—Ficción histórica de la primera mujer en reinar con gloria—

“Hombrecito, hombrecito, nunca digas a una princesa lo que tiene que hacer”. Éstas habrían sido las últimas palabras de la Gran Reina Roja Isabel de Inglaterra; la mujer que pese a ser declarada bastarda por su propio padre y asesino de su madre, el gran Enrique VIII, rompió el récord de sus antecesores reyes varones con una regencia que casi toca la dignidad del medio siglo.

Cuarenta y cuatro años después de recorrer Londres con la energía de una joven de 25, montada sobre una litera ataviada de oro, con la cabellera suelta, en señal de su virginidad —que sería su bandera perpetua—, la primera Isabel aceptó la mano de la muerte, pero no la condición de la agonía.

Para entonces ya rondaba la séptima década. En esos días, advertida por la caída cada vez más constante de las hojas de otoño sobre su vida, se negó a dejar de respirar bajo las sábanas reales, anclada a la cama.

En la humanidad de Isabel pesó más el mito que fabricó sobre sí misma a partir de interminables ejercicios de resistencia. La regente más famosa de todos los tiempos y de todas las naciones gobernadas por designación divina, se impuso una dura condena aquel día soleado en la siempre lluviosa capital inglesa, cuando en un despliegue de magistral oratoria dijo a los lores que anhelaba que en su lápida se consignara que hubo una mujer que amó tanto a su país que decidió encarnar al mismo tiempo el papel de rey y el papel de reina, consagrada en matrimonio, más que con ningún hombre, con su pueblo, célibe por la eternidad.

Con esa promesa comandó al ejército, el día en que la cruz española se hundió eclipsada por los feroces mares británicos. La Reina Virgen se subió al lomo de un caballo blanco, con un peto de metal encima de su vestido del mismo color del equino, para gritar que la fragilidad de su apariencia era un engaño al enemigo, una máscara para hacer que el rey hispano se tragara su misoginia y frenara la encomienda de evitar que los ingleses fueran libres de elegir la fe que más conviniera a sus corazones. Isabel volvió a Londres encumbrada por la gloria.

El sumario de sus proezas no hace más que apilar atributos de desafiante resistencia: dijo no a unirse en matrimonio a un desconocido príncipe europeo, para que el mundo la validara; dijo no a asumir la maldición ligada a la feminidad de su época y quizá a la de otros tantos tiempos, así que también dijo no a asumir el rol de su aparente naturaleza, tener hijos, y en consecuencia, dijo no a tener un heredero de sangre azul para la continuidad de su dinastía.

La primera Isabel mató con ella a la secuencia de Enrique VIII, el padre que de ella renegó, pero del que bien aprendió a reformar las reglas más arraigadas. Por eso no podía morir como lo hacen los reyes tradicionales: protestante como su espíritu, vestida para audiencia real, soportada sólo por una base de cojines, miraba a través de su ventana en el Palacio de Richmond, mordiendo el dedo medio y colocando el índice sobre la mejilla, como cuando estaba a punto de tomar una decisión importante. Así, la última Tudor, exhaló, para no apartarse nunca de la historia.

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