Frente al mar, con el Sol que dora mi piel, al ritmo de las olas, mientras acaricio la arena con mis pies  -así compruebo que soy sirena en teoría- llego a la página final de una historia que me hizo disfrutar el paisaje de mis vacaciones pero sobre todo con una mujer, personaje con la que me identifiqué totalmente. Sin embargo, me conmueve más que en la última página mi escritora más querida, Rosa Montero, me pida un favor, pues se lo cumplo. De verdad, haré esta reseña sin delatar la tensión que da ritmo a su novela más reciente titulada La carne.

Como siempre ella nos amarra a muchas historias en una sola que parece central. Es totalmente válido que algo te emocione más, que algo te marque para siempre, que descubras espejos en cada párrafo, que descubras tus coincidencias y hasta tus más profundas complicidades.

“Ahora Soledad acababa de cumplir sesenta años y se preguntaba en qué se le habían ido. Había llegado a esa edad en la su biografía era irreversible. Ya no podría ser otra cosa, ya no podría hacer otra cosa su vida. Ah, si hubiera sabido que iba a ser vieja y que se iba a morir, habría vivido de otra manera. Pero antes lo ignoraba. Es decir, nunca lo supo de este modo verdadero e irremediable. Y ahora ya es tarde”.

 

Sí, la madurez, diría yo con mi optimismo latente. La vejez, dice Rosa Montero con sincera inspiración. La carne, que nos delata el tiempo vivido. El cuerpo que en consignas feministas decimos que es nuestro, pero cambia a su manera y a veces no podemos detenerlo. Nuestro cuerpo, que de verdad es nuestro, por eso logramos hacerlo leal a la fuerza, con ejercicio y dietas. Que es nuestro cuando lo sometemos a masajes que prometen el milagro. Cuando lo compartimos gozosas con alguien que nos recorre siempre agradecido y emocionado. Que es nuestro y lo llenamos de cremas, vitaminas, cariños venidos de nosotras mismas. Pero que envejece, las arrugas aparecen resignadas, la gravedad de ciertos escenarios ya no es la misma. La carne es la carne, pero nuestra actitud es la que debe reconciliarnos con el inevitable paso del tiempo. No es fácil.

Por eso, Soledad Alegre es, personaje significativo, oscila entre las depresiones y el rechazo, entre la mesura y la autoestima, la desesperación y el rechazo, a reconciliarse y quererse a sí misma. Le gusta estar sola, pero también acepta que muchas veces le asusta estarlo. Busca el amor, para no encontrarlo. Se enamora para desenamorarse sin tragedias, reconoce que nadie se muere de amor, sólo se muere de amor en las malditas óperas. Se quiere bien, es estricta con ella misma pero también muy solidaria. Sabe aplicarse auto sororidad, nos comparte sus secretos para sobrevivir a los sesenta años, para quererse bien, para aún correr por la vida. Soledad me cae bien, tiene mucho de mis amigas, mucho de mí misma:

 

“Soledad nunca había vivido con nadie. Cuando quiso no pudo y luego no quiso. Había tenido, eso sí, muchos amantes. Mejor lejos. Mejor controlados. Que la pasión ardiera con cortafuegos alrededor. Ella era de enamoramiento fácil. Más bien instantáneo. Incluso fulminante. Necesitaba estar enamorada. Amaba el amor, como decía San Agustín. Era una adicta a la pasión y, como buena adicta, sin eso no le interesaba vivir. Sesenta años”.

 

Y en la historia, surgen otras tantas. Quizá con metáforas, siempre con sus verdades, a veces tan próximas que parecen delatarte, a veces tan cercanas que crees que la autora te espía, a veces tan memorables, que lloras conmovida. Aceptar ese refrán ruso que afirma que no hay familia sin su monstruo, y reconocer que sin duda eres ese monstruo. Sí, eres la persona rara, de la que prefiere alejarse de las hermanas porque te juzgan, no entienden; quienes critican cada logro y cada error, te humillan, te desconocen, ser el monstruo.

Historias donde una gemela es encerrada en el manicomio, la misma que enloquece en tu lugar para salvarte. ¿Quiénes no tenemos a nuestra gemela en el cautiverio, en el manicomio, en el olvido?

