“En vida, el hombre es elástico y evoluciona. Al momento de la muerte es rígido e inmutable. Las plantas al sol son flexibles y fibrosas pero perecen secas y resquebrajadas. Por ello lo elástico y flexible se asocia a la vida y lo rígido e inmutable da la mano a la muerte. Así pues, lo duro y firme está tan listo para el hacha como un árbol, y lo maleable y blando se hace un lugar en la vida…” 

Lao Tsé

Las nuevas circunstancias nos atravesaron, importa poco el origen del virus y cuán grande sea nuestra resistencia, la nueva normalidad estaba impuesta aún antes de que se le nombrara. Nos queda sólo una premisa para hacer nuestra: adáptate.

Pasado el temor inicial, pasado el espasmo, las ganas de vomitar, la preocupación, la negación, el enojo, el hartazgo, la preocupación… hay que entender que la forma en la que hemos vivido no existe más, no podremos ir confiadamente por la calle y abrazar al amigo aquel que tiene mucho tiempo que no vemos, no podremos llegar a la oficina y besar en la mejilla a todos… ¿Es injusto? Quizá. ¿Estamos de acuerdo con ello? Quizá no. Pero por el momento, y en un largo tiempo, es lo que está a nuestro alcance.

Ya la idea de un virus letal pululando por las calles, viviendo en la superficie de tu cocina o alojado en la saliva de tu compañero del autobús es bastante horrorizante; no es que fuera improbable que algo así sucediera, por el contario, los procesos evolutivos y las ciencias biológicas sabían desde siempre que algo así podía detonar en cualquier momento. La pregunta es: ¿qué hicimos o dejamos de hacer como humanidad para llegar a este punto en las peores condiciones posibles? Hablo de pobreza, de desigualdad, de violencia, discriminación, de obesidad, desnutrición, falta de justicia, de capitalismo, de monopolios devorándose la economía mundial… hablo de la condición humana en sí misma que muchas veces pasamos por alto.

Punto aparte es y será la población que vive al día. Hay que salir a buscar el sustento familiar como sea, no es de extrañar que a un país como el nuestro, con millones de pobres, cualquier eventualidad termine aporreándolo y, para nuestro infortunio, la pandemia que enfrentamos no es algo menor, su pasó por el planeta dejará miles de muertes en todo el mundo. Justamente por ello da tanta rabia la desigualdad e injusticia, si de por sí ya mantenerse vivos era toda una proeza para grupos vulnerables, personas marginadas y comerciantes informales, el COVID-19 ha venido a resaltar las deficiencias de nuestro sistema gubernamental, del atraso de décadas en la procuración del bienestar de nuestro pueblo, de la tragedia mexicana que es la pobreza.

Se busca con desesperación la vacuna, un remedio mágico que nos haga libres… a la industria farmacéutica sólo le interesan los muertos para acrecentar el costo de su producto. ¿Qué hacemos los demás? Porque antes de que aparezca un antídoto biológico deberíamos rescatarnos entre nosotros. Hemos perdido la capacidad de entender al otro, no le concedemos el privilegio de la existencia si no nos sirve para algo. Como seres humanos es que debemos colaborar para sobrevivir.

No nos gusta esta nueva realidad porque sentimos que estamos perdiendo privilegios, porque puede robarnos a nuestros seres queridos, pero sobre todo nos molesta porque nos ha obligado a estar con nosotros mismos, a entablar conversaciones reales con hijos, madres, padres, parejas… porque no podemos salir huyendo a comprar un par de zapatos nuevos para olvidar las tristezas o quedar en un bar para aliviar el estrés de una semana más de trabajo. Se nos enseña a pensar en lo exterior, a agradar a los demás, por ello ahora cuesta tanto trabajo reconocerse a uno mismo.

El espacio que habitamos se convierte en nuestro universo, por días enteros sólo podemos ir de un sitio a otro en casa, damos vueltas como perros buscando morderse la cola sin rumbo, no vamos a ningún lado. Ahora podemos ver fijamente a los ojos al vacío que nos habita. Basta mirarnos al espejo. 

También nos asusta entender que somos frágiles, que muchos de nosotros que nos creíamos importantes en pequeños puestos laborales somos menos que indispensables, podemos seguir trabajando desde casa o bien quedarnos sin empleo, pero queda perfectamente claro que la labor que desempeña un camillero o quien realiza el servicio de limpieza en un hospital es más importante en este momento que un ego inflado. Tenemos que vivir con ese descalabro, entender que la prioridad es la preservación de la vida humana y que la forma en la que podemos contribuir los que no llevamos acabo actividades esenciales es permaneciendo en casa.

Pienso que si nos es tan complicado aguardar en un espacio físico determinado por un tiempo indeterminado será porque no sabemos ni habitar en nuestro propio cuerpo.

Y eso que contamos con el gran distractor que es Internet, con redes sociales que permiten estar en contacto con otras personas, con tecnología que nos permite trabajar o estudiar a distancia, tenemos miles de películas, series, obras de teatro, espectáculos de toda índole que nos permite distraer la mente, siempre labores domésticas que realizar, y están esos viejos amigos llamados libros que siempre tienen algo bueno que contarnos.

Así que sólo queda adaptarnos, la normalidad que nace nos llevará a entender el mundo y las relaciones interpersonales y sociales de un modo distinto, espero que entendamos que en nuestros ecosistemas todos somos necesarios y que si no somos capaces de colaborar no será necesaria un pandemia para que nos extingamos.

Sobre El Autor

Tania Martínez Suárez
pros_critos@hotmail.com

soy un atado de ideas zurda y necia comunicóloga proscrita madre indeVida

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