Cuando Omar regresó de la universidad, su madre ya lo aguardaba en la puerta, acompañada por un perro Labrador que, alegre, sacudía la cola

 

—¡Vaya! Por fin adoptaste el perro que querías —dijo él.
—¡Sí! Nada más que es niña. ¡Mírala! Está preciosa, ¿no?
—¡Divina! ¿Cómo se llama?
—Scout, porque trabajaba en la Policía.
—¿En la Policía? ¿En serio? ¿Y cómo está eso? —preguntó el chico mientras rascaba las orejas de la canina.
—No me vas a creer pero cuando fui a la plaza por el mandado vi un módulo de la Policía Federal, me acerqué a husmear y resultó que estaban dando en adopción a sus perritos jubilados. Ya sabes: los de las brigadas de rescate y todo eso…
—¿De verdad?
—Por mi Virgencita que así fue.
—¡Órale! Qué curioso… Oye, ¿y no te dijeron qué hacía Scout cuando estaba en la Policía?

En ese momento la perrita se sacudió y, como si alguien la llamara, corrió al interior de la casa. Madre e hijo fueron tras de ella, escaleras arriba, y la encontraron en la habitación de Omar. Olfateaba con peculiar interés uno de los cajones de su tocador y ladraba victoriosa.

La mujer, extrañada, abrió el compartimento y, tras meter la mano bajo un montón de calcetines, extrajo una bolsita llena de polvo blanco. Al darse la vuelta, descubrió a su hijo más pálido que un muerto.

 

—Narcóticos —dijo ella—. Estaba en la división de narcóticos…

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario