Jamás me di cuenta de cómo pude alimentar a tan inmensa criatura tantos años; cómo le di forma y tamaño con cada una de mis inacciones; ni cómo terminaría encima de mí por el resto de mi vida.

¿Cómo podría saberlo? Cuando tan sólo creía que lo que hacía era no gastar en vano mi energía, en tantos ensayos y errores que pudiesen desperdiciar el tiempo en el espacio terrenal y el tiempo que tendría para disfrutar de mi éxito y fama.

¿Perezoso? No, no, no. Nadie lo entendía. Tan sólo reposaba mi gran talento y vocación para cuando por fin tuviese esa gran idea única y majestuosa. Claro que la idea llegó rápidamente, después de todo era bastante ingenioso. Pero lo que no tenía eran los detalles de la estructura completa. No podía simplemente empezar a trabajar aún, no hasta que estuviese todo listo en mi mente; todo cuanto fuese necesario para ser moldeada con el menor trabajo y mayor brevedad posible.

Y por supuesto, resolver cada detalle de mi ópera prima fue relativamente rápido, pero aún no estaba lo suficientemente satisfecho como para levantarme y trabajar. Mi idea debía ser repensada, revalorada y reinventada para que se consagrara como una obra maestra, insuperable e inigualable, incluso para mí.

En el transcurso de la perfección de mi obra, fue poca mi sorpresa al encontrarme con potenciales magnificas ideas más, después de todo tenía una visión única, podía crear muchas más piezas trascendentales en cualquier área: ciencia, arte, tecnología, música, literatura. Tantas y tantas creaciones listas para dejar mi mente y partir al mundo tangible. Tantos proyectos ahora acumulados, esperando a ser maniobrados por mis manos; tanto trabajo esperándome.

Decidí asegurarme pues, de que no tuviese una idea abandonada, incompleta o imperfecta. Claro que no me llevaba mucho tiempo lo que requería para satisfacer mi propia demanda, pero eran tantas obras trabajando en mi mente que con el tiempo me iba agotando. Pero no podía detenerme, si por fin empezaría a trabajar, debía aprovechar todo ese esfuerzo para cada una de mis maravillosas creaciones.

Nunca estuve consciente sobre cuánto tiempo pasé inmóvil y tendido, divagando en mi mente. Por eso cuando me levanté para trabajar en todo aquello, me fue momentáneamente difícil, pero estaba listo para lo que me esperaba.

Cuando empecé mi primera gran obra, comencé a sentir un ligero hormigueo en el tobillo. Este hormigueo parecía ascender, poco a poco, pero no le di importancia. Me sentía completamente alegre con ver el desarrollo de lo que tanto había estado esperando: mi éxito.

Sin embargo, a medida que avanzaba con cada una de mis creaciones, el hormigueo continuaba imperioso. A decir verdad, creo que nunca se detuvo desde que comenzó. Continuó como diminutas sensaciones hasta que noté que crecía. Sentí cómo se aferraba a mi pantorrilla y cómo poco a poco escalaba, haciéndose levemente más y más pesado conforme ganaba altura.

Empezó entonces a ser sumamente molesto. Intente muchas veces deshacerme de este fenómeno como si se tratase de un extraño ser. Daba una buena sacudida a mis pies pero eso no lo detenía. Estaba completamente empeñado en seguir el ascenso.

Trepaba, ahora como si se tratase ya de un enorme gato peludo. Podía sentir sus fieras garras perforándome. Su forma cambiaba conforme se hacía más pesado, eso lo notaba.

Mis piernas perdían fuerza, llegaban a ser tan débiles que incluso me fue imposible sostenerme. Consumía mis energías, pero eso aún no era suficiente para detenerme.

Cambió de forma increíblemente. A veces creía que era un perro, luego se sentía como un chimpancé, ya casi estando a la altura de mi espalda. Se tornaba más y más enorme, me sorprendía, hasta llegué a creer que tenía a una persona misma encima. En ese momento ya impedía mis movimientos, dificultaba y obstaculizaba cada uno de mis intentos por continuar con mi trabajo. Frenaba mi total e incomparable talento.

No podía tolerarlo. Me sacudía, revolcaba y agitaba desesperadamente. ¡Pero no se iba! ¡Tampoco su peso cambiaba!

A su vez, me volví irritable e hipersensible; todo me disgustaba, me fastidiaba y desconcentraba. Todo ese inestable humor me desgataba aún más. Ya no quería trabajar más, sólo la inmovilidad me daba paz.

Cuando por fin estaba por mi cuello, no hacía nada más que asfixiarme, me sofocaba la quietud de la que era preso. Pero pronto culminó su viaje, se detuvo encima de mi cabeza.

“Sobre mí cabeza” era una forma de decirlo porque realmente lo sentía encima de todo mi cuerpo. Pero estaba en la cima de mí, mi mente comenzó a sentirse pesada de forma inmensurable. Todas mis grandes ideas, proyectos y ambiciones quedaron aplastadas por esta maldición.

Sólo pude imaginar que tendría la forma de un elefante lo que estaba sobre mi cuerpo, derramando toneladas de opresión en toda mi alma. Pero mi frustración debía ser más grande: no podía ni quería hacer nada. Todo en mí se sentía catastróficamente oprimido en una terrible y maldita pereza.

Mientras estaba atrapado, arrastrándome inútilmente, deseando escapar de mi posición, me arrepentía del tiempo que pasé alimentado a mi pereza y de lo aferrada que estaba a mí ahora. No soportaba la idea de que el resto de mi vida sería así, con el espíritu tan débil y envejecido, oprimido en la inercia que sólo me mantendría a la espera por la muerte. Pero incluso la muerte perezosa se tomaría su tiempo para llegar.

Mi destino se había establecido… Y vaya forma de culminar con mis anhelos, aplastados por un elefante. Pero al menos sería la mayor obra creativa que dejaría sin duda, con demasiada ironía para mi gusto, pero sería algo grande: La gigantesca pereza.

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"He inventado en esta forma millares de historias; he llenado innumerables libretas con frases para ser utilizadas cuando hubiera encontrado la historia que desearía escribir, la historia en la que habían de quedar grabadas todas mis frases. Pero jamás he encontrado una adecuada, de modo que comienzo a preguntarme si, después de todo, las historias existen". -Las olas. Virginia Woolf

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