Nadie lo podía creer, hasta el viento tan característico de la ciudad se tornó ardiente y lejos de ofrecer ese suave rumor airoso parece incendiar todo lo que toca

 

NADIE quería salir a la calle, las personas buscaban refrescarse un poco bajo la sombra de los árboles, tomando helados o cervezas, aguas frescas… algo que pudiera ayudar a apaciguar el calor.

El aire caliente lastima al entrar en las vías respiratorias, el Sol aparece inamovible en el cielo, mientras contempla a sus lacayos humanos hacerse trizas cuando el tráfico vehicular no avanza, de las calles se desprende un casi imperceptible resabio de humo, también el piso se quema.

Hay un malestar generalizado, porque la costumbre humana es siempre decirse inconforme con lo que pasa y hacer muy poco al respecto, el calor aviva el descontento, hace lento el pensamiento, provoca malestar estomacal y dolor de cabeza. Contrario al frío, no hay forma de contrarrestarlo de forma simple.

En la ola de calor uno queda sumergido en el paso trastabillado de los transeúntes que se mueven por inercia pura, aunque han olvidado a dónde van, el sudor pegajoso del acompañante desconocido a tu costado se mezcla con el tuyo como un pacto infantil hecho con saliva.

Se busca refugio en la noche, en la negritud de las horas donde el astro rey no nos mira, pero no hay escapatoria, ya pronosticó el Instituto Meteorológico Nacional que el Infiernito va a durar hasta septiembre y, hasta julio, por otro lado, el Infiernillo electoral, pero por lo pronto sólo queda una esperanza:

Pensar en los enemigos, en que, con un poco de suerte, la ola de calor acabará con al menos uno de ellos.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

.mujer.esposa.madre.hija.hermana.amiga. Interesada en seguir aprendiendo, amando y creando; me conmueve y compete todo lo que conlleva el acontecer humano, me encuentro en constante proceso de cambio y creo firmemente que las cosas pueden cambiar con ayuda de todos

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