Pensando en Van Gogh y su oreja cortada o en Frida Kahlo y su columna rota

 

CUANDO yo era niño, las cosas se compraban para que duraran y siempre había alguien que supiera repararlas. Muchas veces llevé mis zapatos a que les cambiaran las tapas; incluso, alguna vez, las suelas completas. Mi madre tenía un huevo de madera para zurcir los calcetines rotos. Mi padre sabía reparar casi todos los aparatos domésticos y, cuando se trataba de algo mayor, había varios talleres de radiotécnicos en el pueblo.

Ahora, la cultura del desecho ha terminado con aquella manera de vivir. El consumidor prefiere comprar algo barato, aunque no dure, que algo caro y bien hecho. Después de todo, las cosas pasan de moda rápidamente y los chicos se aburren rápido. ¿Para qué comprarles un juguete de madera o de hierro? De todas maneras lo van a aventar pronto; mejor algo de plástico: su vida útil coincidirá en duración con el interés del dueño.

En una sociedad así, resulta comprensible que se mida a las personas con la vara con que se miden las cosas. Las cicatrices y las cojeras, que antes se llevaban con dignidad y hasta con orgullo porque eran las condecoraciones de las batallas de la vida, hoy se miran con amargura y se llevan en secreto, vergonzosamente, ocultándolas si es posible. Que nadie se dé cuenta de que a la Barbie se le ha despintado el ojo: es el preludio al desecho, la antesala del bote de basura.

A finales de junio, tuve un accidente que me obligó a ponerme collarín y andar algún tiempo con bastón. Acudí al Centro de Rehabilitación Integral Regional de Hidalgo (CRIRH), en Ixmiquilpan. Me encontré entre muchos pacientes que mostraban en su expresión esa tristeza por el cuerpo roto. Como miembros de una sociedad secreta, nos mirábamos y nos reconocíamos con una actitud ambigua, como que a cada uno lo hacía sentir mejor ver que otro estaba peor. Así es la naturaleza humana. Había otros pacientes que, por el contrario, se saludaban con un gesto de solidaridad, de simpatía: gente de buena fe que sabe en carne propia lo que duele tener algo desacomodado. Otros más como que preferían no mirar a nadie, absortos como estaban en su propio sufrimiento, rebelándose aún contra él.

Tuve suerte desde el principio. Gracias a la intercesión de mi muy apreciada amiga Karime Lara Salomón, me atendió la doctora Flora Hernández Quesada, una mujer conocedora de lo suyo, amable, meticulosa, la clase de médico que lo hace a uno sentir que está en buenas manos y que todo va a salir bien. Como otras veces antes, ahí confirmé el tino de ese viejo dicho: el médico es la mejor medicina.

La doctora Hernández Quesada me dio un pase para el área de terapias y, ahí, el azar (aunque el azar no existe) me puso en manos de una excelente profesional: la L.T.F.R. Rosalina García Martínez. Gracias a su atención gentil, cuidadosa, sobre todo experta, en lugar de sentirme como un juguete chino que no valdría ni el precio del Resistol necesario para pegarle la descompostura, me sentí como un zapato de los de antes que sólo necesitara un clavo entre la tapa y la suela. Y encontré quien me lo pusiera.

Hay muchas cosas en México que están mal y nunca he compartido el necio y ciego optimismo (u oportunismo) de quienes defienden el discurso oficial de que estamos bien. Ahí mismo, en el CRIRH, hay cosas que necesitan atención, como el hecho de que, siendo un espacio dedicado a la salud, no haya jabón para manos en los lavabos. Pero ahí, como en todo México, como en todos los países, hay personas que trabajan porque el mundo sea un poco menos triste de lo que es. Yo tuve la fortuna de encontrar en ese ese espacio a varias de esas personas. Y de eso es de lo que estoy escribendo.

En la cultura japonesa, hay una tradición bellísima: la del kintsugi. Se trata de una técnica para arreglar la cerámica rota con una resina a veces mezclada con oro. Los objetos así reparados adquieren una belleza única, que los eleva por encima del objeto nuevo. Es una filosofía según la cual las roturas forman parte de la historia del objeto y deben mostrarse y honrarse en lugar de ocultarse.

Una sensibilidad así es lo único que podría salvar nuestras cosas y nuestros cuerpos (y probablemente también nuestras emociones, porque, ¿quién no se ha sentido roto por dentro?) de la deshumanización de la civilización del plástico.

Sobre El Autor

Agustín Cadena

(1963) Del corazón del Mezquital. Ensayista, narrador, poeta y traductor. Estudió letras inglesas, maestro en literatura comparada. Compartió como docente en la Universidad Iberoamericana, el Austin College de Texas y la Universidad de Debrecen, en Hungría. Sus letras también se leen en inglés, italiano y húngaro. Tradujo a Bukowski, Brooks, Lowell, Hughes y Freely, entre otros. Colaborador de Blanco Móvil, Cabañuela, El Día, El Nacional, Excélsior, La Jornada, Los Libros Tienen la Palabra, México Desconocido, Momento (San Luis Potosí), Periódico de Poesía, Plural, Punto de Partida, Reforma, Revista de la Universidad Pedagógica Nacional, Revista Universidad de México, Siempre!, Summa, Tierra Adentro, Unomásuno, Utopías... y, por su puesto, LA RECOLETA

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