Entre los mitos de la música, los edificios antiguos y la cultura pop-ular, los fantasmas siempre son elementos interesantes y destacados de cualquier punto del planeta en que nos encontremos. ¿Quién se olvidaría de esa clásica historia de drama, romance y tragedia gótica en medio de los escenarios brillantes de la Francia del siglo XIX?
La historia de este épico personaje, el impresionante Fantasma de la Ópera, nos atrae de una forma casi sobrenatural -el chiste se cuenta solo-. Y después de muchos intentos, logramos con el uso de ouija, algunos médiums y Carmelita Salinas, que el susodicho accediera a contarnos los entresijos de su propia leyenda.

“Todos aquellos que conocen la historia relatada por mi querido amigo Gastón asumen que fui una mala persona: provocaba accidentes adrede entre los actores y demás participantes del teatro, aseguran que sólo buscaba fama para Christine o que era un egocéntrico que no aceptaba los talentos ajenos. ¡Pero eso es un gran error! Suplico a los lectores que se pongan en mi lugar. Como amante de las artes, no soporto que existan intérpretes incompetentes. Mi labor era la de un crítico, “trabajaba” como tal en la Ópera de París; me pagaban y permitían que observara las representaciones. A cambio, yo destruía a los mediocres que se embutían en el nombre de “artistas” sin merecerlo.

 
“Pero ustedes saben, debido a la malformación de mi rostro, hacerles frente era imposible. Decirles “¡Baja de ahí, que tu actuación es malísima!” era suicidio; así que me veía en la obligación de crear “momentos” para que los verdaderos artistas mostraran su dones y habilidades. Es así que el mundo gozó de las aptitudes de Christine. ¡Por Dios! Su voz era hermosísima, pero todos los novatos espectadores se enamoraban de cualquiera que tuviera un ápice de seguridad para subirse a un escenario… como esa Carlotta, que apenas y sabía cantar, además que no era precisamente hermosa.

 
“Pero, Christine, ¡Oh, Christine!, era tan perfecta, era preciosa. Mi responsabilidad era compartirlo con el mundo, pero no me libré de la parte pasional de mi espíritu, me enamoré al instante… Escucharla todo el tiempo y tenerla cerca de mí era mi único anhelo, el único motivo para mantenerme con vida… Tengo plena certeza de que no hubo nunca sentimiento más hermoso y noble que ese.

 
“Me cruzó una idea por la mente: hacerle daño a Carlotta. ¡Pero mi finalidad fue enteramente delicada! Ella no cantaba tan bien como Christine. Mi amada merecía los aplausos de la Prima Donna.

 
“Sin embargo, es ahora que analizo mi historia -tanto amorosa como artística- y no tuvo un desenlace gratificante. Quizá en otra época, mi talento como genio musical se valoraría como lo merece. Y no, no es arrogancia, es la realidad. También me pregunto, en el sentido más melancólico que puedo, si realmente el amor nace del corazón y no de la vista… Quizá, de ser así, Christine estaría conmigo y no con Raoul.”

Cien años después, en el Palacio Garnier de la capital francesa, se llora aún por el amor de la eterna cantante que siguió sus sueños sin importar a quién dejaba atrás. Como en muchos de los reallity shows de hoy en día, pero en un contexto más tristón.
Y antes de que nuestro fantasma comenzara a derramar lágrimas, abandonamos la entrevista. Nuestro personaje goza ahora de una nueva idiosincrasia: dejó de ser un cruento asesino, para convertirse un duro crítico de música y tequierocomoamigo histórico.

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