Pero lo más estresante de todo es que tras ese corte, la película se reinicia por tres, cuatro o hasta cinco veces, hasta que logro despertar. Después no me quedan ganas de dormir, por temor a quedar atrapado en un sueño cíclico

 

—Te diré mi secreto, y necesito que lo tomes muy en serio: guarnición de banqueta.
—¿Es una broma?
—De ninguna manera.
—¡Es estúpido! Estamos hablando de 4,000 metros de altura, ¡cuatro mil!
—Mira, estoy seguro de que tú también lo hiciste, no creo que exista una sola infancia entre nuestras generaciones que no haya jugado al equilibrista en las guarniciones de las banquetas. Yo me sentía muy especial al pensar que el ayuntamiento pintaba de amarillo las orillas de las aceras en atención a los niños que caminábamos sobre ellas. ¿Recuerdas qué se sentía? A mí me encantaba imaginar que esa delgada línea amarilla era justo esto que tienes en frente, un fino trazo de cable en medio de las nubes.
—Oh, ¡claro! Cómo no lo pensé antes.
—¿Quieres dejar tu sarcasmo para otra ocasión? Si te lo digo es porque funciona. Suena descabellado, lo sé, pero sólo tienes que revertir la fórmula: si antes solíamos imaginar que en lugar de una guarnición de banqueta caminábamos sobre un gran tendedero entre dos montañas, ahora que el sueño se hizo realidad, imagina que vas tranquilamente sobre la orilla amarillenta de la acera. ¡Es muy sencillo cuando lo haces! Te sorprenderá el poder que tiene tu mente. Y después ya no tendrás que imaginar para actuar. Habrás ganado confianza en ti y podrás disfrutar del abrazo de las nubes a corazón abierto.
—Juro que quiero creerte. Entrené mucho para esto y, de verdad, me sentía preparado para hacerlo, esta es una gran aspiración en mi vida, pero…
—¿Pero qué? ¿Qué ocurre?
—Los sueños.
—¿Qué con los sueños?
—De un tiempo para acá, cerrar los ojos para dormir es como ponerle play a una película de horror de culto y a muy alta resolución. Por favor, no me salgas con que es completamente normal dada la presión que tengo. Me lo he planteado yo mismo, pero algo me dice que es más que eso.
—Vamos, dime, ¿Qué hay en esos sueños?
—Me veo justo aquí, al pie de esta peña, estoy solo, a punto de caminar sobre la cuerda…
—…y caes.
—Al contrario, avanzo como si pasara por una avenida peatonal un domingo por la tarde. Puedo ver y oír el arroyo debajo de mis pies, la conversación de la corriente al topar con las rocas, puedo sentir la brisa de la atmósfera impulsándome a hacerlo más rápido, puedo incluso mirar el Monte Buriano con la nitidez de un ojo de águila…
—Entonces, !¿cuál es el problema?!
—Cuando al fin llego del otro lado, entro a una especie de extraño barrido visual al tirón de algo que me jala hasta el suelo. Es como si la cámara de esa película de horror de culto se reprodujera en mis ojos para mostrarme sus efectos. Y, curiosamente, no siento nada…
—Bueno, velo por el lado positivo, si tus sueños son predictivos, cualquiera que sea el resultado, no sufrirás dolor.
—¡Ja! Mira quién no dejó su sarcasmo guardado en el ropero. ¡No te burles! No paro de pensar en eso, además, no acaba ahí o, más bien, todo comienza ahí, la verdadera pesadilla: inmediatamente después del descenso, veo las nubes, ahora desde abajo, bocarriba, quiero moverme pero las extremidades no me responden, la cabeza duele, duele tanto que deseo arrancármela. Luego el dolor se detiene. Lo último que puedo ver es un ave a contraluz pasándome encima. Después, oscuridad. Pero lo más estresante de todo es que tras ese corte, la película de horror de culto plantada en mi sueño se reinicia por tres, cuatro o hasta cinco veces, hasta que logro despertar. Te juro no me quedan ganas de dormir por temor a quedar atrapado en ese horrible ciclo.
—Tienes que estar tranquilo, evidentemente no te dejaré hacerlo si tu mente no tiene los tornillos bien ajustados.
—Entonces, ¿hasta cuándo? A este paso creo que nunca podré.
—No digas eso, claro que lo harás.
—Te diré mi secreto, y necesito que lo tomes muy en serio: guarnición de banqueta.
—¿Es una broma?
—De ninguna manera…

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