De entre todos los cantantes que arrojó el siglo XX, pocos han dejado huella en la cultura popular americana como Frank Sinatra y Luis Miguel, cuyas carreras despegaron en los Estados Unidos y México respectivamente. Incluso, dadas las similitudes en las vidas de ambos, a menudo se refiere a éste como la versión latinoamericana de aquél. Notable coincidencia es que, en sus inicios, estas dos estrellas fueron impulsadas por personajes turbios.

 

FUE a finales de los años 30 cuando Willie Moretti, capo de la familia Genovese, quedó prendado de la voz de un chico al que escuchó cantar en un club neoyorquino. Su nombre era Frank Sinatra. Cierto de que su talento sería buen negocio, lo acogió bajo su ala y lo colocó en los mejores escenarios de la ciudad, no sin cobrarle una comisión por cada evento. Pronto el muchacho se hizo de una reputación y firmó con la banda del legendario Tommy Dorsey, lo cual ya bastaba para asegurarle un futuro artístico brillante. Entrados los 40, los estudios de Hollywood ansiaban convertirlo en estrella de cine pero su jefe se rehusaba a vender su contrato. Entonces Sinatra acudió a Moretti. El gánster abordó a Dorsey en su camerino y, tras clavarle una pistola en la boca, pronunció una legendaria sentencia:

 

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Poco después, Sinatra fue libre para iniciar una carrera actoral que abarcaría cuatro décadas. Mario Puzo replicó este episodio, con su respectiva libertad creativa, en su novela de 1969 The Godfather, y por supuesto que Coppola lo hizo también en la cinta homónima. Se sabe que esto disgustó tanto a Sinatra que confrontó al escritor cuando los dos coincidieron en Los Ángeles, en algún punto de los 70. Si bien La Voz siempre negó todo nexo con el crimen organizado, su reputación de mafioso lo persiguió hasta la tumba: se le decía partícipe de la Conferencia de La Habana de 1946 y cercano a hampones, como Lucky Luciano, Sam Giancana y Bugsy Siegel. Dicho sea de paso, estos nombres también rondaron a un buen amigo suyo: John F. Kennedy.

En los tardíos 70, el cantautor español Luis Gallego, mejor recordado como Luisito Rey, llegó a México en busca de mayor éxito al que tuvo en su tierra natal. La fortuna, sin embargo, no le sonrió hasta que comenzó a explotar la voz de su hijo Luis Miguel, a quien inició en los escenarios a la edad de diez años. Aún pujaban por dar a conocer al niño cuando, gracias al favor de Arturo Durazo Moreno, éste debutó como cantante en la boda de Alina López Portillo, hija del entonces presidente José López Portillo, en 1981. Se rumora que Durazo también lo habría acercado a la discográfica EMI y a Televisa. Cierto o no, menos de una década después Luis Miguel ya era uno de los intérpretes más populares de América Latina. Ahora, si bien El Sol no arrastra una reputación como la de Sinatra, su padrino no fue menos siniestro que el de éste: hay pocos personajes más infames en la historia de México que Arturo, El Negro, Durazo. Originario de Sonora, fue nombrado jefe de la policía capitalina por su amigo José López Portillo, durante cuyo sexenio amasó una fortuna gracias a una vasta red de corrupción al interior de la institución y los penales del Distrito Federal. A la usanza de los dictadores africanos, se elevó al rango de general y creó un culto en torno a su persona. De su vida de lujos y excesos convidó a figuras del medio artístico y a hermosas mujeres. Las fastuosas mansiones que se mandó construir en el cerro del Ajusco y la bahía de Zihuatanejo hoy son monumentos de uno de los periodos más obscuros del México moderno. El Negro cayó en 1984, sin embargo, su legado en la vida de Luis Miguel es imborrable; algunas teorías lo implican en la desaparición de Marcela Basteri, madre del cantante, cuyo paradero se desconoce desde los años 80.

Los caminos de estas dos luminarias se cruzaron en 1994, cuando Sinatra invitó a Luis Miguel a participar en su álbum Duets II. Juntos interpretan el tema ‘Come fly with me’. Se reencontrarían un año después en el especial de televisión ‘Sinatra: 80 years my way’.

 

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