Mi madre me había hablado de ellos, quienes susurran a tu oído en la oscuridad de tu cuarto bajo las sabanas, quienes se quebraron con el correr del tiempo, quienes cuyos nombres solo sabe el viento y quienes te ruegan entre sueños.

Ellos que se fijaron a la tierra empapada de rojo sabor a sangre, a humo y pólvora, ellos quienes se adueñaron de las ciudades de papel convertidas en ceniza que se lleva el viento, ellos que había llamado por su nombre y ahora no recuerdo.

Ellos que traté de olvidar al cruzar el ocre desierto, los verdes valles y el azul de nuestros antiguos mares, mares que ahora cruzaba en una balsa, en la que el agua entraba, el calor nos sofocaba y un millar de ojos buscaban la cura al dolor.

La luz del Sol, cielo azul, mar sin fin, aves nos rodeaban y ellos volvieron, busque entre la horda de manos la de mi padre, recuerdo su miedo por lo que se acercaba, pero también recuerdo su fuerza por no perdernos, ¿Qué hicimos para que el mar se enojara con nosotros? Ese mar en el que reí al lado de mis abuelos, mis padres, mis amigos y mi hermano, que se convirtió en ave para ir a surcar el cielo.

Ola tras ola golpearon la balsa, grito tras grito resonaban en mis oídos, caída tras caída se vaciaba nuestra pequeña tina, recuerdo la boca de mi padre pero no lo que me dijo, recuerdo su mano se escurría entre las mías, recuerdo los ojos de mi madre abiertos como nunca antes, recuerdo el azul, el azul del cielo, el azul del mar, que se metía por mis ojos, por mi garganta, por mi todo. Y luego solo oscuridad.

Ellos, hasta ese día no había entendido quienes eran los que se ocultaban en la sombras, o por qué estaban ahí quietos como en el juego de los encantados pero siempre buscando algo que no tenían certeza de que estuviera perdido.

Ellos, yo me había convertido en una de ellos antes de caer al mar, incluso antes de subir a esa balsa que nos prometió alejarnos del mal, yo me convertí en uno de ellos cuando la primera bomba cayó sobre las calles donde paseaba con mi familia, me convertí en uno de ellos cuando las risas de mis amigos se apagaron con el sonido de los casquillos contra el suelo, me convertí en uno de ellos cuando cambié mi oso de peluche por comida y medicinas, me convertí en unos de ellos cuando la guerra toca la puerta, me había convertido en un número más de los estragos de la guerra que esos hombres elegantes suelen decir en las noticias, y que los demás recuerdan muy poco, sin rostro, sin nombre, sin historia, sin vida, me convertí en humo, me convertí en dolor, me convertí en pena, me convertí en fantasma, me convertí en Ellos.

Sobre El Autor

Alejandra Zamora Canales

Comunicóloga en proceso, friki sin remedio, soñadora itinerante por deseo, dibujante por adicción, cinéfila por religión, bibliófila por diversión y fotógrafa ¿Por qué no?

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