LEONORA CARRINGTON
Cuentos mágicos

 

“¿Que quién es Leonora Carrington? Una persona como cualquier otra que ha descubierto en la vida simplemente lo que ha podido. O quizá también alguien que ha sobrevivido hasta ahora con mucho cabrón trabajo, como se dice en México. Por eso tampoco me gusta que me llamen musa”

LEONORA Carrington nació el 6 de abril de 1917, en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra. En 1936 ingresa a la academia Ozenfant de arte, en la ciudad de Londres. Al año siguiente conoce a quien la introdujera en el movimiento artístico surrealista, y quien más tarde se convertiría en su pareja sentimental, el pintor alemán Max Ernst.

Durante su estancia en esa ciudad entró en contacto con el movimiento surrealista y convivió con personajes notables, como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como el pintor Pablo Picasso y Salvador Dalí.

La obra de la pintora inglesa se centró en el mito céltico, el simbolismo alquímico, el gnosticismo, la cábala y el budismo tibetano.

Leonora fue para mí un gran descubrimiento, muchas veces vi sus cuadros sin saber quién los pintaba, y me maravillé con su trabajo sin preguntarme qué había detrás de ellos, quién era la persona que por medio de la imaginación creaba escenas tales, que reflejaba el quehacer mágico de cada escena plasmada en sus obras.

Siempre me gustó el arte, pero los cuadros de Leonora me hacían estremecerme, su esculturas plagadas de seres salidos de otro universo me conmovían, creo que le gana la partida el tiempo y a la muerte al crear seres inmutables al paso de las horas, seres míticos como ella, que rompen el esquema del sitio que los rodea y con ternura rompen el espacio que los separa de quien los observa.

Dentro de los festejos del que habría sido su cumpleaños número 100, el Museo de Arte Moderno de nuestro país ha montado la exposición Leonora Carrington, Cuentos Mágicos, que dará del 21 de abril al 23 de septiembre acceso a más de 200 obras de la artista, ocupando ocho salas que exponen pinturas, dibujos, máscaras, esculturas, fotografías, documentos, libros, objetos personales, un tarot gigante que ella creó y videos testimoniales de personas cercanas a ella.

Me dio gran emoción saber que se le homenajeaba de esta manera, sentí, como siempre que voy a ver un trabajo suyo, que hacía un viaje para dentro de mí; estar ahí me llevó a reconocer y conocer en aspectos que no había encontrado hasta ese momento. Porque encontrarme con ella o con su trabajo siempre me confronta conmigo y me permite observar con otros ojos, desde otro ángulo. Por ello acudo siempre al llamado de su magia, así sea para sentarme en alguna de las bancas o para contemplar alguna de las esculturas esparcidas por la Ciudad de México, como si dejara pistas de sí misma ante los ojos de todos para que los curiosos las descubran y sean cómplices eternos.

Era sin duda una mujer mística, con una poderosa mirada que penetraba a los más reconditos espacios dentro de uno, lograba habitarte con sólo mirarte, tenía una sonrisa de ésas que no se muestran, que apenas y dibujan una mueca pero que te llenan de felicidad. Pero sabía carcajearse y contagiaba a cualquier sala o auditorio con su llano estertor; uno se volvía fautor de su piel ajada, de sus ideas que germinaban aún cuando guardaba silencio o fingía poner atención a su entorno.

La única vez que la vi de frente fue hace muchos años, en una conferencia que dio en la Universidad Nacional Autónoma de México y, curiosamente, el tema no fue su trabajo artístico sino su pasión por la comida mexicana, particularmente el mole; también acudí en aquel entonces a su llamado, me petrifiqué ante su sola imagen, ante su charla, sus palabrotas, sus ojos, sus manos que habían envejecido pero aún podían elevar conjuros con apenas moverse.

La vi, la admiré, como uno ve a quien ama, a quien ama además sin conocer pero habiéndola conocido ya por sus aquelarres.

 

Una vez un perro le ladró a una máscara que hice, ha sido el comentario más honorable que he recibido
-Leonora Carrington-

 

Leonora fue una mujer valerosa, que hizo frente a todas las dificultades para poder ser ella y expresar lo que contenía su mente, fue, sin tomarlo como bastión, una feminista cabal, colaboró con mujeres toda su vida, las apoyó y se apoyó en ellas; su lema era Mujeres, conciencia, y creó un personaje llamado Lepidoptera, que en el cuadro que lleva su nombre dice: “ es un dibujo libre, quiero guardar mi libertad”, apelando a la libertad que deben ejercer las mujeres sobre si mismas.

Su trabajo artístico es un abánico multidisciplinario que conjuga elementos y sustentos materiales diversos que dialogan entre sí, genera un discurso que va más a allá del arte mismo, tomando posicionamientos políticos y sociales; creando universos fantásticos que intercalan aspectos autobiográficos con un sinnúmero de símbolos derivados del ocultismo. Hay una fuerte presencia del folclor y misticismo latinoamericano,  particularmente mexicano, dado que la mayor parte de su vida la pasó aquí y se asumió como tal.

Sus personajes: humanoides delgados que se desmitifican en los escenarios increíbles de sus cuadros quedan siempre en segundo plano para observar a los nahuales o híbridos que habitan ese espacio. Figuras rocambolescas que se apoderan de todo lo que creaba, como si pudieran poseerla por un instante y, si te descuidas, también se apoderan de ti, al mirarlos se quedan grabados en tu mente; son un ancla a un orbe mucho mejor que el cotidiano.

Estudió la psiquiatría desde la perspectiva de Carl Jung, muchas veces, en su obra, se encuentra reflejada su necesidad de indagar en su propia mente, intentar resolverse como ser humano a partir de la creación artística; mediante imágenes oníricas se transportaba y transporta a quienes acceden a sus rituales alquimistas, a un mundo alterno, que permite de manera lúdica hablar de identidad, sexualidad y sensibilidad femenina.

 

El mundo que pinto no sé si lo invento, yo creo que más bien es ese mundo el que me inventó a mi
-Leonora Carrington

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