MITRÍDATES, el rey políglota del Ponto, tenía tanto miedo de morir envenenado como su padre que toda su vida experimentó con antídotos para hacerse inmune. Sin proponérselo, fue un pionero de la farmacéutica. No obstante, lo aguardaba la ironía al final del camino: tras ser derrotado por Pompeyo en Armenia, el monarca se encontró entre la espada persecutora de Roma y la de un hijo ambicioso que lo odiaba. Orgulloso incluso en la desgracia, sentenció que nadie habría de tomar su vida como no fuera él mismo. Su oficial de confianza, Bituito, fue a sus enemigos con la noticia de que su señor cayó fulminado tras ingerir una substancia de su propia creación. No obstante, varios años después contaría una historia muy distinta a los hombres de César que lo apresaron:

 

El veneno de Mitrídates no surtió efecto; la dosis que debía matar a cinco hombres apenas y lo hizo palidecer. Después de años de experimentación, en verdad era inmune. Ninguno de los dos daba crédito

 

Bituito, quien era pragmático y ninguna utilidad encontraba en la muerte de su señor, vio una oportunidad y dijo al exaltado monarca que aquello era una señal: los dioses le obsequiaban la oportunidad de sofocar las intrigas de su hijo y de enfrentar a Roma una vez más. Sus palabras, sin embargo, fueron a dar contra unos oídos abatidos por la decepción, pues Mitrídates no veía en ello sino tragedia: su invulnerabilidad no le dejaba más salida que la del acero.

—Bituito, mi querido amigo, mucho me he beneficiado de tu brazo derecho al enfrentar a mis adversarios y habré de hacerlo una última ocasión…

Todo intento por convencerlo de lo contrario fue en vano, y esa diestra que atravesara con coraje el pecho de las huestes romanas tembló por primera vez. No tuvo el valor de decir la verdad y, de no ser por la gladius que le rozaba la garganta, se la habría llevado al sepulcro: él le arrebató la vida a Mitrídates y, con ello, puso fin a la era de mayor esplendor del Ponto.

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