acto de mucho poder y que se puede ejercer en ambos sentidos, ya que, si los demás pueden ser infierno para mí, yo puedo ser el infierno de alguien, o más probablemente, ya lo sea. Si bien la premisa de que nuestro infierno son los demás puede ser desesperanzadora, implica también otra perspectiva del asunto, el hecho de que los demás también pueden ser nuestro paraíso. 

Sobre El Autor

Abraham Peralta

Psicólogo con especialidad en Plantas vs. Zombies

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