Historias en las que puedes ser testigo o protagonista, por ejemplo hay una escena en donde los demás presumen lo que Soledad no quiso tener: los hijos. Y vienen los comentarios jactanciosos, las miradas lastimosas hacia quien decidió no ser madre, las justificaciones para juzgarte con ganas de herirte, tanto que por eso cada vez se busca más la soledad, nada de reuniones, nada de charlas en grupos, nada de cenas colectivas, no salir de casa, no levantarse de la cama, eso pasa por estar viva. O quizá por no estarlo lo suficiente.

Soledad trabaja y adora su trabajo, es reconocida, la buscan por su profesionalismo, por la calidad de su compromiso, por su entrega. Y en la novela, pese a todas sus preocupaciones, al amante que no ama, a la carne que cede a las pasiones bajas y gozosas, ella jamás deja de pensar en su compromiso laboral. Me encanta que planeé una exposición de escritores que ella bautiza como malditos. Los que se han suicidado, los que han muerto por sus locuras inmediatas, por sus razones sin razón.

 

“Ahora que lo pensaba Soledad, casi todas las historias de sus malditos tenían que ver con la necesidad de amor, con el abismo del desamor, con la rabia y la gloria de la pasión. El amor hacía y deshacía la Historia, movilizaba las voluntades, desordenaba el mundo. Debería cambiar el título de la exposición. Sería mejor llamarla Locos de amor. De amar. De atar”.

 

Uno de los capítulos que me encantó fue donde Soledad es entrevistada por Rosa Montero. Sí, la misma escritora decide convertirse en personaje y entrar al mundo que ella inventó, pintarse a sí misma, imaginarse a sí misma. Entrevista a Soledad, tal vez charla consigo misma, con la que es y no es, con la mujer que sabe vive muy dentro de ella, lejana pero leal, cercano pero extraña. La entrevista es sencilla pero conmovedora. Soledad le reclama que hablen de la soledad, de vivir sin pareja cuando Rosa vivió 21 años con el hombre que amó…

Y entonces, ¿Cómo dices que la entiendes, cómo sabes lo que sentía una mujer que no conoció nunca el amor?

Rosa sonrío:

-Bueno, es que con mis biografías hago lo mismo que con los personajes de mis novelas, te metes dentro. ¿sabes? Te vives dentro de esas vidas. Todos tenemos todas las posibilidades del ser dentro de nosotros, es lo que decía el romano Terencio, “nada de lo humano me es ajeno”. Entonces te imaginas dentro de esa otra existencia, te dejas llevar por ella, permites que el personaje te cuente su historia, que te envuelva en ella… Es como surfear, ¿sabes?, como subirte al lomo de una ola poderosa y salpicada de espuma y dejar que te arrastre y te lleve hasta la playa…- peroró seudopoéticamente la escritora

-¿Tú haces surf?

-¡No!

-¿Y entonces cómo demonios sabes lo de la ola y la espuma y todo eso?- se desesperó Soledad, incapaz de contener su irritación.

Montero río con genuina alegría y los ojos le chispearon:

-Eso también me lo imagino.

 

Imaginar y vivir. Imaginar y escribir. Imaginar y compartir. Imaginar y quererse bien. Rosa Montero delata que su sonrisa compartida en cada foto es producto de esa maravillosa imaginación. Que cada personaje femenino creado, es resultado de su imaginación llena de sororidad. Que en cada historia nos imagina y nos convence como a la misma Soledad, de que la imaginación…

 

¿Y si se atreviera? ¿Y si se pusiera a escribir una novela? Recordó el chisporroteo en los ojos de la Montero cuando hablaba de la imaginación, y envidió esa alegría. ¿Por qué no permitírselo? Sólo tenía que rebajar sus propias exigencias, sus expectativas. Sólo tenía que soltarse y jugar…

 

Y entonces le agradezco a Rosa Montero cada palabra y cada historia, sus certezas y sus incertidumbres siempre compartidas. Dice cosas que yo siento, delata emociones que yo gozo, confía secretos que yo tengo. Por eso, puedo cumplir su petición y no contar la tensión narrativa de la novela. Asegurarle que las historias que nos cuenta van más allá de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, traiciones o enredos, sexo pagado o pasiones gratis. Sus historia, esta historia de la carne pueden marcar ese paso en el trotar de Soledad, ese paso que nos invita a correr por nuestra vida pero apretar un poco el paso para no perderlo.

 

La carne, de Rosa Montero, una novela que suma mis años para celebrar frente al mar la alegría de vivir.

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