Todavía recuerdo a los niños que agonizan en sus camas mientras la muerte esperaba a su lado, el hombre de gabardina y rostro partido que acecha en el andén, el niño de las cucharas que imita el sonido del señor de zapatos graciosos, la estación de metro abandonada iluminada solo por luces amarillas de neón y ese vagón… tenía ocho años cuando una tarde gris de sábado vi Mimic por primera vez, acompañada solo por mi hermana menor y una cobija, en ese momento no sabía el nombre de la cinta y mucho menos el director, por lo que recurrí a mi fuente cinematográfica más confiable, mi mamá, quien desde pequeña me instruyó en este mundo y quien me heredaría su don de reconocer películas con solo ver un par de fotogramas. Fue ella quien me acercaría al peculiar mundo de maquinaria de relojes, colores dorados, rojizos, verdes y azulosos, sombras fuertes, monstruos humanos y humanos monstruosos, ese mundo al que ocuparía para hacer el intento de mi tesis de licenciatura… el mundo de Guillermo Del Toro.

Del Toro con sus 52 años es un hombre con los ojos de un niño, quien bajo las sabanas de la cama, en la oscuridad hambrienta del cuarto de invitados de su abuela, a media noche hizo la promesa de dedicar su vida entera a esos monstruos que lo acechaban, con la única condición de que ellos dejaran de asediar sus sueños; doy gracias al fauno que salía detrás del armario que haya aceptado tal pacto.

Su filmografía es imaginación pura, es creación tangible, es horror humano, es humanización del monstruo, es moraleja, es sueño, es simbolismo, es el misticismo de México que solo en contadas ocasiones se ha logrado llevar a la pantalla con tanta eficacia, pero también es crítica mordaz a los regímenes, a la autoridad, a las estructuras y al poder.

Para esta simple mortal que se acercó al cine gracias a las historias de Del Toro, Burton, Miyazaki y Fincher durante su hambrienta pubertad y adolescencia cuando pasaba las horas de mis fines de semana, en análisis de cada uno de los títulos del videoclub más cercano, las mejores cintas de Guillermo del Toro, son El espinazo del Diablo, El laberinto del Fauno y La cumbre escarlata, cada una de ellas es enigmática, bella y brutal.

Debo mencionar que lejos de la estética excepcional con la que he engolosinado mis ojos cada vez que vuelvo a ver sus cintas, este director exiliado por la violencia de un país lleno de voces silenciadas, nos ha dejado un sinfín de personajes cuya compleja psicología y concepción se han quedado en la memoria colectiva sin que uno conozca a la perfección su obra, será porque ellos son de igual de incomprendidos que uno, lo cual los vuelve más cercanos, más humanos, más reales a pesar de lo irreal son.

Ahí está Jesús Gris convertido en un ser sediento eterno cuyo único motivo para no perder su humanidad ante la oscuridad que guarda su naturaleza accidental es su nieta Aurora Gris; Santi convertido en fantasma, inerte, estático a la mitad de la nada viendo el futuro que no alcanzara y buscando venganza, el Hombre Pálido esa encarnación del capitán Vidal, hambriento de inocencia, salvaje, ciego y vació por siempre; pero también encontramos a la princesa Nuala, temerosa de la determinación de su hermano pero dispuesta al sacrificio para proteger el futuro, o sus fantasmas rojos de la cumbre, enterrados en los muros, en el suelo, en los rincones y tinas de una casa que refleja el estado de sus habitantes.

Después de 31 años de carrera lo único que me queda por esperar es el día en que entre sus manos este ese hombrecillo dorado que muchos codician, excepto él, porque para Guillermo sus sueños son otros, el conocer a sus héroes o por fin llevar a la pantalla grande esa tan anhelada obra de Lovecraft Las montañas de la locura o poder regresar a México para filmar Plata, sueños que personalmente ansío se vuelvan una realidad.

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