Las piezas se mueven, jugadores llegan y otros se van.

PARA poder explicar un poco la vida y no ir cagándola todo el tiempo, hacemos analogías de ella de lo más inverosímiles, cada quien con algo que conoce o que le gusta.

Que si la vida es como una caja de bombones, porque nunca sabes lo que te va a tocar; que si es como una rueda de la fortuna, porque unas veces estás arriba y otras abajo; que si es como el sexo, porque no sabes si te toca meter o te la están metiendo.

Entre todas esas, yo prefiero compararla con el Turista Mundial. No porque sea buena jugadora o porque lo practique muy seguido; todo lo contrario, es porque no tengo estrategia y cuando creo que soy una colonizadora, en realidad ya estoy pagando renta.

Desde que arrancamos, en la casilla de Salida, podemos ver el tablero. Observamos los aviones que compartirán con nosotros; algunos los encontramos mientras avanza el juego, con otros apenas tenemos contacto cuando nos lo permiten las tarjetas de Telegrama y Correo (en los Turista Mundial actuales, estas tarjetas se renovaron por E-mail e Inbox, pero sigamos refiriendo esta analogía a la vieja escuela).

Conforme tiras los dados avanzas. Algunas veces los números juegan a tu favor y rebasas a los demás jugadores. Te sientes conquistador e imaginas que en la primera oportunidad comenzarás las compras internacionales pero en vez de eso, un mal tiro te hace caer en la Cárcel o peor, vas a la casilla de Deportado y regresas a la Salida. Pese a todo, te levantas. Tiras los dados nuevamente y, contra todo pronóstico, das la primera vuelta, listo para comprar.

Cuando te vas o te atrasas (en este Turista Mundial llamado vida), crees que todo estará tal como lo viste la última vez, pero resulta que no. Hay países colonizados por los que debes transitar y, en consecuencia, pagar la renta; hay otros aviones que ‘te tocan las alas’ por lo cerca que están y los haces tan tuyos, que olvidas que avanzan a su propio ritmo y que si los dados se lo permiten, no dudarán en llevar la delantera.

Hay aviones que están de paso, esos jugadores que dejaron la partida a mitad de camino porque se les atrofiaron las alas, porque no supieron seguir el juego o porque decidieron mudarse al Ajedrez o cualquier otro tablero que llamó su atención. Otros más se quedan ahí, dispuestos a comprar bloques completos, poner casas y construir edificios.

Si tu estrategia es mala, comprarás países pequeños, esos que te dejan poca renta, esos por los que nadie hace parada, esos que nadie pelea. En cambio, si los dados caen a tu favor, serás un invasor continental e incluso adquirirás, por mero gusto, el Consulado y las aerolíneas.

Jugar Turista Mundial puede prolongarse tanto que entre los mismos jugadores deciden elegir arbitrariamente al ganador. Cuentan los billetes, analizan cuántos y qué países tiene cada uno para saber quién saldrá victorioso.

Al final el que gana, no gana. Quien tiene más países, tiene menos casas; el que tiene más dinero, tiene menos edificios; el que tiene la tarjeta de liberación de la Cárcel, resulta que ni siquiera terminó su primera vuelta.

En el Turista, como en la vida, nadie gana. El tablero sigue abierto y nuevos aviones sustituyen al nuestro; nuestras propiedades pasan a merced del banco y las casas que con tanto empeño construimos, son demolidas.

En el Turista, como en las analogías de la vida, nadie sabe un carajo lo que hace o dice. Sin embargo hay que jugar y conquistar todos los países, comerse todos los bombones de la caja, subirse a la rueda de la fortuna y, si es necesario, dejar que la vida nos coja.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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