“Así que después de todo, mi padre no era un caníbal, sino un tipo normal, lleno de miedos, de debilidades y de errores. Un pobre hombre capaz de perder la cabeza por una mujer y de tirarlo todo por la borda. Me pareció que le veía por primera vez y me compadecí de él. Y en ese instante una pequeña idea empezó a agigantarse dentro de mi cabeza hasta adquirir dimensiones deslumbrantes, si mi padre no era un caníbal, entonces yo tampoco era la Hija del Caníbal.”

Nada mejor que leer a Rosa Montero, de mis escritoras favoritas, después de pasar el Día del Padre porque su novela La hija del Caníbal permite que exploremos nuestras relaciones con los hombres de nuestra vida y que sospechemos que la relación que hemos tenido con nuestro padre va a marcar, inspirar, amenazar o renovar la manera en que nos relacionamos con los otros, ya sean parejas o amigos, amantes o esposos, hijos o alumnos.

Si bien la trama de la novela gira en torno al secuestro del esposo de la protagonista, Lucía, quien al tratar de encontrarlo contará con el amor y la amistad de un jovencito y de un hombre mayor. Juntos descubrirán sus miedos y cariños, sus necesidades y sus pasiones, la posibilidad siempre latente de amar sin importar edades, tiempos ni olvidos. Sin embargo, Lucía siempre estará acompañada, amenazada, perseguida y observada por la figura paterna, ese hombre que no entiende, que ama y no, que amenaza con devorarla, hacerla pedacitos para comer carne de su carne, como todo buen caníbal.

Lucía es dura y crítica con su padre, lo considera un hombre lejano e incomprensible, no le perdona su lejanía pero también ella marca distancia, cree no amarlo pero le duele ese desamor, lo juzga al mismo tiempo que intenta perdonarlo, lo desconoce mientras escarba su alma en la desesperada busca de una clave, una pauta, un signo que le permita conocerlo pero siempre está segura de perderlo. Lo pierde como perdió a su marido en el aeropuerto, lo pierde cuando cree que la diferencia de edades no garantiza un buen amor, lo pierde como lamenta que cada hombre llegue tarde a su vida. Pero precisamente esas pérdidas y esos encuentros provocarán reencontrarse con su padre:

Yo he necesitado cumplir cuarenta y un años, y que secuestraran a mi marido, y que luego no lo hubieran secuestrado, y que un muchacho al que le doblo la edad dijera que me amaba, y que Félix, sobre todo Félix, me contara su vida, para liberar a los padres imaginarios que guardaba como rehenes en mi interior, esos padres unidimensionales y esquemáticos contra los que estrellaba una y otra vez mi propia imagen. Ahora sé que mis padres son personas completas y complejas, inaprensibles.

Desde niña Lucía sospechaba que su padre podía devorarla, por eso las presencias masculinas en su vida la tienen en alerta, no confía en los hombres porque pueden ser también caníbales como su padre. Por supuesto, la historia que él le comparte cuando ella es pequeña la marca de por vida. Ese hombre que en la Guerra Civil Española en una trinchera, solo y desesperado, debe devorar los cadáveres de sus propios compañeros para sobrevivir. Le queda la idea que su padre para seguir con vida, debe devorar las otras. Desde entonces lo llama, lo cree, lo sabe padre-Caníbal. Estaba segura que él se la comía viva cada vez que lo veía y que a su madre la fue devorando poco a poquito. Es un padre que representa esos temores de ser consumida por los otros, ser dominada por los demás, ser amenazada constantemente y desconfiar ante la posibilidad de ser atrapada, no escuchada, no querida, no valorada. Se siente la hija eterna, siempre dependiente del otro, que la juzga, que le dice lo que espera de ella, que le reclama lo que no ha hecho pero olvida lo que ha realizado. Con bastante ironía ella lamenta que los hombres nunca se parecen a sus padres, en cambio las mujeres se parecen a sus madres y son devoradas por sus padres.

