Llevo 30 años dando clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y 13 en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Por lo tanto, he conocido más de 20 generaciones diferentes de alumnos. Grupos de chicas y chicos tan diferentes pero únicos. 30 años repitiendo temas pero luchando tenazmente por actualizarme, por encontrar la estrategia ideal que los haga escribir mejor, por encontrar las palabras precisas para motivarlos, por dejarles bien clarito que valen mucho, para que cuando salgan de aquí tengan la certeza que puede existir alguien que siempre creyó en ellos y que siempre los apoyará.

Empecé muy joven dando clases en la UNAM, sin duda eso me ayudó a integrarme perfectamente en una querida y pequeña generación juvenil que creyó en mí como Víctor Peralta, Elba García, Jaime Pérez, Alejandro Rodríguez, Raúl Frías y otros más. Después los nombres siguen en mi corazón pero cada vez son más eternos, desde Lety Calvario hasta Glenda Castillo, de José Luis Garrido a  Issac Rocha.

Ya en este siglo XXI soy feliz en la Universidad Autónoma de Hidalgo, donde he admirado el talento de los integrantes de la primera generación de comunicación. No olvido a mi grupo de quinto del semestre, cuando entré como suplente de una profesora,  que realizó sus tareas con verdadera creatividad y entusiasmo. Es fácil mencionar a Jesús y Alfonso, a Irma, Sonia, Adriana, Andrea y Claudia.

De pronto, vino la oportunidad de dar una materia favorita: Taller de Géneros periodísticos. Ahí adoré a esas niñas buenas, que como yo en mis tiempos de estudiante, se sientan hasta adelante, cumplen se preocupan por las tareas y siempre sacan diez. En efecto, me refiero a Alejandra Gutiérrez, Mireya Jiménez, Joselyn Guadarrama, Belinda Pérez Ríos, Gilda Patricia Meneses y Jessica Mejía.

De igual manera, suspiro emocionada cuando leo a mis niños buenos como Marcos Ávila y Kennedy Castelán, talentosos e inteligentes. Admiro la facilidad de Jair Godinez para hacer excelentes crónicas, así como la inspiración y entrega de Hugo Rivera y Juan de la Rosa, siempre echándole ganas a las tareas. Distingo buenas vibras y amor por la vida cuando miro a los ojos de Rubén Olguín o tras el cristal de los lentes de mi querido Alexandro Chávez, para mí niños serios pero con una grata personalidad.

En un inicio pensé que sería difícil relacionarme con las chicas bellas del rincón, pero con gran alegría he descubierto que Laura Laisequilla, Adriana Fernández, Mahetzi Carballo, Paulina Becerra, Amarilis López Garay, Elizabeth Quintero y Karen Lazcano además de bellas y un poco latosas, saben corresponder en cariño y dedicación.

Posiblemente debería odiar a los platicadores de Iván, Armando, Ángel y Paco, pero los muy malvados me han robado el corazón por su originalidad, autenticidad, irreverencia y hasta por su indisciplina, espero pronto escucharlos en su banda de música o recibir sus postales de algún lugar del mundo que estén visitando.

Otros chicos talentosos en el arte de escribir y en su manera de ser son Gilberto Pacheco, Luis Cano y Juan Pablo Morales. Lula y Mayra, alegres y optimistas. No puede olvidar que desde le primer día de clases el nombre que de inmediato quedó en mi mente fue el de Beatriz Fajardo, inteligente y participativa. La personalidad irreverente de Cesar Pérez Calderón y sus inolvidables faltas de ortografía están ya grabados en mi corazón. Así como la sonrisa y talento de Miriam Pérez López y mi adorada Perlita, si tuviera su edad y estudiara con ella sin duda serían mis mejores amigas.

E incluso las playeras llamativas de Jair Piedra, que por una que tiene de la pantera rosa lo empecé a identificar con más facilidad. Aunque también por los suspiros que lanzaba cuando Paola se sentaba junto a él. Recuerdo la divertida película donde ella fue la chica buena y Jair el gran héroe. Me reí como hace mucho no lo hacía.

