“Queridísimo padre:

Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio”.

 

Un día descubrí a otro Kafka. No era el que me angustió durante las noches, cuando temerosa me dormía pues creí que despertaría convertida en un insecto pavoroso. No, este Kafka resultó ser tierno y dulce, generoso con la escritura, confesándose a sí mismo, delatándose pero esta vez no para transformarse en un bicho raro, como en Metamorfosis (1915), su obra más conocida. Esta vez, se transformaba en un humano con el alma remendada, amoroso con un padre que fue duro e indiferente con él.

Franz Kafka (1883-1924) es ya un clásico de la literatura universal, sus textos siguen latentes en nuestra vida, desde la popular historia de un personaje llamado Gregorio Samsa, el mismo que se va convirtiendo en ese monstruosa cucaracha, hasta El Castillo (1926), ese cautiverio que te deja sin respirar y te lleva por laberintos contradictorios e incomprensibles.

Las fotos que hay de este escritor europeo delatan a un hombre delgado, enfermizo, de orejas color mariposa y nariz de media luna. Se ve frágil, tímido e indefenso. El desamor latente, las historias de amor sin final feliz, su enamoramiento eterno e imposible por todas y por ninguna. Un ambiente desesperanzador con la amenaza de la Primera Guerra Mundial. Pesar y pesimismo, imaginación y pesadillas, fatalidades y destinos tristes. La literatura fue su mejor compañía. Le fascinaba ir de lo absurdo a lo imposible, de personajes extraños y obscuros, de lo extravagante a lo irreal. Su estilo delataba a un hombre solitario, desamparado, siempre en proceso de transformarse en lo que no deseaba, la metamorfosis fue su destino eterno.

Si bien las cartas que escribió a su mejor amigo, Max Brod, no le quitan esa etiqueta de un ser extravagantemente misterioso y atormentado, al mismo tiempo delatan esa alma dolida y muy humana, tan solitario como el que vive en un castillo, tan raro como el monstruo más inverosímil. En dicha correspondencia compartida con su cómplice de vida, le llegó a confesar:

 

“Tengo tal necesidad de buscar a alguien, alguien que al menos me roce con una caricia amable, que ayer estuve en un hotel con una prostituta. Estaba demasiado vieja para ponerse melancólica; se lamentaba, aunque sin admirarse, de que no se es tan cariñoso con las prostitutas como con una querida. No la consolé porque ella tampoco me consoló a mí”.

Este tipo de expresiones, me han vuelto más cercana al querido Kafka, sus cartas son los textos que más me aproximan a él. Deseando siempre no estar solo y constantemente encerrándose en sí mismo, ignorando a los demás. “Carta al padre” es un texto totalmente desgarrador. La figura paterna lo sacude y lo asusta, desea amar a ese hombre que le dio la vida, pero siempre el pavor hacia él lo paraliza hasta en su manera de sentir. Su vocación de escritor no puede quedar más transparente.

 

“Afortunadamente, también había excepciones, casi siempre cuando sufrías en silencio, y el amor y la bondad, con su fuerza, superaban todos los obstáculos y conmovían de un modo inmediato. Eso sí, sucedía raras veces, pero era maravilloso. Por ejemplo, cuando en veranos calurosos te veía fatigado, adormilado en la tienda después de comer, el codo sobre el mostrador, o cuando los domingos llegabas agotado a reunirte con nosotros en el sitio donde veraneábamos; o cuando durante una grave enfermedad de nuestra madre te agarrabas a la librería, temblando por el llanto, o cuando, durante mi última enfermedad, entraste sigilosamente a verme a la habitación de Ottla, te quedaste parado en el umbral, sólo estiraste el cuello para verme en la cama, y para no molestar te limitaste a hacer un gesto con la mano. En tales ocasiones uno se echaba en la cama y lloraba de felicidad, y llora ahora otra vez, al escribirlo”.

 

Las cartas fueron naturalmente su relación más cercana con la gente que amaba o que no sabía que amaba. Así, una mujer representativa en su vida fue Felice Bauer. Se dice que intercambiaron cientos de cartas, aunque todas las que ella le escribió, Kafka las quemó cuando se separaron por segunda vez. Nunca se sintió bien correspondido. Dos veces tuvieron fecha de boda, y las dos veces, todo quedó en una promesa fallida. El amor y el dolor parecían ser sentimientos inseparables cada vez que se enamoraba:

 

“La otra noche te soñé, es la segunda vez. Un cartero me traía dos certificadas tuyas y me entregaba una en cada mano con un movimiento magníficamente preciso de los brazos que saltaban como émbolos de una máquina a vapor. Eran cartas mágicas. Podía extraer cuantas hojas quisiera sin que los sobres jamás se vaciaran. Me encontraba a mitad de una escalera y estaba obligado, no te ofendas, a tirar sobre los escalones las hojas ya leídas si quería extraer más de los sobres. Toda la escalera de arriba a abajo estaba cubierta de manojos de hojas y el papel elástico, ligeramente sobrepuesto, enviaba un fuerte murmullo”.

