Entré a la universidad a principios de los años 80…

 

EN ESA ÉPOCA, los estudiantes del tipo más común íbamos a clases a oír a los maestros; los escuchábamos, apuntábamos lo que tosían. Esto era con los buenos maestros, claro, no con todos. Es que dependíamos de ellos. El maestro era una especie de sacerdote; es decir, un intermediario. Nos decía qué leer y cómo leerlo.

Empecé a dar clases antes de tener mi título profesional y no he dejado de hacerlo. Son más de 30 años. A ojo de buen cubero, he tenido más de 2 mil alumnos y los de ahora ya son los hijos de los primeros que tuve. He podido ver cómo cambian las generaciones. Han cambiado mucho y al parecer muy rápido. Tan rápido que algunos de mis colegas maestros se sienten confundidos, desilusionados, incluso, a veces, deprimidos.

 

“Es que nosotros no éramos así”, me dicen…

 

Se quejan de que los jóvenes estudian literatura pero no leen, no participan, se ponen a mirar su teléfono mientras uno está dando la clase. Yo también me sentía molesto con esas cosas. Ya no. Cuando estaba en la universidad, tenía una maestra que hablaba inglés con un acento muy fuerte, en voz baja y además se tapaba la boca mientras hablaba. Me desesperaba.

Llegó un momento en que decidí dejar de esforzarme por entenderla. En la clase, ponía mi cara de estar interesado, pero mi mente andaba en otras cosas. ¿Es preferible eso que ver el celular? ¿Por qué? ¿Porque es más disimulado?

Los jóvenes de ahora son más autodidactas que nosotros. Bueno, en mis tiempos también había autodidactas, pero no eran muchos y en todo caso no estaban ahí esperando ser guiados. Quienes íbamos a la universidad nos ateníamos a los maestros. Los de ahora ya no se atienen a nadie. Son más desconfiados. Han visto que el maestro a veces se equivoca, que acomoda la información a sus ideas. Es que en nuestra época todavía era muy importante la subjetividad. Ya no. Los chicos de ahora creen en la información, como venga. No tienen que reunirla y luego seleccionarla como lo hacíamos nosotros; ahora la seleccionan conforme la van scrolleando.

En mi época éramos muy pomposos. Cuando a uno le entusiasmaba un tema y quería saber más sobre él, leyendo por su cuenta, decía que iba a “investigar”. Leía tres o cuatro libros y se sentía muy inteligente porque “investigaba”. Uno de mis mejores maestros de la universidad se burlaba de nosotros por eso. Los chicos de ahora ya no se paran el cuello. Como decía, manejan la información mucho mejor; saben dónde está. Nosotros oíamos hablar de un autor en la clase de las 10 de la mañana, esperábamos hasta que terminaban todas las clases, a las dos de la tarde, íbamos a comer y por ahí de las cuatro llegábamos a la biblioteca. Pasábamos media hora en los ficheros; si el que necesitábamos estaba ocupado, había que esperar turno o recurrir a otra opción de búsqueda (tema, autor o título); había que agacharse o estirarse, abrir y cerrar cajones, repasar una por una un montón de tarjetas ajadas. La media hora calculada podía convertirse fácilmente en una hora. Luego, otro rato en el mostrador esperando a que nos sellaran los libros y pudiéramos sacarlos. Total, para la siguiente clase, una semana después, ya habíamos “investigado” el tema. Ahora la búsqueda la hacen en dos minutos, mientras el maestro todavía está dando la bibliografía.

Sí, eso es lo que hacen mis alumnos. También intercambian mensajes o revisan el Facebook, no lo niego, pero no voy a decir, como mis colegas quejicas, que eso es lo único que hacen. Se ponen a buscar información. No están escapando de la clase, están en ella. Y ahora que escribo esto, me pregunto: ¿no será eso lo que nos pone nerviosos a los maestros? ¿Que los alumnos noten enseguida que recordamos mal una fecha u ocultamos intencionalmente un dato?

Tal vez estaríamos más tranquilos si empezáramos a adaptarnos a los tiempos en lugar de pedir que los tiempos se adapten a nosotros.

Sobre El Autor

Agustín Cadena

(1963) Del corazón del Mezquital. Ensayista, narrador, poeta y traductor. Estudió letras inglesas, maestro en literatura comparada. Compartió como docente en la Universidad Iberoamericana, el Austin College de Texas y la Universidad de Debrecen, en Hungría. Sus letras también se leen en inglés, italiano y húngaro. Tradujo a Bukowski, Brooks, Lowell, Hughes y Freely, entre otros. Colaborador de Blanco Móvil, Cabañuela, El Día, El Nacional, Excélsior, La Jornada, Los Libros Tienen la Palabra, México Desconocido, Momento (San Luis Potosí), Periódico de Poesía, Plural, Punto de Partida, Reforma, Revista de la Universidad Pedagógica Nacional, Revista Universidad de México, Siempre!, Summa, Tierra Adentro, Unomásuno, Utopías... y, por su puesto, LA RECOLETA

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.