Atila y yo salimos por fin un día y mi sorpresa fue la resistencia que mantuve a quedar irremediablemente enamorado de ella hasta ese momento. Apenas y nos conocíamos, pero una fuerte necedad mía insistía en poner en marcha la danza del cortejo, y aunque ella no solía bailar, sabía dirigir muy bien, más de lo que yo pretendía.

Un manto de incertidumbre nos cubría así que decidí por fin tirar de un lado para exponer mi deseo de unión junto a ella; sin embargo, no sucedió lo mismo en su extremo, en su lugar, sólo jaloneó un poco, lo suficiente para avistar una tímida oportunidad que me mantendría en espera.

Como un precipitado enamorado, frecuentaba a Atila en su espacio laboral, con el placer de sorprenderla y hacerle una breve pero cálida compañía en sus momentos libres. Y fue así que con cada encuentro la intimidad de nuestras singulares almas armonizaba mejor. Pero fue en uno de esos encuentros en los que la intromisión de un espectador desconocido llamó mi atención: su presencia activó una peculiar amabilidad de Atila. No pretendía tomarle importancia entonces, aunque en cuánto mi mirada se cruzó con la de él, inmediatamente noté su incomodidad, aun cuando éste se alejaba.

La situación sólo desencadenó una perturbadora y ridícula pesadilla en mí, todo se resumía en una escena entre Atila y el espectador desconocido, en un juego de seducción con mayor pasión a cada momento, justo frente a mí y sólo su risa cínica logró liberarme de la estruendosa escena onírica.

Mi mente me jugó una pésima broma pero guardaría la calma, no me volvería un demente paranoico… aún. Entre murmullos la escucharía sorpresivamente mientras charla con algún conocido, pues no era consciente de mi presencia, no quería aparecer en ese momento, pues ella creería que la vigilaba, aunque no tenía motivo alguno para creer eso.

El pánico me invadió por completo cuando con dificultad ordené su discurso, pues no entendía de qué hablaba cuando llegué, y sólo me mantuve como suspendido en un frío limbo pues no dejaba de hablar de un romance con alguien. Ingenuamente creí ser yo, pero no lo era. Mi mente a punto de colapsar por los datos capturados rebobinaba escenas de ella en citas con alguien, en breves encuentros, charlas e intimidades con este Otro, con quién gozaba una intensa relación.

Mi noqueada razón se esforzaría desesperadamente en formular una respuesta lógica a todo esto, pero mi caótico y moribundo corazón dominaría con cientos de razones para creer en lo contrario, en un vil y cruel engaño. Mi mente se polarizaría en aquellos recuerdos junto a ella en los que su ternura creaba un momento de sinceridad entre nosotros y memorias otras dónde actuaría ajena, extrañada y confundida cuando estábamos juntos.

Su descaro continuaba cada vez que la veía, continuaba con su trato desganado, como si no pasara nada y sólo me confundía, no sabía cómo confrontar su mentira, deseaba que en algún momento se escabullese un hilo de la verdad para poder tirar de él con todas mis fuerzas. Así fue como empecé a seguirla cautelosamente, mi alterada conciencia paranoica me martirizaba, ¡debía saber quién era el Otro, cuándo llegó y de dónde salió este rufián, desgraciado! ¿¡Quién podría con tanta facilidad tomar aquello por lo que luchaba y jactarse de la rapidez!? ¿¡Qué clase de despiadados encantos ridiculizaban lo humilde de los míos!? Sólo la verdad sería el consuelo con que acabaría mi pesada incertidumbre.

Los días pasaban y poco a poco Atila desaparecía, la llamaba y no contestaba, la invitaba a salir  y cancelaba, nuestras almas se separaban. Me volvía entonces el Otro… Me di cuenta que desde el principio ya era Otro cuando de estar enamorado se trataba por lo que un día mi razón regresó, la busqué para despedirme para siempre de ella.

Cuando por fin estuve frente a ella, le escupí todo mi pesar y le exigí como último pedido, la identidad del Otro. A diferencia de lo que creía, su respuesta no me consoló, sólo me llamó idiota, dramático y demente, dijo que yo era el único y que ahora estaba segura de que tenía una doble personalidad, que si actuaba diferente era porque nunca sabía qué estado traía cada que la veía, que estaba harta de me hiciese el tonto invitándola a salir dos veces el mismo día, que llamara y colgara sólo para volverle a llamar y fingir que nada pasó. Que fuera celoso sin razón y que ya no soportaba que de un día a otro actuara como si no llevásemos meses de compromiso.

Claro, al principió mi mente colapsó el doble de lo que imaginé, jamás habría sospechado que el Otro fuese yo, pero era verdad. Me enfurecí conmigo mismo porque siempre estuvo frente a mí ese descarado, pero también me enfurecí con ella pues ¿¡cómo pudo engañarme conmigo mismo y por meses!? De inmediato le dije que lo dejara, que no podía confiar en él si ni yo sabía cómo, que la traicionaría tarde o temprano cómo a y que sólo debía quedarse con uno y ese sería Yo.

Por supuesto al final, como ya sabrán, me dejó por el Otro.

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"He inventado en esta forma millares de historias; he llenado innumerables libretas con frases para ser utilizadas cuando hubiera encontrado la historia que desearía escribir, la historia en la que habían de quedar grabadas todas mis frases. Pero jamás he encontrado una adecuada, de modo que comienzo a preguntarme si, después de todo, las historias existen". -Las olas. Virginia Woolf

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