En la pelea eterna de virtudes versus defectos, tenemos a un indiscutible ganador.

ALGUNAS actividades en terapia con nombres como ‘Quiérase tal como es’ o ‘El espejo es mi amigo’, buscan resaltar el lado bueno del malo; engordar lo flaco de nuestra autoestima, cuando los kilos van en aumento en la báscula; quitar el ‘negrito’ en el arroz, cuando en realidad somos un puñado de frijoles. La intención es buena pero se queda solo en eso: un intento.

Peor. Cuando nos desmadra algún episodio apocalíptico personal, la sesión carísima con el terapeuta vale pa’ pura madre y, en vez de seguir las indicaciones, anunciamos con bombo y platillo los innumerables defectos que cargamos desde nuestro génesis.

Porque cuando vamos a la turística hermana república de La Chingada, nos encargamos de sacar boleto sin escalas y en asiento de primera clase. Tomamos hoja y lápiz para anotar cada uno de nuestros defectos, manías, errores y, para rematar, agregamos las hipótesis de todo en lo que seguramente fallaremos algún día.

Pues claro, no hay nada mejor para los lienzos en gris, que tomar carbón y oscurecer lo que ya estaba en sombras.
Tengo una amiga a la que adoro. Próspera empresaria, guapísima, independiente, inteligente, noble, con su larga cabellera y con bubis que hasta Sabrina Sabrok envidiaría. Le veo todas las virtudes y a veces pareciera que ella nota todos sus defectos. Claro, tampoco es que ella pueda confiar en mi buen juicio.

Hay otra persona a la que recientemente le comenté que, si tan solo se mirara con los ojos con los que los demás lo miramos, pensaría cosas distintas. Obviamente tampoco se fio de mi crítica.

Cómo no. Si mis ojos viajan del Polo Norte al Sur sin previo aviso, estoy a 2 kilos de convertirme en especie protegida; según un meme, parezco una taza cada que me pongo la mano en la cintura. Mis dedos de salchicha combinan perfecto con mis brazos de T-Rex; cuando me enojo, considerando mi estatura bajísima, parezco otro meme: el de ‘oblígame, perro’.

A eso hay que agregar que hace poco, en la hora del ‘mal del puerco’, un compañero quería reírse un rato y me pidió que le contara mi vida. Me sentí ligeramente halagada porque, de alguna manera, le parezco un chiste. En la pelea eterna de virtudes versus defectos, tenemos a un indiscutible ganador.

Pero, ¿qué no se trata de eso? ¿De buscar el lado cómico a nuestros episodios poco agradables? ¿De reírnos y hasta ‘memearnos’ con nuestros defectos? Además, al resaltar nuestras virtudes, dejamos ver el vicio de egocentrismo que muchos tienen a flor de piel. Eso de embelesarse con uno mismo no termina nada bien, sino pregúntenle a Narciso.

Posiblemente el enaltecer lo bueno de uno, le corresponde a los otros, porque tienen otra perspectiva, porque no nos conocen a fondo y porque tampoco les hace falta; porque nos miran con otros ojos (aunque algunas de esas órbitas oculares definitivamente andan sin brújula). Diría mi amigo: “nos miran con los ojos del corazón”.

A nosotros nos toca la parte ruda. Y no, no es el reconocer nuestros defectos, sino amarlos.

Vaya que no es tarea sencilla cuando eres un gnomo, T-rex, con ojos de escultura olmeca y obesidad mórbida. Seguramente tampoco la tiene fácil quien hace introspección y se da cuenta que, en caso de tener a su ángel de la guarda, éste juega cartas y poco le preocupa la ‘dulce compañía’; ya ni hablemos del poco interés que tiene este ser alado por no desampararlo ni de noche ni de día.

Pero no hay a quien culpar. Ni al ángel guardián, la sociedad, ni a las 3 órdenes de taquitos que nos echamos cada noche; tampoco a la pubertad ni a nuestros genes mal acomodados. Es mero error y coincidencia de la naturaleza y ella tampoco es la culpable.

¿A quién le toca sentirse inseguro con sus defectos? A uno mismo. ¿A quién le toca agarrarse los huevos/ovarios para amarse en cada rincón físico e intangible? También a la primera persona del singular.

Es papel de los demás echarnos flores, mirarnos con los ojos del corazón y alardear lo que hacemos bien para que no perdamos la cordura, porque eso debemos hacer por ellos cuando vagan por la calle de la amargura y se miran al espejo cual Cuasimodo.

Porque si nuestro papel es ir de viaje a La Chingada, con un boleto sin retorno y en asiento de primera clase, al menos hay que hacerlo con una copa en la mano y admirando el paisaje.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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