¿Para qué queremos un premio sino lo que queremos es que ya no asesinen a ningún periodista? Por supuesto, les di toda la razón, sobre todo porque justo en esta tierra, en este estado, a unas calles de aquí fue asesinado Javier…

 

El 15 de mayo de 2017, doce tiros acabaron con la vida de una de las mejores personas del país. Formado como sociólogo, fundador de la publicación independiente Ríodoce, que dirige Ismael Bojórquez, corresponsal en Sinaloa del periódico La Jornada, autor de libros imprescindibles sobre la violencia en México (Miss Narco, Levantones, Malayerba), Javier Valdez Cárdenas luchó contra la indiferencia en un entorno anestesiado por el miedo y describió el horror sin dejarse influir por él.

Cuando presentamos su libro Huérfanos del narco en Culiacán, en 2015, destacó la principal lección que recibió de los niños que perdieron a sus padres en la absurda “guerra contra el narcotráfico”: ninguno de ellos hablaba de venganza. Las ausencias, el espanto y el sinsentido no los había llevado al rencor. Él actuaba con el mismo temple de sus informantes: sabía que la mejor forma de superar a los adversarios consiste en no ser como ellos. En medio de la tormenta, preservaba el sentido del humor, el afecto, la empatía por los demás. Su conciencia crítica no estaba animada por el odio, sino por la búsqueda de la verdad.

 

Durante medio siglo vivió para mejorar un país que no supo protegerlo y que lo ha convertido en uno de sus mártires.

 

Hace ya un año, no pude escribir, no quise escribir, solamente me salían lágrimas, tanta impotencia, cuánto dolor. La noticia sobre la muerte del periodista Javier Valdez, me dejó totalmente desolada. Tantas muertes en nuestro gremio, tantas denuncias y reclamos, tantas preguntas y maldiciones, consignas y frases repetidas, tantas veces repetir ni uno más, ni una más, para recibir otra vez la noticia que no quieres recibir, un periodista mexicano asesinado, ese 15 de mayo fue asesinado Javier Valdez.

Meses después fui a Sinaloa a promover el Premio Nacional de Periodismo, me advirtieron mis anfitriones de la molestia y el coraje latente en la comunidad, cómo ir a hablar de un premio de periodismo cuando lo que se exige es que ya no maten a periodistas. Y en efecto, la molestia estaba latente desde antes que empezara mi conferencia de prensa, el enojo se envolvió en la primera pregunta: ¿Para qué queremos un premio sino lo que queremos es que ya no asesinen a ningún periodista? Por supuesto, les di toda la razón, sobre todo porque justo en esta tierra, en este estado, a unas calles de aquí fue asesinado Javier… Y ya no pude completar su nombre, la voz se me quebró, me dio tanta vergüenza ponerme a llorar delante de tantos periodistas, pero mi llanto salió desde lo más hondo de mi alma. Segundos de silencio, solidaridad en sus miradas, un suspiro para no olvidar, un nudo en la garganta para decir su nombre completo: Javier Valdez, nuestro periodista.

Al terminar la conferencia me preguntaron si lo conocí, si fue alguien cercano, si nos tratamos. Y segura dije: “Un periodista siempre es cercano a nuestra vida, aunque geográficamente parezca lejano. No necesitaba conocerlo para admirarlo, para preocuparme por él, para llorarlo. Javier Valdez es y será nuestro periodista”.

 

Siempre me resultó muy difícil leerlo, el contexto de violencia que siempre denunciaba, dolía, dolía mucho.

 

Empecé a leerlo por culpa de un alumno que me regaló el libro “Miss Narco”, de inmediato me atraparon las historias, supe que leí a un periodista valiente y me gustó mucho que su mirada masculina descubriera a las mujeres en ese contexto tan cruel del narco y denunciara y les diera voz y las hiciera visibles sin victimizar, sin exagerar, una cruda realidad me llegaba al fondo de mi corazón:

La “Güera” está sentada en un sillón de un restaurante en el malecón. Ve cómo pasan los carros. Extraña ir en las cabinas de las camionetas, sentir las manos de él recorriéndola, juguetonas. Tocar la fusca en el bolso rebosante de billetes, meterse la .380 en el pantalón, entre el calzón, sentarse en la .45, esconder la pistola nueve milímetros en las botas vaqueras.
Me hubiera gustado seguir con él. Extraño ese dinero, la facilidad con que se obtenía y se gastaba. Me sentía una reina, bien chingona. Pero eso ya se fue y no me arrepiento de nada. He tenido suerte, a pesar de todos los putazos que he recibido, casi nunca me ha faltado dinero y aunque de repente, en temporadas cortas, no haya lana, luego cae y en abundancia, dice.
Mira a través de la ventana grande. Mira el río, el barandal, el adoquín rosa…
Ya no vende polvo ni trae el encendedor ese que escupe balas. No se siente la reina, la chingona. No más…

