No lo sé de cierto, pero supongo… que la gente puede tener fe, que la creencia religiosa de los mexicanos se puede depositar en una imagen o la estatua de una morenita que aunque virgen, tiene un hijo que resulta ser “el mero mero del Universo”.

No lo sé porque no soy una mujer religiosa y debo confesar que me gusta ver cómo se profesa el cariño a la Virgen de Guadalupe, ya que las manifestaciones de los feligreses me parecen en muchos sentidos superlativas.

La peregrinaciones por ejemplo, hay quienes viajan decenas de kilómetros a pie o de rodillas, descalzos o cargando estatuas de tamaño monumental, cumpliendo una penitencia para agradecer por los favores recibidos este año y seguramente para pedir otros para el siguiente.

La costumbre de vestir a los niños de “inditos” y sacarles una fotografía montados en un burrito, en un set improvisado que refiere a un medio rural, todo muy bonito, muy simpático, siendo que en la realidad un gran porcentaje de la población nacional no quiere vivir en el medio agreste ya que el estrato social más golpeado por la discriminación y pobreza dentro del país es justamente el indígena.

Y esque así es México, sublime y cruel, apasionado y falto de iniciativa, rebosante de amor y calidez pero al mismo tiempo apático y con vista de corto alcance, somos de origen una contradicción que se esfuerza por no perecer.

Este ritual de cantarle las mañanitas a la Virgen, es una fiesta completa, un carnaval al que concurren personas de todos lados con afiches guadalupanos, disfraces, hablando en sus lenguas originarias o las jergas más cadenciosas de los barrios populares, viajan en transporte público, a pie, en camionetas de redilas si el único vecino con automotor disparó el paseo. Bailan para ella, muchas veces con ritmos prehispánicos; cantan acompañados de mariachi, lo mismo le dedican una de José Alfredo que del recién fallecido Juan Gabriel. Y los he visto llorar, rezar y llorar, agradecer, reconfortarse, mandarle besos y conmoverse aun cuando siguen la transmisión del evento por la televisión (que dicho sea de paso siempre las televisoras dan una gran cobertura a este acontecimiento, la religiosidad es un negocio que nadie deja pasar).

Las vialidades se paralizan, la gente no va al trabajo, compran flores y veladoras, asisten a la iglesias, platican con la virgen, le cuentan sus penas y amaguras, las mujeres se cubren la cabeza, los hombres se la descubren, los niños aún cuando son pequeños están aprendiendo el rito y perpetuando la creencia; rezan mientras sostienen entre sus manos los rosarios, entran en una especie de purificación, vuelven a ser niños en regazo de la “madre de todos los mexicanos” todo esto mientras dura la misa que al salir hay puestos de comida, ropa, mascotas, zapatos y hay que premiarse por asistir.

 

El fervor religioso consume las transgresiones, es la ablución necesaria para volver a pecar

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