Una tarde lluviosa; me apresuré a bajar las escaleras de la estación del metro. Luego del día tan ajetreado, lo único que quería era llegar a mi destino y sacar el encendedor que traía en mi portafolio para encender un cigarrillo.

Según yo, fumar es uno de los grandes placeres de la vida y claro, es de los pocos que me quedan, aunque no sé qué tan adecuado sea utilizar la palabra “placer”.

Resulta gracioso cómo las personas se amontonan frente a las puertas del metro y se empujan unos a otros, cuales espartanos en campo de batalla, para entrar en los vagones, pero cuando me ven, me dejan pasar sin dificultad, inclusive me ceden el asiento.

Esa tarde no fue la excepción, me dejaron pasar y conseguí un lugar a lado de una señora gorda. Me dispuse a sacar el periódico que traía dentro del portafolio, comencé a leer y apenas pude continuar por las imágenes tan grotescas que contenía. La escuela a la que asistí me enseñó que esa clase de ilustraciones no eran adecuadas.

Estaba a punto de cerrar el diario, de pronto fijé la mirada en una chica que trataba de abrirse paso entre la multitud. Su cabello era corto, a la altura de la barbilla, vestía un discreto vestido color rojo -digo discreto porque le llegaba a las rodillas, hay quienes parece que lo único que traen es un pedazo de tela alrededor de la cadera). Sentí cómo me ruborizaba, agaché la mirada y con una mano acaricié la bufanda que me había puesto antes de salir del trabajo, aproveché para enredarla bien alrededor de mi cuello; intentaba, sin mucho ímpetu, voltear hacia otro lado, pero indudablemente los ojos de esa chica se encontraron con los míos, sentí de nuevo cómo se me subía el color a las mejillas.

Se supone que no debería reaccionar así, después de todo sólo es una mujer. Sostuve de nuevo el diario enfrente de mí para distraerme pero después de cinco minutos la señora a mi lado se retiró de su asiento y la chica se acercó.

Jamás había tenido tan cerca a una mujer así de bella, olía bien; por tonto que parezca mis manos comenzaron a temblar un poco, mis ojos voltearon a verla de nuevo: llevaba un collar con un dije de corazón en él. Momentos después observé un bello prendedor con forma de mariposa en su cabello.

Antes de llegar a la siguiente estación, la chica se levantó y volvió a luchar contra la multitud para pasar. La miré de reojo cuando me percaté de que el prendedor resbalaba por su cabello hasta caer al piso.

No dudé en levantarme de mi lugar y recoger el accesorio para luego dárselo, pero las personas me empujaron, el timbre anunciaba que quedaba poco tiempo para que las puertas se cerraran. Abrí paso con todas mis fuerzas y alcancé a salir. Miré en todas direcciones y no encontraba a la chica. En la lejanía, distinguí una persona con ropa en iguales colores que estaba a punto de subir las escaleras y, sin dudar, eché a andar. La alcancé algunos metros después de la salida del subterráneo, alenté el paso para no me verme tan obvio.

Toqué su hombro con lentitud y ella volteó con cara de pocos amigos, el ceño fruncido combinaba perfectamente con sus hermosos ojos verdes.

-Se te cayó esto-. Fue lo único que se alcancé a decir, di media vuelta, me ruboricé y di medio paso cuando la escuché responder.

.- ¡Espera!- Dijo ella

-¿Sí?

-Gracias… es muy especial. ¿Hacia dónde te diriges?-

– Hacia… algún café- No sabía que contestar pero mentí.

-Yo me dirigía hacia la casa de mi tía, pero puedo acompañarte-

Acepté que me acompañara, no sabía a dónde rayos llevarla pero por suerte encontré uno muy cerca. El tiempo transcurrió lento y pronto la noche se hizo presente. Placamos sobre cosas rutinarias, sin embargo, el coqueteo no tardó en aparecer, yo sólo tragaba saliva de vez en cuando. Pedí la cuenta y ella mencionó que le gustaría verme de nuevo. Acepté, aunque sé que no es debido pero ¿Está mal tener una amiga?

Nos despedimos y por la hora ella mencionó que ya no iría a ver a su tía, que prefería regresar a casa. Ella trató darme un beso pero sólo tomé su mano y me retiré. Quedamos de vernos el próximo lunes en el café.

 

El lunes llegó y la esperé; traté de relajarme y pedí un americano. Llegó 15 minutos después de lo acordado, mencionó que llevaba prisa pero que podía acompañarla a su casa.

La acompañé, después de todo, caminar junto a ella y platicar no era ningún pecado. Llegamos a su casa y de inmediato cerró la puerta, jamás vi a una persona tan apresurada por quitarse la ropa. Comenzó a besarme el cuello y me puse demasiado nervioso, le dije que me permitiera un segundo y entré al baño. Me quité la ropa, no sabía que era lo que me pasa por la mente pero quería verla desnuda.

¿Para qué describir lo que pasó en su sillón? Al respecto sólo puedo comentar que fue la primera explosión más maravillosa que experimenté. Ni si quiera se comparaba con la satisfacción que me brindaba mi trabajo. Sé que era un pecado lo que acababa de cometer, una tontería, pero nadie tenía porque enterarse.

Después de ese maravilloso momento, todos los días al salir del trabajo, me quito la sotana, tomo el metro como un hombre normal al que ahora ven y no ceden el asiento pero me voy a encontrar con el edén. Después de todo ya me condené al infierno.

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