Por él voy con mis pasos.
Con mi tiempo y mi muerte.
Llevando en estas manos prometidas al polvo.
Que de ti me separa, que en otra me convierte
Y que es mi frontera inexpugnable.
Un hilo misterioso, una escala secreta.
Una llave que a veces abre puertas de sombra,
Una lejana punta del vuelo centelleante

 

El inicio de los 90 representó para Margarita Michelena el escenario esperado pero no temido. El reto desolador y la fortaleza de su carácter. La certeza de aquí estoy y la fortaleza de atrapar en un puño el alma que se quiere escapar.

Un día inolvidable debió ser el 21 de agosto de 1991, cuando Alicia Zendejas le organizó un homenaje en el Palacio de Bellas Artes. Orgullosa y segura, expresó en el escenario máximo de la cultura mexicana: “que Octavio Paz y Jaime Sabines estén aquí, son cosas que yo consigo”. El Premio Nobel de literatura, amigo de la poeta expresó:

 

 

Margarita Michelena pertenece a esa rara estirpe de poetas que en formas diáfanas alían el pensamiento al sentimiento, lo que pensamos con los sentidos a lo que sentimos con la cabeza. Sus poemas son cristalizaciones transparentes. Desde su primer libro me impresionaron, por igual, la maestría de la hechura, la profundidad del concepto y la autenticidad de la emoción. Equidistante del grito y del frío conceptismo, de la confesión sentimental y del «preciosismo», sus poemas brotan del suelo del lenguaje como chopos, pinos o álamos; también como torres de reflejos y esbeltos obeliscos de claridades. Poemas bien plantados en la tierra pero movidos por una misteriosa voluntad de vuelo. Gravitación y levitación.

 

Después, el 18 de febrero de 1993, el Instituto Mexicano de la Radio (IMER), le hizo otro homenaje, transmitido en vivo a través de Opus 93, a las 19:30 horas. Participaron Germán Dehesa, Martha Robles y Enrique de la Peña, quien dijo lo siguiente de la poeta:

 

Margarita frente a nosotros es toda su desafiante sencillez, en su ingenio verbal inagotable, en su pasión indeclinable por la vida y la dignidad… La Margarita plural que ríe, cocina, besa a sus nietos, orienta a sus hijos, ayuda a sus amigos, urde las bromas de más sabrosa hondura, orla de oprobio a sus enemigos, cree en Dios Padre Todopoderosos y, sobre todo, aunque no lo confiese, en el Espíritu Santo, con quien cultivó una intimidad lúcida hecha de guiños, alegría y perdón sacramental para todos… menos para los tibios, los vacíos, los deshonestos o los confusos…

 

Vayan pues, estas palabras mías a mi hermana de elección, a la Margarita profunda, terrible, que sabe reír con una risa que celebra el talento y se nutre en la razón, o lamentarse con el duelo cósmico de los poetas y los visionarios.

Ese día del homenaje, la misma Margarita Michelena confesó haber querido llorar todo el tiempo ante tantas muestras de admiración, cariño y respeto así como de reconocimiento a su obra poética, pero ante la reportera Cynthia Palacios Goya confío que “contuvo sus lágrimas porque no es decoroso soltarlas en público”.

Pero un día Margarita Michelena intuyó su destierro, el mismo que predijo en un poema:

 

Yo no canto.
Para dejar testimonio de mi estancia.
Ni para que me escuchen los que conmigo mueren.
Ni para sobrevivirme en las palabras.
Canto para salir de mi rostro en tinieblas.
A recordar los muros de mi casa.
Porque entrando en mis ojos quedé ciega.
Y a tientas reconozco, cuanto canto.
El infinito umbral de mi morada.

(La desterrada)

 

Fue así como esa vida activa, esa vida de ideas y pensamientos, de retos y aventuras tuvo un abrupto alto, en 1995, un síndrome provocó que su cerebro drenara líquido y empezara a perder lucidez, a caminar con dificultad, a perder el habla. Durante tres años estuvo enferma y fue operada. La recuperación fue lenta. Su hija Andrea Cataño la cuidó:

 

Parecerá absurdo o exagerado, pero a mi madre le preocupaba ya no poder colaborar en el periódico. Era tanta su pasión y su compromiso que durante un tiempo la ayudé a escribir sus artículos. Para ella escribir significaba sinónimo de vivir, de estar viva. Debido a su enfermedad empezó a tener limitaciones de lenguaje, a veces era necesario adivinar qué decía, qué quería, qué pensaba. Pero no quería dejar de escribir. Entonces yo me sentaba ante el teclado y pacientemente esperaba capturar sus ideas, a veces nos tardábamos dos días completos para hacer un texto que antes ella producía en unas cuantas horas. Pero no quería dejar de sentir esa sensación de atrapar las palabras, y yo hice todo lo posible porque su pensamiento siguiera reflejado en frases, su sentir en oraciones puntuales y bien construidas. La experiencia de compartir su forma de escribir me enseñó a mí a hacerlo

 

Por simple tenacidad y capricho, por esa necedad de salirse con la suya, Margarita Michelena se fue recuperando. Dejó la silla de ruedas, regresó a su casa, volvió a tener la independencia y el dominio de la palabra.

Y el 27 de marzo de 1998 Margarita se va sin aliento, Margarita guarda silencio por primera vez sin su vida, con su muerte. Sí, hace 19 años el periódico donde colaboró durante tantos años, en primera plana dio una de las noticias del día: “Falleció M. Michelena, mujer “algo quijotesca”.

 

 

Pero voy caminando hacia el retorno.
Pero voy caminado hacia el silencio.
Pero voy caminando hacia tu rostro.
Allá donde la música dejó ya de ser tiempo,
Allá donde las voces son todas, la voz tuya.
Aún es mi camino de palabras
Aún no me disuelves de tu música,
Aún no me confundes y me salvas.
Más tú me tomarás desde el cadáver vacío de mis pasos,
Derribará tu soplo la muralla.
Y apagará la vacilante antorcha
Con que mi voz, abajo, te buscaba.
Recobrarás la espalda que un ángel puso en mi costado
Y este sonoro sello que en mi frente
me señaló un destino de nostalgia.
Y callaré. Devolveré este reino. A frágiles palabras.
¿A qué cantar entonces, si ya habré recordado?

Si estará abierta entonces esta rosa enigmática

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