Nunca he creído que por ser mujer deba merecer tratos especiales. De creerlo, estaría reconociendo que soy inferior a los hombres y yo no soy inferior a ninguno de ellos.

Marie Curie

Pertenezco al sexo débil, a ese que debe ser protegido pero no respetado; que no necesita ser comprendido, sino amado.

A ese sexo que es relegado a la casa, los hijos, la pareja y la cama. A ese que cuando cocina, automáticamente su sazón es comparado con el de otra mujer y que nunca lo iguala, aunque haya pasado horas entre ollas y sartenes. A ese que cocina y no por gusto ni por hambre; más bien lo hace por rutina, por obligación ya ni siquiera propia, sino con otros.

Al sexo que debe tener hijos por amor o por presión pero pocas veces por decisión; a ese que viene precargado con el chip del instinto materno y debe desarrollarlo desde niña. Si mi chip no funciona, si se atrofia o simplemente desea permanecer inactivo, mi papel como mujer se merma y no sirvo. Si mis óvulos no fecundan, soy inútil por no poder dar vida; si desecho mi óvulo fecundado, soy asesina; si tengo hijos y otras ocupaciones, soy egoísta. Si tengo hijos, debo levantar la cabeza al cielo y agradecer a Dios, debo dedicarme abnegadamente a ellos, sola o en pareja; si los abandono, automáticamente merezco el infierno.

Cuando tengo pareja, debo entregarme ciega y completamente a él, sólo a él, sin importar las traiciones, enfermedades u orgasmos fingidos. Si me es infiel, está en su naturaleza; si le soy infiel, soy una puta; si lo descubro en su traición, estoy loca o estoy en mis días; si me descubre, soy una puta; si estuvo con otras mujeres antes que conmigo, es un hombre con experiencia; si estuve con otros, soy una puta.

Si un pene entra a mi cuerpo, debo agradecer el gesto masculino, sin importar si la erección dura lo mismo que un estornudo, si estoy lubricada o me lastima, sin importar que deba fingir un orgasmo cuando escucho su respiración entrecortada o cuando debo exagerar gemidos para que acabe y salga de mi cuerpo lo antes posible.

En cambio, si prefiero compartir la intimidad con otro miembro del sexo débil, el respeto que me tengan dependerá directamente de las proporciones de mi cuerpo y mi forma de lucirlo. Si cumplo con el estereotipo femenino, es una lástima mi orientación pero, al mismo tiempo, mis encuentros homosexuales son la fantasía de los hombres. Si mi aspecto se antepone al estereotipo, doy asco y al instante se cree que, si me gustan las vaginas, seguramente es porque no pude conseguir ningún pene.

Pertenezco al sexo débil, aquel que debe pasar horas frente a un espejo colocando base, sombras, máscara, labial, pestañas y uñas; que debe seguir dietas asfixiantes, ir al gimnasio y revisar la báscula de vez en vez.

Pertenezco al sexo que cada mes siente ardor en el vientre cuando está vacío; cuando está lleno, debe reaccionar sin renegar y conforme a lo que dicten las hormonas. Al sexo que debe parir a los hijos con dolor, como si los hijos en sí, no fueran ya un dolor de cabeza.

Pertenezco al sexo que debe recatarse, que debe guardar las ganas en un cajón, que puede tener multiorgasmos pero al que no le encuentran el clítoris, cuando éste es el centro del universo, cuando es el timbre de las fantasías.

Pertenezco al sexo que debe ser asistente, modelo, actriz, cocinera pero nunca ingeniera, abogada o carpintera, porque entonces es considerada una histérica y machorra que reniega de su fragilidad y benevolencia.

Pertenezco al sexo que, en público, no debe ser tocada ni con el pétalo de una rosa pero en privado es ignorada, humillada, trastocada, violada y asesinada.

Pertenezco al sexo débil, tan débil que da y recibe, que acaricia y rasguña, que sufre y que palpita, que siente.

Pertenezco al sexo que decide si quiere o no una casa, hijos y marido; que tiene dedos solidarios ante los penes ignorantes; que tiene amigas y amigos con quienes comparte o no la cama; que puede ser albañil o secretaria si lo prefiere; que puede usar máscara en las pestañas o tener la cara lavada.

Pertenezco al sexo débil, que tiene la capacidad y debe tener el derecho de hacerlo todo, absolutamente todo lo que hace el sexo fuerte.

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