Qué duro leerlo, que fuerza para relatar esas historias. Después dio voz a más gente, sobre todo a la población infantil que ha caído en estas espirales de dolor y destrucción. “Los morros del narco”, otro escenario lleno de crueldad, ese México que existe y no siempre se quiere reconocer, ese México tan herido, que muere y mata:

Mario está fumando. Le entra. Un toque, dos, tres. Con estilo, como si fuera un pasón que llegue hasta los pulmones, contamine el corazón, salpique el cerebro, despierte el recuerdo, el mejor, que guarda de su madre. A quien rescata de ese pasado antiguo.
– ¿Cómo imaginas tu muerte?
Suelta el humo, estilo de vago que contrasta con su cuerpo en crecimiento. Media sonrisa, media muerte, asoman.
“Si voy a caer muerto, mejor con una bala expansiva que me reviente el cerebro pa ya no acordarme de nada. O que me hagan pedacitos, pa evitarle la pena a mi amá, el dolor de velarme. Y es que en este jale ya no alcanza con morirse.

Este fue el periodismo que Javier Valdez ejerció con coraje y preocupación, la denuncia y la advertencia, las preguntas y las dudas: ¿Este es nuestro país, este país queremos, así estamos de mal, de jodidos, este es nuestro abismo de muertes y muertes? Javier salió a buscar las preguntas, a mostrarnos espejos que no nos gustan, que nos duelen, que nos hacen cerrar los ojos y los puños. México tan solo, México tan herido de muerte. Y surgieron más textos periodísticos, otros libros como “Huérfanos del Narco”. “Levantones” y “Narco Periodismo”. La fuerza de su periodismo fue reconocida en el mundo, recibió diversos reconocimientos.

 

Llegó el 15 de mayo de 2017, se quedó para siempre en nuestras vidas.

 

Medio año después, el 8 de diciembre de 2017, en la entrega del Premio Nacional de Periodismo conocí a Griselda Triana, su esposa. No pude articular palabra alguna, solamente le entregué ese diploma donde estaba impreso el nombre Javier Valdez. Nos abrazamos tan fuerte, mojamos nuestros hombros con cada lágrima de dolor, de impotencia, de rabia, de esperanza.

Poco después nos sentamos juntas, charlamos de corazón a corazón. Nunca olvidaré sus palabras.

 

Me lo mataron, él no se murió, lo asesinaron y el dolor que esa certeza me provoca, siempre quebrantará mi alma. Yo jamás, jamás le pedí que dejara de escribir sobre los temas que denunciaba. Nunca se me ocurrió hacerlo, pero sí le pedía que se fuera de Sinaloa, que aquí las cosas estaban muy feas. Lejos lo creía a salvo. Pero él nunca quiso. Todavía llego a la casa y creo que ahí está, escribe y escribe. Ha sido tan difícil vivir sin él.

 

Y nuestras lágrimas brotaban otra vez, estas lágrimas que compartían su duelo, estas lágrimas que me contagiaban su fuerza, porque Griselda Triana es y sigue siendo una mujer muy fuerte.

Es así como la he visto ir a cada homenaje, conmoverse como siempre, pero a la vez siempre levanta la voz para denunciar, para pedir justicia, para afirmar y hacer eco su voz: “Si nosotros no tenemos paz, el gobierno tampoco merece tenerla”.

Hace unas semanas le escribí para reiterarle que cuenta conmigo, que me sumaba a este homenaje nacional que le queremos hacer a Javier Valdez. Que este mes de mayo cada estado de nuestro México tan herido iba a levantar otra vez el puño, evocaría el periodismo valiente que practicó su esposo, el ejemplo que nos sigue dando, la fuerza que nos sigue contagiando. 12 disparos nos quitaron a Javier, pero cientos de voces lo vuelven inmortal al recordarlo. Quizá la justicia está próxima, han detenido al presunto homicida. La solidaridad no se duda, aquí estamos en Hidalgo abriendo espacios para recordarlo.

Javier Valdez escribió crónicas y reportajes donde denunciaba al crimen organizado. Pese a las amenazas nunca dejó el oficio. Pese a reconocer el peligro nunca dejó de denunciar:

Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad tal en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo, es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno”.
Esa tarde que charlé con Griselda Triana también me confío algo muy lindo: “Este cabrón, ahora me dejó un gran compromiso y mírame, ahora yo dando discursos, yo recibiendo sus reconocimientos, yo levantando el puño, tomando aire ahora para que con más fuerza que nunca se escuche mi voz, nuestra voz.

 

Javier Valdez, un periodista que nos sigue inspirado. Nuestro periodista.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.