Cuando llegamos, no había casas ni calles, en la zona se podían ver girasoles, magueyes y conejos. Algunas personas se dedicaban a la siembra. Sin embargo, a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, se empezaron a construir algunas casas, no sólo en la Cebadita sino en todo el territorio que es conocido como la colonia La Mexicana, que se encuentra dentro del área que comprendía el pueblo de Santa Fe, el cual es muy antiguo ya que se fundó en 1531 y que hoy en día ha sido absorbido por la mancha urbana de la capital.

 

ESTE COMIENZO  redactado por Laura Ortiz Madariaga, representa un comienzo que borda con fina puntada una memoria urbana, un recuerdo urbano, una cotidianidad vecinal. La identificación es inmediata, siempre podemos ser el vecino solidario, la vecina generosa, el vecino extraño, la vecina callada, cada quien con su historia, su pasado y su memoria. La autora da voz a la gente que vive en una colonia bautizada como La Mexicana, un nombre delator de los testimonios que va reuniendo. Cada vecino viene de una parte de la república mexicana, cada vecina no olvida el lugar en que nació. Cada quien con su pasado a cuestas va pavimentado su presente vecinal. Evocan, se envuelven en nostalgias, se visten con su identidad adquirida en el lugar que se nació:

En Hidalgo hay muchas cosas sabrosas. El pulque es muy delicioso allá, bien famoso el aguardiente, la carne asada, el queso, las famosas paletas de calabaza y de elote.

Y pese a esa fidelidad al lugar en que se nació, la realidad los obliga a moverse, a buscar otros horizontes, a cargar con su pasado y sus sabores, con su optimismo aunque el pesimismo los obligue a distanciarse, buscar mejores oportunidades, vivir con más certezas, aunque el sacrificio obligue a alejarse, a parecer desleal, a sobrevivir pese a todo:

Primero llegamos a rentar un cuartito o nos acomodamos con algún pariente y luego ya fuimos comprando el terrenito.

El texto delata una solidaridad conmovedora, usa vocación por atrapar cada voz con respeto y darle un espacio preciso, sin justificaciones, ni suposiciones, las voces recuperadas dibujan rostros, delatan almas, sueños que siguen latentes, cambios que se aproximan para recibirlos de frente, nombres con historias, historias con alma. Manos que le van dando forma a una colonia, esfuerzo por hacer que la luz alumbre y el agua se almacena como tesoro en las viejas cubetas de aluminio. Palpar el lado humano, las coincidencias y los desacuerdos, el respeto siempre latente, el silencio como pauta para olvidar mal entendidos. Las herencias del pueblo traídas a la ciudad, las bondades de la gente humilde integradas al ritmo de las grandes ciudades. Identificar a los enemigos como la basura y la falta de un drenaje, aceptar los retos y compartirlos, el gobierno siempre fallando, el pueblo siempre ayudándose.

La colonia La mexicana parecía una escultura a la que poco a poco decenas de manos le daban forma, algunos con el cincel, otros con la imaginación, muchos con la buena fe, los más con la inspiración. La unidad, la cooperación, la buena fe, los valores latentes para levantar el lugar donde eligieron vivir, sin perder su lado humano, sin dejar de mirarse a los ojos:

Cada quien sacaba lo que podía. Poníamos nuestras cazuelas, chicharrón, frijoles, los guisados, las tortillas calientitas para que cuando ellos vinieran, a echar taco. Toda la gente ayudaba, los chamaquitos. Todos se saludaban.

Laura los observa, descubre su generosidad, se va ganando con respeto su confianza, le empiezan a compartir sus recuerdos, su necedad para vivir en el lugar que los abrigue, su lealtad con sus costumbres, su fortaleza para levantar los muros de su casa, crear un parque para convivir, pintar sus paredes para colorear sus esperanzas, para no olvidar.

Laura escarba su memoria, ellos recuerdan los magueyes y los caminos sin pavimentar, ellas el agua clarita que pasaba o el sonido de sus palmas al preparar las tortillas. La infancia latente:

Mi vida de niña era muy bonita, yo cuando estaba chiquilla que iba a la primaria, iba a la Vasco porque no había otra, después ya hicieron la Ambrosi, pero había milpas de este lado y milpas de este otro lado, mi mamá hacía tortillas para vender y yo le agarraba un poco de masa. Yo agarraba las hojas y tenía una ollita y hacia tamales y teníamos manteca porque mi mamá tenía puercos siempre y desde chiquita hago tamales y sigo haciendo.

Se recuerdan alegrías y tragedias, se evocan los acuerdos presentes y se ríen de los desacuerdos pasados. El peligro cuando estaba la fábrica de pólvora, los juramentos por diosito santo de que por ahí pasaba la Llorona vestida de blanco, gimiendo por los hijos que perdió. Personajes que se hicieron presentes, a veces para mitificar y estereotipar, otra veces para preocuparse o marcar una época. La banda de los Panchitos no podía quedar fuera de su historia, esos chavos banda vestidos de negro, que pintaban las bardas con sus grafitis para marcar su territorio, el rock y el punk, la policía y las corretizas, los rebeldes con causa, sobrevivir para no ser una especie en peligro de extinción, cantar con el grupo mexicano el Tri, niño sin amor.

A mí me gusta mucho Santa Fe, aquí crecí.

La colonia la Mexicana del barrio de Santa Fe escribe su historia con el pulso que generosamente Laura encuentra en cada testimonio. Sus voces son grabadas pero a la vez impresas en cada página, se escuchan y se sienten, Sin duda, ilustrar el libro con fotos de cada vecino, de cada vecina, hace de esta historia oral un coro de testimonios con rostros y latidos. Laura reconoce que en este barrio surgieron situaciones positivas y negativas, como cualquier cautiverio humano. Advierte las subidas y bajadas de las calles que no siempre facilitan el movimiento, el transporte, los recorridos. La certeza de unirse y las dudas de su propio perfil vecina, la esperanza pese a todo y el recuerdo construyendo su memoria:

 Aquí también nací, y todos, aunque no siempre nos hablamos bien, nos conocemos de vista, nos vimos crecer y pues tenemos todo cerca.

Gracias Laura Ortiz Madariaga por compartir este relato, por bordar estas historias, por demostrar que el recuerdo, la evocación y la nostalgia, construyen nuestro presente, porque la memoria es el mejor antídoto contra el olvido.

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