…pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Y yo seré para ti único en el mundo…

El principito se ruborizó de nuevo, a finales del 15’ del siglo XXI; el fenómeno es apenas comprensible y necesario dada la naturaleza de su eterna inmadurez, desde el pequeño astro de donde huyó anclado a una emigración de pájaros salvajes.

Quizá por eso no le importó verse en otro planeta, el del séptimo arte, cuya atmósfera lo dibujó cuadro por cuadro en momentos, junto a toda su familia, y después lo animó a partir de la novedad en la tecnología computarizada.

En el 15’ del siglo XXI, dado el nuevo rubor en las mejillas del principito, nos volvimos a preguntar si Antoine de Saint Exupéry escribió un mensaje a la niñez lampiña; después de todo, son ellos y ellas, los madurados del proceder razonado y sensato quienes más lo ocupan, pues olvidaron cómo desnudar lo invisible sólo con los latidos del corazón.

El cineasta responsable de la primera versión animada de El principito, Mark Osborne, se encontró con la misma tensión de cuerda, tirada de un extremo por el Universo de la niñez y de otro, por el reducido asteroide de un adulto; no sólo por entender para quién va dirigido el libro sobre el que puso el guion de su reciente película. Él, amante de contar historias a ‘niños’ de toda edad, considera que es necesario romper la idea de que la animación corresponde forzosamente a una producción de corte infantil.

Por eso decidió resolver la trama de la manera más sencilla:

“…cuento historias para seres humanos, no importa la edad; las mejores películas animadas funcionan en diversos niveles, por eso decidí hacerla, arriesgarme a tratar de crear algo que las personas aman sin importar la edad”, dijo en el estreno de la cinta en el último Festival Internacional de Cine de Morelia.

Entonces el buen Osborne, despejado de prejuicios, tomó la parábola del autor francés y asumió el papel del principito para acercarse a la obra escrita como si se tratara de un zorro al que hay que domesticar, rito por demás azaroso ya que consiste en crear lazos. El cineasta tuvo que luchar, primero con el lazo generado entre él y El principito, y, en otro plano, con los lazos que millones de lectores crearon ya, al punto de amarlo.

Para no fallar en el proceso de domesticación de una pieza salvaje de la literatura universal, el director decidió que su película contaría con un blindaje: una línea narrativa enteramente fiel a los dibujos y el sentido poético de la historia de origen, representada como una copia certificada y artesanal, cuadro por cuadro. Después, la adaptación libre, un cuento contemporáneo y autónomo con las respectivas restricciones que requiere un homenaje, representado con el desahogado estilo de la animación por computadora.

El resultado, una película para niños, niñas, adolescentes, jóvenes, adultos y cabecillas de algodón; un integrado complejo con el que bien es posible disfrutar de una aventura infantil que persigue sueños montado en estrellas de cinco picos o un ensayo filosófico sobre la pérdida y el ser, sobre la pertenencia; sobre lo mucho que duele ser domesticado y decir adiós a pesar de los lazos.

Vea El principito, la película. Mark Osborne. Italia-Francia. 2015

SILENTE | @AlejandroGASA | alejandro.gasa@gmail.com

2 Respuestas

Hacer Comentario