Entre Sor Juana y Margarita Michelena

Óyeme con los ojos, Ya que están tan distantes los oídos, Y de ausentes enojos En ecos de mi pluma mis gemidos;  Y ya que a ti no llega mi voz ruda, Óyeme sordo, pues me quejo muda.

Sor Juana Inés de la Cruz debe ser quien, con sus palabras, bendiga este espacio periodístico que hoy surge a la vida digital y que gracias a La Recoleta he podido parir literaria, metafórica, periodística, feminista e inspiradoramente.

No hay súplica más amorosa, frase más provocativa, que pedir con verdadera sinceridad ser escuchada con la mirada, oír con los ojos, oída con el sentido de la vista, reconocer los sonidos con una ojeada de generoso gozo.

Y todo porque esta columna les pedirá, les vas a sugerir, les intentará seducir para que escuchen palabras con su mirada, para que oigan historias con sus ojos, para dar fe a cada personaje con tan solo observarlo, para identificarse con un personaje femenino mientras vamos tentando con agudeza sonora cada frase impresa.

Es así como en este espacio encontrarán recorridos literarios y periodísticos para descubrir obras, escritores y escritoras de nuestro país. Palabras escritas para ser oídas. Ecos de plumas que gimen, silencios mudos que se aproximan a oídos dispuestas a ver y palpar historias memorables.

Y mi corazón me dice que nada mejor para empezar esta columna que escribir sobre una poeta nacida en Pachuca, Hidalgo, lugar de donde nace La Recoleta, una mujer llamada Margarita Michelena (1917- 1998).

Fue en su casa donde Margarita fue cautivada por la lectura y por la literatura. Fueron varios familiares quienes empezaron a inducirla en la lectura, principalmente su tía María Mancera, quien fue determinante para que la pequeña aprendiera a leer a los cinco años de edad. Andrea Cataño recuerda que su madre siempre afirmaba que cuando le leyeron los poemas de Luis de Góngora su corazón infantil aceleró el ritmo y quedó marcada por siempre por la poesía. La misma Margarita afirmaba que fue a una edad determinada cuando descubrió la poesía y desde entonces empezó a hacer sus primeras composiciones.

Me leíste un poema cuando sólo tenía

siete años azules a la espalda.

Me leíste un poema

que era relojerías celestiales,

magia latina y delirar de luces

puras, enloquecidas y exactas.

Me leíste un poema y me perdiste.

(Notas para un árbol genealógico)

Y Margarita creció. Después de arrullarse con una Luna bella y airosa, de saborear los pastes y el mixiote, de aspirar el murmullo de las minas, se fue convirtiendo en una adolescente que encontró en la escritura su vocación y que decidió que su vocación se llamaba literatura. Intuyo que pese a tenerlo en el alma, debía prepararse, así que no dudó en preparase para convertirse en escritora. Pero, la inseguridad latía en sus certezas. Entonces se fue a estudiar a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Octavio Paz, compañero de esa vida universitaria, evocó aquellos tiempos:

Conocí a Margarita Michelena en la universidad, hace muchos, muchos años. Los dos padecíamos una enfermedad frecuente en la juventud pero que sólo en pocas ocasiones se vuelve crónica: la afición a escribir y a leer poemas. En el caso de Margarita la poesía, la escrita y la leída, ha sido su alimento terrestre y espiritual, la ventana por la que ha contemplado al mundo y por la que, no pocas veces, ha dado un salto para descender al fondo de sí misma. La poesía es conocimiento: nos hace visible la presencia escondida, secreta, de las cosas y los seres; también nos revela nuestra intimidad, nuestra vida interior. Además de ser conocimiento, revelación de la otra cara de la realidad, la poesía es creación. El poeta no sólo expresa lo que piensa y siente sino que, al decirlo, construye arquitecturas ingrávidas: poemas hechos de palabras leves como el aire y que, no obstante, resisten a los años que liman montañas y perforan rocas. El instante se salva en el poema.

La solidaridad y complicidad de su generación fue determinante para encontrar los primeros espacios donde pudiera publicar sus composiciones. En 1943 la revista especializada Tira de Colores da a conocer el poema de su autoría titulado “Canto a mi tierra”. Poco a poco, dará a conocer sus poemarios. El primero se tituló Paraíso y nostalgia (1945). Tres años después saldrá a la luz Laurel del ángel (1948), posiblemente con más seguridad y con la grata experiencia de haber ya publicado un libro.

Cuando yo digo amor sólo te invento a ti,

que nunca has sido.

Y cuando digo amor

abro los ojos

y sé que estoy en medio

de mis brazos vacíos.

(Paraíso y nostalgia)

La segundad mitad del siglo XX, Margarita Michelena la inició con publicaciones que se habían ganado el reconocimiento de la crítica y que estaban reafirmado de manera absoluta que su vocación era y sería la literatura. Por eso en 1954 presentará su siguiente poemario: La tristeza terrestre.

El aire está en reposo. Todo calla.

Más de pronto sobreviene un rumor,

un ruido repentino de seda que se rasga.

Y nada más. Un pájaro que vuela.

Y un gran misterio a nuestro lado pasa.

(La tristeza terrestre)

En 1969, quizá sin saberlo, tal vez ya con la certeza, Margarita publicará sus dos últimos libros de poesía El país más allá de la niebla y Reunión de Imágenes.

Estoy aquí, en tus ojos.

mírame, sombra mía.

o mejor no me mires.

Soy como tú.

Por eso no me conocerías.

¿Mi nombre? No lo tengo.

El rostro gris, nublado, indistinguible.

Soy éste. Aquél. No importa.

Todos somos iguales.

Todos, oscuridad. Ni siquiera tristeza.

Nunca el amor. Y nunca la alegría.

La palabra jamás. Jamás el fuego.

Sin arder nos hacemos de ceniza.

El día nos encuentra pasando cartas que jamás abrimos,

Contraseñas exangües, desventuradas.

Por la noche caemos en pozos sin aliento,

en orillas de sombra,

en un callado infierno.

Somos piedras tiradas sobre el cauce

de un río que se ha muerto.

En una entrevista otorgada a su amigo y periodista Dionicio Morales, podemos encontrar una respuesta sobre su adiós a la poesía:

Su último libro, El país más allá de la niebla, es todo un tratado de reconciliación con la vida, sin olvidar a la muerte, después de inventariar las cosas de la memoria, las cosas que están más allá del alma. Al llegar a este punto de la entrevista, una plática informal entre viejos amigos, se anima un poco más –ha estado muy enferma- para hablar de este libro. “Es un poema que en su epígrafe lleva todo el secreto. Es el poema del alma vasca, del alma vascuence que se encuentra de pronto conciliada con todo lo que amó y todo lo que fue, los vivos y los muertos, en una casa que es la exte, la casa del poeta, la casa de todos los suyos. Ahí lo dice en el epígrafe José María Barandarián. Es una reconciliación total con la vida y la muerte. Es donde yo me vacié, terminé todo lo que tenía que decir”. La interrumpo para preguntarle cómo llegó hasta aquí. “La madurez –acentúa-; le di vueltas a todo y llegué de pronto a eso. Todas mis dudas, mis angustias, quedaron ahí; mis vivos, mis muertos, todo está allí. Por eso digo que ya no tengo nada que escribir después de este poema”.

margarita michelena

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