Animals. El nombre del décimo trabajo de la banda de rock progresivo Pink Floyd. La primera de muchas columnas que seguramente será dedicada a esta banda. De hecho podríamos escribir una columna por cada canción, o al menos de las más importantes. Ocurre un fenómeno muy peculiar con esta banda. ¿Cuál es la canción que les recuerdas? Déjame adivinar, ‘Another brick in the wall’, ‘Wish you where here’ o ‘Money’. Tuviste que pensar en al menos una de esas. Algunos fanáticos podrían dar otros títulos del repertorio, lo cierto es que las anteriormente mencionadas hacen un repaso breve por lo que han sido los mejores discos y los más vendidos.

Pero concentrémonos en otro disco que para mi gusto es monumental. Es emocionante escuchar un álbum que tenga trasfondo, que tenga un contexto, los creadas bajo estas reglas son algo delicioso. Animals no pudo hacerse de la vista gorda en los 70 de la situación social y política que atravesaba Inglaterra, la declaración en contra del sistema político principalmente y el desempleo que aplastaban las honestas aspiraciones de progreso, por ello nace el punk rock, una vía para levantar la voz sin ser expertos en música. ¿Qué tiene que ver este género con el rock progresivo de Pink FLoyd? Muy poco, en cuanto a la música es notorio, están años luz uno del otro, pero tenían algo en común, ambos criticaban al sistema. Claro que aquellos que tocaban punk aprendieron casi sobre la marcha a hacer música, pues la mayoría colgó las botas de trabajo para tomar los instrumentos, por su parte Pink Floyd ya era una banda reconocida y bien trabajada, con sonidos muy elaborados y músicos profesionales, cada quien a su modo se unieron en una misma misión.

El décimo disco de la banda, Animals, se escucha el retorno de Pin Floyd a la escena underground de la cual salieron. Ya con las riendas tomadas por Roger Waters el sonido es por momentos un tanto agresivo durante el álbum. Si en algún momento surge la duda de ¿en qué momento empezaron los roces entre Richard Wright y Waters? La respuesta es este disco, ya sin Syd Barret la autoridad máxima se afianzó, no había mejor líder para continuar con Pink Floyd que el mismo Waters. Pero el carácter de este personaje, el modo de hacer las cosas justo como él las quería empezaron a deteriorar la relación con sus compañeros y la historia la sabemos, Roger sigue usando ese cartucho gastadísimo de ‘The wall’ que le ha dado varias vueltas al mundo y que no se le ve fin, al menos en el corto plazo.

En cuanto a la música se refiere escuchamos guitarras acústicas de David Gilmour, que contienen rabia contenida, al menos ese es la sensación que provoca, para posteriormente dar paso a la guitarra eléctrica y los teclados de Wright sumergiéndonos en una atmósfera –como suele pasar en cada disco de esta banda– de la realidad vigente. Es un disco de la creatividad tirana de Rogers que critica al capitalismo, que ve al mundo sin condescendencia colocándonos una máscara animalesca en la jungla de la modernidad.

Este álbum se grabó en los estudios propios de la banda en Londres. Los temas que contiene están acreditados en su mayoría a Waters, pero eso no quita la maestría de los demás integrantes, Nick Mason en la batería dejando el espacio necesario prescindiendo de las percusiones para empezar a sumergirnos y entrando con ese toque suave, sin prisas y marcando el paso. Richrd Wright en los teclados hacía las veces del tirano y el opresor en la canción, cual si de una puesta en escena con sus antagonistas se tratara. Gilmour, ¡vaya¡ Potenciando las letras de Waters en contra del aplastante sistema. Finalizamos con Roger, que saca a flote sus inquietudes políticas más arraigadas para escribir las letras de estos temas.

Para disfrutar de un buen disco y absorber el mensaje implícito en la música es necesario empezar por el principio, es un pleonasmo, lo sé, pero muchos estarían pensando en reproducir el disco desde la pista uno, y así debe ser pero yo me voy más profundo, empecemos por la portada. Es una imagen que nos dice muchísimo y es de aquí de donde tenemos que partir, el cerdo volador de Pink Floyd llamado Algie, representa aquellos de su especie que se disfrazan de empresarios, políticos y líderes morales que escarban con su estruendoso gruñido para acrecentar su ego. Este cerdito que no tiene la culpa de nada si no simplemente para representar la realidad está sobrevolando una central eléctrica actualmente en pie ubicada en Battersea, Reino Unido. La intención era tomarle una foto, pero el mal clima arrastró a Algie a una granja de un propietario furioso por su aterrizaje en medio de su ganado. Se optó sólo por elegir la mejor foto de la Battersea Power Station y sobreponer el vuelo de este simpático cerdito que tiene el papel de representar lo más sucio de este mundo, y no, no me refiero a su naturaleza.

Los cerdos, aquellos avaros insaciables de poder y dinero, los perros que a costa de lo que sea, bajo las ordenes de sus amos consiguen el cometido y las ovejas serenas, adormiladas y sin ilusiones, que siguen la corriente dejando ser manipuladas hasta el momento adecuado para ser trasquilados y enviados directamente al matadero, pero sobre las que aún se guarda la esperanza de que se revelen y sean dueños de lo que siempre han sido sin darse cuenta, de sí mismos.

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