Aquella mañana Silvia se despertó poco a poco por el sonido de vibración de su celular, sonaba su canción favorita para despertar en las mañanas, por algo la había configurado como alarma de despertador…

…ESTIRÓ LA MANO derecha en busca del aparato de no más de 15 centímetros que destellaba, hacía ruido y al mismo tiempo la deslumbraba. Con dificultad logró abrir los párpados que parecían haberse unido con pegamento.

Al poner la pantalla táctil de su teléfono frente a sus ojos, estos reaccionaron a la luz como vampiros que ven al Sol; sin embargo se obligó a mantenerlos abiertos y con ayuda de sus dedos los apretó y estiró.

Cuando pudo dominar sus dedos y estos a su vez dominarse para que controlaran los movimientos de aquel celular que inexplicablemente adquirió la agilidad de retorcerse como una lombriz, tocó la pantalla y googleó horóscopos del día.

Inmediatamente desplegó el menú y seleccionó la página de siempre, buscó su signo veraniego y comenzó la lectura.

Los siguientes serán días negros, con todas sus horas, minutos y segundos, no verás la luz en ningún momento y sentirás que avanzas en la completa oscuridad como cordero entre los lobos, tus ojos derramarán sangre y todas tus heridas se llenarán de lágrimas, pedirás la luz pero no se te concederá y extrañarás aquello que tuviste pero que por soberbia lastimaste y dejaste ir…

En realidad eso no era lo que decía el horóscopo, pero sí que debía cuidarse de los días de lluvia, pues podría adquirir un resfriado, es sólo que a Silvia le gustaba exagerar un poco las cosas y sentir que tenía talento para la literatura, aunque en realidad no había pasado más allá de experimentos de ensayos y garabatos en hojas blancas intentando escribir una sola línea, lo más parecida a una poesía con sus influencias de Charles Boudelaire, blackmetal o crónicas sobre asesinatos en serie publicadas en el periódico local.

Con un poco de sugestión cerró la página, alejó el celular de su rostro y miró hacia el techo las penumbras de su habitación y parpadeó para asegurarse que no volvería dormir, pero también para asegurarse de no haber despertado a su hija.

En un movimiento retiró las frazadas que le cubrían y se sentó por un momento en la orilla de su cama, puso sus pies descalzos sobre el suelo frío, para despertar completamente estiró los brazos y giró el cuello un par de veces hasta que sus huesos croaron como las ranas.

Cuando por fin llegó a un punto de lucidez se levantó y enfiló al sanitario, tardó un par de minutos y regresó a su habitación, seleccionó la ropa que usaría ese día, volvió al baño, abrió las llaves, dejó que se escapara un poco el agua hasta que alcanzara la temperatura óptima y después, completamente desnuda, comenzó su ritual con el agua tibia.

Era el 5 de enero y se sentía aún cansada por la noche anterior en el trabajo y de tener que soportar a cuanto sujeto ebrio se acercaba a ella para intentar manosearla, en sus pensamientos se decía a sí misma que debía dejar esa vida, pues no era lo que deseaba para su hija.

Luego de un par de minutos, se percató que esa noche debía comprar los obsequios para su princesa como la hacía llamar, pero que para ello debía salir temprano del trabajo y apresurarse a llegar al mercado de juguetes, comprar la muñeca encargada y regresar a tiempo a casa para colocarla en el árbol de Navidad como el obsequio que los Reyes Magos habían dejado para su hija.

Después de planear todo el día cerró las llaves de la regadera, secó el agua que abrillantaba su cuerpo con la luz del foco, se colocó una toalla desde sus senos, la fijó a su cuerpo, envolvió su largo cabello con otra más y salió de ahí. Se vistió con calma y continuó su rutina.

Cuando llegó el momento de salir del trabajo para comprar el regalo prometido, no contaba con encontrarse con Erick, su novio, quien había estado en el bar con otros de sus amigos y la había observado mientras se embrutecía y al mismo tiempo alimentaba sus celos patológicos con cada sorbo que daba a su copa de vino.

Erick bebió y cuando notó que Silvia pretendía salir de aquel bar la interceptó junto con sus cuatro acompañantes y la invitó a que fueran a otro bar a continuar bebiendo, aunque Silvia no estaba segura de querer ir a otro lugar que no fuera donde compraría el regalo de su hija, sin embargo accedió.

Los cuatro subieron al Tsuru blanco y se dirigieron a la Rata Blanca. Ahí permanecieron unos minutos hasta que Silvia le pidió a su novio que la llevara a comprar los regalos prometidos, él se negó.

Mientras el alcohol se mezclaba más en su sangre y penetraba en sus ideas retorcidas, el fuego de la ira comenzaba a encenderse y se alimentaba más de sus celos y de sus ideas de que Silvia se acostaba con otros hombres.

Cuando Erick se abasteció de combustible para su enojo y agresividad, se levantó de la mesa en la que se encontraban y dijo a Silvia y a sus cuatro amigos que salieran, era hora de cumplir con los regalos de la niña.

Los seis caminaron hasta la puerta y cuando se dirigían al auto, Erick tomó por sorpresa del cuello a Silvia con tal fuerza que casi le provoca la asfixia, con facilidad la arrojó al suelo y mientras ella intentaba reponerse, un golpe en el estómago la dobló por completo y nuevamente sintió que se le iba la vida ante la falta de oxígeno que su nariz y boca pudieran llevar a sus pulmones.

Erick ordenó a uno de sus amigos que la llevara a la parte trasera del bar. Mientras Silvia seguía en el suelo intentando respirar, un hombre robusto la tomó del cabello con tal fuerza que sitió que su cabeza se desprendía del resto del cuerpo y arrastrándola la llevó atrás, donde la luz era escasa, ahí la golpiza continuó sin importar que ella pidiera perdón sin tener que hacerlo.

Cuando los cinco sujetos se cansaron de golpearla, uno de ellos tuvo la idea de desvestirla y abusarla, a pesar de la sangre que brotaba de su rostro por los golpes propinados y cuando uno terminó, otro y otro fueron sobre ella, hasta que Erick le confesó que estaba enojado porque tenía la impresión de que lo engañaba con otro en el bar.

Según la declaración de Erick ante el Ministerio Público, lo último que pudo escuchar de Silvia antes de morir fue el nombre de su hija, MARIBEL.

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