La altura de Julián Yañez no sólo en física sino también en talento. Siempre que veo una motocicleta pienso él. La sonrisa y afabilidad de Jaime Hernández Quiroz reafirma mi vocación de profesora Por último, me identifico plenamente con Verania Sánchez Reyna, siempre cumplida en sus tareas, siempre dispuesta a dominar un género periodístico, siempre optimista y amable.

Quienes han hecho el servicio social conmigo o las prácticas profesionales, desde la tierna Adrianita Ramos Trejo hasta la enigmática Luz Martínez, de la manera de pronunciar de Arturo Lazcano a la genialidad de mi querido Alejandro Galindo.

Ahora con los grupos de primer semestre a quienes les imparto “Historia de los medios de comunicación” y con gozo repaso cada época mientras ellos y ellas preguntan, despiertan, se duermen, aprenden, gozan.

Juro que cada uno y cada una de mis estudiantes ocupan un lugar valiosísimo en mi vida. Es fácil recordar que fue mi alumno Jorge Lizama y al poco tiempo fue mi compañero en el doctorado, que fue mi alumno Juan Barragán que se hizo famoso en TV Azteca, que fue mi alumno Arturo Meza a quien quise muchísimo; fue mi alumno Homero Martínez Díaz que se acaba de titular con mención honorífica; fue mi alumno Luis Kumazawa que hace tres años dejó de existir; fue mi alumno Alejandro Rodríguez Cervantes que se mató en un accidente automovilístico, Jaime Pérez que murió de una enfermedad…

Y por ellos dos alguna vez pensé que lo único que no podía perdonarles a mis alumnos es que se murieran antes que yo, porque el dolor y la impotencia desgarran el alma pero con el paso del tiempo he comprobado que lo peor que me puede pasar es verlos infelices y fracasados, desconfiados de esta vida tan difícil. Por eso, aunque de manera parcial quiero que en mi clase por unos momentos se sientan apoyados, confíen en sí mismos, se sientan motivados y seguros, creativos y talentosos.

Por eso tengo grupos gigantescos, por eso me paso un día revisando y corriendo, dejando aunque sea un BIEN plasmado entre signos de admiración porque ya no se me ocurre qué más decirles o les dejo toda una letanía de letra incomprensible para señalar errores.

Por eso mi garganta no se desgarra durante dos horas de hablar y hablar.

Por eso mis manos se han vuelto adictas al gis y mis reflexiones al pizarrón.

Por eso asesoro al mes más de veinte tesis diferentes y a todos les regalo unas horas de mi vida

Por eso al día recibo decenas de llamadas, mensajes y correos que me pide desde entregar más tarde una tarea hasta apoyo moral

 

Por eso todos los días que vengo a la universidad me topo con rostros sonrientes, escucho historias personales y hasta recibo cartitas especiales que me reconcilian con la vida pese a la violencia regada por tantos estados de nuestro país, a candidatos que no convencen, o un México siempre lastimado por los poderosos

Es así como hasta he recibido otros nombres por mi fama momentánea. Los envidiosos me dicen “la taquillera” porque siempre tengo lleno el salón. Otros me dicen la titanic porque soy “muy barco”, conmigo nadie reprueba. La escritora Hortensia Moreno aseguró que soy muy popular. Otra ocasión,  un alumno me dijo que no soy extraordinaria pero que la manera en que hago las cosas me hacen especial. Otros me recomiendan haber tenido más hijos porque derramo mi instinto maternal con mis alumnos y alumnas.

Cierto día una amiga – después de que fuimos más de veinte veces interrumpidas en nuestra charla por los alumnos que se acercan a saludarme, a pedir ayuda, prórrogas o a entregar trabajos – llegó a decirme: “Ay, sí, te crees la mamá de los pollitos porque todo mundo te quiere en la universidad”.

Y sí, soy la mamá de los pollitos, soy maestra.

A veces algunas personas  -poquitas por suerte- se empeñan en joderme la vida y me deprimo un rato pero mi psicóloga me aconsejó que cada vez que recordara esas horribles cosas me refugiara en el lugar que mejor me sienta Y ese sitio es mi salón de clases, donde soy como quisiera ser, donde me siento útil, donde me siento a gusto, donde me siento viva.

Por eso, siempre celebro ser doña Maestra.

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