Nuestra familia de extraños-conocidos crece y se muestra como lo que es, una bola de orgullosos frikis, quienes ya no tienen por qué vivir en las sombras de su habitación…

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de marzo de 2016.- ¿Cómo encontrar la Mole Comic-Con? Muy fácil, sólo sigue las manchas de tinte verde para el cabello del Guasón, los sables de luz rojos y azules de los warsies, las armaduras doradas de los ‘Caballeros del Zodiaco’ y las capas negras de la docena de hombres con algo de sobrepeso disfrazados de Batman que circulan por los alrededores del World Trade Center.

El pequeño grupo que armamos para ir a la Mole llegó a la taquilla cuando el reloj digital de mi escurridizo celular marcó el mediodía,  con más de tres bolsas llenas de ropas, armaduras hechas a mano, cadenas, pelucas, un abanico de nueve colas blancas y un hacha gigante que pesaba no menos de un kilo. Le solicitamos a la señora un boleto para acceder a los stands de comics, a las conferencias de grandes figuras del comic internacional y los artistas nacionales casi olvidados por los presentes.

Mi GPS se encendió de inmediato para localizar, entre la marea de asistentes y pilas de fanáticos, los codiciados sanitarios que les permitirían al trío diabólico de Hallel, Claudia y Luz  empezar su deseada transformación.

Mientras apretaba corsés y botas con los dedos a medio pegar, por culpa del adhesivo extra fuerte que ocupé para arreglar un par de imperfectos con el vestuario, el baño se llenó, entre las ocupantes, un par de señoras de casi 60 años quienes fijaron su mirada curiosa sobre nosotras. -¿De qué vienen vestidas hijas?-, preguntaron. Luz, siempre amable y parlanchina respondió: -De un videojuego que se llama ‘League of legends’-, mientras se acomodaba los pupilentes amarillos. La dupla de espíritu joven nos felicitó por la dedicación al confeccionar nuestro atuendo.

Era la decimoprimera ocasión que el audio del tráiler de Civil War se escuchaba en el baño, cuando al fin el trío LOL estuvo listo, con paso lento pero seguro nos dirigimos a donde dictó nuestro apetito nerd; sin embargo fuimos interceptadas por un grupo de fanáticos que deseaba a toda costa tomarse foto con nosotras. Fue entonces que vi un relámpago dorado que provenía de la salida; una fuerza sobrenatural me arrastró hasta el lugar donde la armadura de Aiora de Leo resplandecía como si el cosmos del mismísimo caballero ardiera el salón.

Justo después que pasó la euforia me di cuenta que estaba perdida, pero eso no me detuvo para ver con asombro el arte de Star Wars, las estatuas de Kilo Ren, un Stormtropper y de BB-8, el droide que robó el corazón a más de uno. Recorrí emocionada los pasillos donde encontré a un padre vestido de Batman que alimentaba con un biberón a su pequeño Robin, mientras su mamá, la Batichica, buscaba algo en la carriola, eran la perfecta batifamilia; también se cruzaron por mi camino un par de cazafantasmas que llevaban consigo el tema de la película, al cual no pude resistirme a corear “¡Who you gonna call?…! ¡Ghostbusters!”

Seguí mi camino sin rumbo y terminé de frente con uno de los grandes iconos de la ciencia ficción que exacerbó mi felicidad, la TARDIS, esa cabina azul de policía que viaja a través del tiempo y el espacio, que es más grande por dentro que por fuera y que ha sido el hogar de las numerosas aventuras de las 12 encarnaciones del Doctor, como whovian en entrenamiento no podía irme sin entrar a la cabina y tomarme una foto como la décima encarnación de mi personaje favorito, justo en ese momento como arte de magia aparecieron Hallel y Marco para ayudarme a cumplir uno de mis sueños geeks.

La dicha de encontrar a mi tribu no duró mucho porque volví a perderme cuando perseguí como una psicótica a una pareja que venía como Hellboy (en su versión femenina) y su enemigo Kroenen, ese personaje con cuchillas de la primera cinta de Guillermo del Toro.

Sólo en compañía de mi cámara y el gorro de poro que me hizo Luz, me pasee por los stands atiborrados de comics a precios exorbitantes y baratos, en busca del sitio de DC Comics; el stand me decepcionó tanto como el de Marvel, sólo vi joyería y devedés de Warner Bros; para bajar mi rabia corrí hacia el batimóvil de la serie de los 60′, algo polvoso pero con los espejos y calcomanías del famoso murciélago.

Ya más relajada y despistada como de costumbre, terminé en el pasillo de los artistas, donde quedé asombrada con el gran número de ilustradores y dibujantes que se reunieron para dar a conocer su obra y vender a un ridículo rango de entre 50 y 100 pesos los retratos del público. Me detuve con varios de ellos, compré varios stickers porque el tiempo no era suficiente para que me hicieran un retrato, pero no me fui sin manifestar mi descontento sobre cómo malbarateaban su  talento.  “Mejor eso a que nadie nos conozca”, respondieron optimistas.

Eran casi las cinco cuando un mensaje de Luz me anunció que debía volver al autosardina que nos llevaría a nuestra normalidad pachuqueña.

¿Que aprendí de este viaje?

1.- La decepción siempre estará presente si comparamos a la Mole Comic-con con la madre de todas las convenciones, la Comic-con Internacional en San Diego, California; donde la crema y nata de la industria de la novela gráfica, de la televisión y el cine que se nutre de esta, se hacen presentes con grandes estrenos, algo que en México todavía no se da; pocos son los estrenos, como la prueba del videojuego ‘Quantum break’ o las visitas de  actores de talla internacional como Peter Capaldi y Sylvester McCoy.

2.- Hay mucho talento mexicano que aún menospreciamos al ser lampareados por el brillo de los dibujantes de nuestro vecino del norte. No concibo el gran abismo de precios entre los dibujos del croata Esad Ribic que rondaban los 13 mil 500 pesos y los de artistas independientes mexicanos como Pedro Rodríguez, aka Mr Turn, cuyas ilustraciones estaban en 50 pesos; incluso el trabajo de creadores nacionales que trabajan para la casa de las ideas, como Gerardo Sandoval, cuyo valor coqueteó los 500 y 2 mil pesos. ¿Por qué damos tan poco valor a nuestro compatriotas que poseen un talento igual o mejor que el de los extranjeros?

3.- La comunidad amante de los comics va en aumento, logró que esta industria casi extinta durante la década de 1990 y principios de los 2000 resurgiera como el ave fénix para atraer a sus viejos lectores y sumar adeptos.

Al final, con cada edición de la Mole, nuestra familia de extraños-conocidos crece y se muestra como lo que es, una bola de orgullosos frikis, quienes ya no tienen por qué vivir en las sombras de su habitación y quienes esperan que algún día nuestra convención alcance el mismo nivel que la atesorada vecina californiana.

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