con alegría y alevosía, con sororidad de la buena y cariño de verdad, acompañé a mi querida cómplice de letras, Aidée Cervantes Chapa a la presentación de su libro, su primer libro de poesía titulado: Yo te quiero con Alevosía… Sus palabras, los fragmentos de su poesía forman parte del texto que pude escribirle, así que cada palabra entre comillas son pedacitos de su poesía. Les comparto lo que escribí para ella:

 

Y me imagino a esa mujer, a veces pellizca estrellas para que no se duerman en la noche y ella pueda recitarles hasta el amanecer todos sus poemas. Otras ocasiones la imagino despeinando a las lunas para volverse a enamorar. Remojando en el cielo sus lágrimas pero retozando en las nubes por cada buen amor que ha tenido. Exprimiendo el Sol para aprovechar el último rayito de esperanza. Se pone a acomodar luceros en una mirada donde la poesía se refleje y pronostique la imposibilidad del amor. Enredando palabras en las galaxias y echando adrede cada uno de sus suspiros a los hoyos negros que se oscurecen más de pura nostalgia. Inventando planetas para aullar ahí con “lobos domados”. Desacomodando constelaciones  para perder a los amantes en “ardosos lechos fortuitos”. Provocando a los cuerpos celestes para que se pongan a levantar “los días rotos”.

Y me pongo a espiar a esa mujer para verla ensartar la pluma como si fuera la aguja de la Bella y Airosa durmiente que se pica adrede para no esperar príncipes porque está enamorada del amor sin rostro, del hombre con latidos sin color. Cree más en las brujas, por eso repite “El silencio tres veces” y así escucha el sonido de todos los amorosos gemidos del amor. Me gusta espiarla cerquita cuando se pone a bordar camas con vuelos de mariposas. Me gusta cuando confiesa sin pecado alguno que “el índice te busco en mi sexo” porque se sabe amar a sí misma. Admiro su capacidad de ser jardinera que en silencio siembra miles de jardines de mariposas y nos invita a recorrerlos con los ojos cerrados para que de verdad nuestra alma pueda sentir ese revoleteo.

Y esa mujer que imagino y que espío siempre se vuelve mi aliada, sobre todo cuando murmura bajito y muy cerca de mi oído que ella también es sirena como yo. Y es cuando comprendo por qué nuestros “ojos sin agua, huyen de tus soles”, por qué nuestras lágrimas están “vagando en las olas copulando con la sal para resistir”, por qué sus palabras abren camino a un mar solidario y desgarrador, milagroso y sin fe, amoroso y marchito. Ella siempre me muestra su espejo para comprobarme que es una sirena que inventó su propio “Naufragio” pues está “agotado de tanto pensar en tu mala memoria”. Ha logrado convencerme que solamente las sirenas somos esas necias que padecemos “esta puta necesidad de que vengas a salvarme del naufragio”.

Y esa mujer que se alía conmigo, que imagino y que espío, se quita el nombre sin cursilerías ni tragedias y nos comparte una oración, que con el paso del tiempo se vuelve “una consigna: no sentir, no pensar y no vivir para ti sólo por hoy”. Su anonimato nos identifica, nos hace sentir cómplices de las tragedias que nos vuelven humanas, tragedias cotidianas como ese lunes que se nos quemó el arroz o ese viernes que la media adorada se ha rasgado todita. Tragedias cotidianas desde el martes que prefieres perderte con la brújula del amor en tu mano o los sábados que esperas llover cuando acabas de tender tu ropa tan limpia. La voz de esa mujer siempre mes describe un impulso cotidiano: “concentrarme en la rutina: vivir en la tierra sin mirar para arriba”.

Y esa mujer es una mujer muy generosa, tan generosa que me invita a un gozoso “Aquelarre” y al que las brujas llegamos volando en nuestras escobas justo a las doce trece de la noche. Y hacemos fogatas para bailar alrededor de ellas mientras reímos y bailamos, mientras escandalizamos a la noche y asustamos al día. Mientras inventamos otro hechizo para no quebrarnos de amor, para fortalecernos con el primer beso de amor que todavía no damos. Y al ritmo de nuestros fuegos contamos leyendas para seguir maldecidas por nuestras madres. Y en cada flama que besa el cielo lanzamos “polvos de ángeles bramantes” para que todos pequen con nosotras en el mismito cielo. Su voz me permite jurar que a toda bruja nos llega “el día de saber que así en la tierra como en el cielo no se hace nuestra santa voluntad”.

Y esa mujer provocadora de tan provocativa me condenó para siempre porque su pregunta me sigue, mientras golpeo mi pecho por mi santa culpa:

“¡Escuchas como un lado de mi corazón te llora y del otro vibra una cascada de mariposas?”

Ella a la vez me bendice de mil maneras para seguir pecando, segura de mis infiernos, por eso me enseñó a retar a todo Adán que me prometa paraísos, a mirarlo de frente picándole una costilla para repetirle con ingenuidad: “No puedo quedarme, Adán, tus lágrimas ya no mueven mi tierra. Ya no veré cómo revientas las noches”. Esa mujer me enseñó que cada noche puedo rezar esta “Oración”:

 

“Esta mujer

Suplica tu regreso

Esta atea

Aún cree en los milagros”.

 

Y esta mujer llena de imaginación gozosa, digna de ser espiada por ser aliada y generosa, por ser provocadora y provocativa es nada más y nada menos que una poeta, poeta con voz de nuestra lama, poeta que delata mis más calladas emociones. Esa mujer poeta, esa poeta mujer, se llama Aidée Cervantes Chapa, mujer poeta que conjuga el verbo querer en primera persona y con toda alevosía nos toma de la mano para regalarnos sus palabras. Es una poeta que seduce nuestro corazón, alborota nuestros latidos y despeina nuestros cariños y todo eso para recordarnos la fuerza que todo poema tiene, el conjuro que toda poeta logra, la maldición eterna de la poesía bendita, la maldición radiante de la poesía que embruja.

Gracias Aidée por cada poema, por cada palabra, por cada frase que ahora repito como si fueran mías, ya son mías porque me las regalaste envueltas en las páginas de este libro, tu primer libro de poemas.

Gracias porque entre “paisajes coloreados por tu gama” y esos “tres poemas debajo de mi ombligo”, me sumerges en la poesía sin género, llena de mujeres pecadoras y cargada de hombres que queremos amar.

Gracias porque aunque a veces la autoestima te engañe y su infidelidad te duela y por instantes odies a las palabras, solamente una mujer poeta como tú logra tajar cualquier corazón, hacerlo pedacitos para pegar de poco a poco cada latido.

Gracias porque desde siempre pero más hoy, yo también te quiero con alevosía, te adoro hasta la ignominia y te seguiré para compartir nuestros infiernos y perdernos en nuestros cielos y así…

 

Cuando te cas o te alejas

Acomodo tus palabras

Me acurruco entre las más agudas,

Las que dulcemente me calan,

Y me embarco decidida

Hacia la estela

En que dejaste

Anhelado

El cometa más amado por la luna.

 

Gracias por este libro tan lleno de tus poemas, tu primer libro de poemas que te delata como la mujer poeta que esperaba, que necesito, que escucho para deshojar mis lunas y creer en la poesía. Y sí esa mujer llamada Aidée Cervantes Chapa, es una poeta.

 

Aidée Cervantes Chapa. (2016). “Yo te quiero con alevosía”, Editorial La red del navegante, México

Hacer Comentario