 

Su estilo inventó un calificativo tan cotidiano ahora en nuestras vidas, su apellido se convirtió en un adjetivo delator: kafkiano. La ansiedad y lo complejo, lo irreal y lo complejo, lo desolador y lo solitario, lo extrañamente raro, lo fantásticamente absurdo. Ser kafkiano delata la existencia de una narración descarnada, saber tomar distancia con los otros –personajes reales o seres queridos irreales, sospechar de uno mismo y perderse en sentimientos que hacen fortalecen la sensación de ser insignificante, invisible, raro, sospechoso, no querido. Vivir una rutina insignificante de la que no deseas escapar aunque lo intentes una y otra vez. En la carta escrita a su padre, le reitera esa sensación:

 

Más certero has sido con tu aversión a mi quehacer literario y a todo lo relacionado con él, y que tú ignorabas. En este punto me había alejado un tanto de ti, efectivamente, y por mis propios medios, aunque eso recordase un poco al gusano que, aplastado por detrás de un pisotón, se libera con la parte delantera y repta hacia un lado. Me encontraba hasta cierto punto a salvo, pude respirar hondo; la aversión que, naturalmente, sentiste de inmediato por mi actividad literaria, en este caso, excepcionalmente, me resultó agradable. Aunque mi vanidad, mi amor propio se resentían ante la acogida, célebre entre nosotros, que reservabas a mis libros: «¡Déjalo encima de la mesilla de noche!» (casi siempre estabas jugando a las cartas cuando llegaba un libro), en el fondo me encontraba a gusto así, no sólo por malicia y rebeldía, no sólo porque me alegraba ver confirmado una vez más lo que yo pensaba sobre nuestra relación, sino también porque esa fórmula, pura y simplemente, me sonaba a una especie de: «¡Ahora eres libre!» Era un engaño, por supuesto, no era libre o, en el caso más favorable, todavía no lo era. Lo que yo escribía trataba de ti, sólo me lamentaba allí de lo que no podía lamentarme reclinado en tu pecho. Era una despedida de ti expresamente demorada, despedida a la que tú me habías obligado, pero que iba en la dirección marcada por mí. ¡Pero qué poca cosa era todo eso! Sólo vale la pena hablar de ello porque ha ocurrido en mi vida -en otro lugar no se la percibiría en absoluto-, y también porque dominó mi vida, en la infancia como presentimiento, luego como esperanza, y después muchas veces como desesperación, dictándome -si se quiere, otra vez adoptando tu figura- mis pocas y pequeñas decisiones.

 

Kafka murió muy joven, apenas tenía 40 años. Así el 3 de junio de 1924 dejó de existir, no sin antes pedirle a su mejor amigo, Max Brod, que destruyera todos sus textos. Por suerte, no hizo caso y logró que la obra de su cómplice literario se diera a conocer. También las cartas entre ellos delatan ese estilo kafkiano:

 

“Mi muy querido Max, ¿jugamos una vez más al juego de los niños infelices? Uno señala al otro y recita su antiguo verso. Tu opinión actual sobre ti mismo es un capricho filosófico, mi mala opinión sobre mí mismo no es una mala opinión trivial. En esta opinión quizá se halle mi única virtud, después de haberla delimitado adecuadamente en el transcurso de mi vida, es aquello en lo que jamás, jamás he tenido que dudar, me da un orden para mí mismo y me tranquiliza suficientemente, a mí, que me rindo de inmediato ante la falta de claridad. Estamos suficientemente cerca uno de otro como para poder ver los entresijos en la argumentación de la opinión del otro. Yo incluso he llegado a detalles y ellos me han alegrado más de lo que tú aprobarías -¿de qué otro modo podría seguir sosteniendo la pluma en mano? Nunca he sido de aquellos que sacan adelante alguna cosa a cualquier precio. Pero precisamente de eso se trata. Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita, debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron. También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosas rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a ti, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la base de pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más fáciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se podrá hablar solamente cuando concluya la primera versión.

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