Además de esa relación de Lucía con su padre, ella es una mujer con la de inmediato te identificas. Ya madura, teme la vejez y se arriesga a palpar su juventud, se llena de cremas “milagrosas”, de dietas, de promesas para sentirse bella y fresca, ella otra vez. Incluso su cuerpo ha cambiado, sus deseos por gozar su sexualidad, entregarse apasionada. La desaparición de su marido, le permitirá reencontrarse con ella misma, acariciar la idea de volver a ser amada y deseada. La relación con el hombre joven la llena de ilusiones, la relación con el hombre mayor la hace valorar la sabiduría. Aceptarse y avanzar. Quererse y gozar. Reconciliarse consigo misma y palpar lo bello que siempre existe en tu propia vida.

“Todo esto aprendí en brazos de Adrián, fue una revelación inmediata, luminosa. Aprendí que él no notaba que yo tuviera celulitis ni que mis dientes fueran de resina; que le gustaban las arrugas de la comisura de mis ojos y que le importaba un carajo que mis antebrazos estuvieran un poco pendulones. Aprendí que la mirada impecable con la que nos fileteamos y descuartizamos y despreciamos las mujeres es una mirada nuestra, una mirada interna, una exigencia loca con la que nosotras mismas nos esclavizamos; y que el deseo real, el aprecio del hombre, se asienta en otras cosas; en la carne caliente y la saliva fría, en el sudor mezclado entre penumbras, en el olor secreto de la piel, en la plena lasitud de un cuerpo conquistado”.

 

Al volverse a querer, al volverse a aceptar, ella tendrá una charla reveladora con su padre y descubrirá lo que descubrió de sí misma: es un ser humano, solamente eso. Una persona que le tocó ser su padre, pero que no por eso pudo dejar de ser humano con defectos y locuras, con miedos e imperfecciones. Se esfuerza por escucharlo, quizá no entenderlo pero sí respetarlo. Se atreve a dialogar, a compartir, a escuchar, sin esperar nada perfecto, solamente disfrutable.

“Lo había visto, en efecto. Había advertido desde muy pequeña que la pareja de mis padres no funcionaba, y ahora descubría, en mi madurez, y que mi presencia no era la sustancia misma de sus vidas. Aún más, ahora me daba cuenta de que mis padres me habían engendrado no por mí misma, sino con la finalidad de entenderse mejor, de quererse más entre ellos. Qué extraordinaria relación une a los hijos con sus padres; nos apropiamos de ellos, les convertimos en las esquinas inmutables de nuestro universo, en los mitos originarios de nuestra interpretación de la realidad. Y así, cuando pensamos en ellos, siempre les vemos como piezas inmóviles del paisaje, forillos teatrales que adornan el escenario en donde se representa nuestra vida. Quiero decir que nos negamos a reconocer que nuestros padres no son sólo nuestros padres, sino personas independientes de nosotros, seres de carne y hueso con una realidad ajena a la nuestra.”

 

Si bien la novela aborda otras temáticas también interesantes como lo son el mundo de la política, el terrorismo, la corrupción y las relaciones de poder en otros escenarios sociales, desde la primera vez que llegó a mis manos lo que yo advertí fue a esa hija que no comprendía a su padre, pero que se alimentaba de él al juzgarlo y cuestionarlo, hija de caníbal en fin. Pero a la vez, solamente palpaba el sentir de Lucía, esa mujer madura que desea quererse, aceptarse, reencontrarse y vivir la vida sin tantos miedos y más cariño hacia ella misma.

Así, La hija del caníbal de Rosa Montero resulta ser una novela maravillosa para este mes que la publicidad nos satura de buenos deseos para los padres y de regalos que no siempre demuestran nuestro amor. Leer e invitar a leer esta maravillosa historia de una hija que reconoce su amor antropomorfo sin devorarse a sí misma ni devorar al otro, de verdad que permite siempre reconciliarse con el hombre más importante de nuestra vida, nuestro padre.

 

*Rosa Montero (2003), “La hija del caníbal”, colección Booket, España.

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