¿Oye Carlos ¿por qué tuviste que decirle que la amabas, a Mariana?…

 

Así tararea el coro de una de las canciones más hermosas del grupo Café Tacuba. Quienes leímos Las batallas en el desierto (1981), nos emocionamos porque sabemos bien que esa letra hace referencia a un amor infantil pero también porque la evocamos a ella, a esa señora bella y amorosa, sensual y generosa, tierna y atractiva, a ese personaje femenino llamado Mariana y que José Emilio Pacheco –nacido un 30 de junio de 1939- trazó con sensibilidad total.

Considerada por siempre un ejemplo de la narrativa mexicana, esta novela es un clásico eterno en la literatura no solamente nacional. Son tantos los aspectos que se recuperan de la novela, que por eso resulta tan cercana para cualquiera. La nostalgia por el pasado, una ciudad de México ingenua y transparente, la modernidad que llegaba a invadirnos hasta la cocina con sus refrigeradores, la infancia que nos llena de melancolía en la vida adulta, un mundo que despertaba de esa pesadilla llamada Guerra Mundial, tantos temas pero yo me quedo con ella, con Mariana, pues siempre juré que cuando fuera una señora, intentaría atrapar esa imagen, esa actitud ante la vida, esa comprensión y hasta esa sofisticación, su inteligencia y su actitud siempre libre, sin importarle lo que digan los demás de sus decisiones, actitudes y certezas.

En la historia, Mariana es mamá del mejor amiguito de Carlos, los dos son unos niños que estudian en una escuela primaria privada. La escena cuando sale de la casa de su querido amigo y sus pensamientos delatan el sentimiento que le inspiró esa señora, es conmovedora y dulce:

“Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria. Voy a conservarlo entero porque hoy me enamoré de Mariana. ¿Qué va a pasar? No pasará nada. Es imposible que algo suceda. ¿Qué haré? ¿Cambiarme de escuela para no ver a Jim y por tanto no ver a Mariana? ¿Buscar a una niña de mi edad? Pero a mi edad nadie puede buscar a ninguna niña. Lo único que puede es enamorarse en secreto, en silencio, como yo de Mariana. Enamorarse sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza”.

José Emilio Pacheco logra dibujar a una señora lejana para el amor de un niño pero tan cercana a un enamoramiento fugazmente eterno, sincero y genuino. Ella solamente tiene 28 años, pero ya es madre de un niño, por lo tanto parece que su destino es dedicarse al hogar, al cuidado de su hijo, olvidarse de sí misma. Pero Mariana es amante de alguien importante, no será la señora respetada por la sociedad, ha pecado al tener esa aventura, posiblemente de amor para ella. La sensualidad femenina es descrita en unas solas líneas por nuestro querido narrador:

“Nos sentamos en el sofá. Mariana cruzó las piernas. Por un segundo el kimono se entreabrió levemente. Las rodillas, los muslos, los senos, el vientre plano, el misterioso sexo escondido”.

Carlos es en verdad un niño maravilloso, acepta estar obsesionado con Mariana, pero su sensibilidad y sus emociones no se van a revolver en la eterna incertidumbre. Decidido, un día se sale del salón, a pesar de estar en clase. Y va a buscarla. A confesar lo que siente por ella. Mariana es humana, su corazón es tan generoso que lo escucha respetuosa, posiblemente impresionada pero a la vez agradecida. Sus palabras son maravillosas cuando le explica a Carlitos por qué no puede corresponderle:

“Te entiendo, no sabes hasta qué punto. Ahora tú tienes que comprenderme y darte cuenta de que eres un niño como mi hijo y yo para ti soy una anciana: acabo de cumplir veintiocho años. De modo que ni ahora ni nunca podrá haber nada entre nosotros. ¿Verdad que me entiendes? No quiero que sufras. Te esperan tantas cosas malas, pobrecito. Carlos, toma esto como algo divertido. Algo que cuando crezcas puedas recordar con una sonrisa, no con resentimiento. Vuelve a la casa con Jim y sigue tratándome como lo que soy: la madre de tu mejor amigo. No dejes de venir con Jim, como si nada hubiera ocurrido, para que se te pase la infatuation -perdón: el enamoramiento- y no se convierta en un problema para ti, en un drama capaz de hacerte daño toda tu vida”.

Ese amor ideal parece que existe. La certeza de que los amores platónicos son los perfectos, se enreda en cada página del libro. Transformar en un beso ese atrevimiento infantil, es una de las escenas más hermosas de la novela:

“Solté mi mano de la suya. Me levanté para salir. Entonces Mariana me retuvo: Antes de que te vayas ¿puedo pedirte un favor?: Déjame darte un beso. Y me dio un beso, un beso rápido, no en los labios sino en las comisuras. Un beso como el que recibía Jim antes de irse a la escuela. Me estremecí. No la besé. No dije nada. Bajé corriendo las escaleras. En vez de regresar a clases caminé hasta Insurgentes”.

La situación después se complica, pues se enteran de ese amor y nadie lo comprende. Lo juzgan, se burlan, se indignan. Mariana va a desaparecer de la vida de Carlitos pero seguirá en sus evocaciones más dulces de toda su vida. Al pobre pequeño hasta lo llevan con el sacerdote que más bien delata sus propios pecados al confesar al ingenuo niño. El psiquiatra ofrece un diagnóstico muy lejano a esa alma infantil. Los regaños del padre, la incomprensión de su mamá solamente preocupada por tener un hogar limpio y una familia en casa. La noticia que le estruja el corazón pero que inmortaliza a Mariana por siempre. Nunca la olvidó. Y yo tampoco.

Es tan sencillo evocar cada página de esta bella novela, hojearla y recordar cada escena, tener presente cada diálogo, imaginar una y otra vez a la eterna Mariana. Memorizar cada palabra, cada diálogo.

Por eso, cuando supe que harían una película de esta obra maestra de la literatura mexicana, me preocupé. No siempre el cine es leal a las historias. Por suerte, no la traicionaron. Aunque el proyecto lo inició el director José Estrada, que murió días después de haber iniciado el rodaje, tomó la estafeta cinematográfica Alberto Isaac. Así se logró un filme lleno de nostalgia y fiel a su ingenuidad. Mariana fue representada por una de las mujeres más bonitas y agradables del mundo del espectáculo, Elizabeth Aguilar. Ella había participado en el desfile fatal de ese concurso de belleza Miss México. No ganó, pero su simpatía y hermosura fueron determinantes para que se integrara a telenovelas y programas de humor blanco. Por supuesto, se hizo muy popular cuando posó para la revista Playboy. Pese a todo, no perdió el estilo ni su orgullo femenino. Por eso, el papel le quedó muy bien. Discreta y bella, construyó una Mariana leal a sí misma. Luis Mario Quiroz actuó como Carlitos y resultó perfecto. La película se llamó Mariana Mariana y representó a nuestro país en la Muestra Internacional de Cine de 1988. Yo fui a la Cineteca Nacional a verla y salí conmovida, agradecida que mi Mariana fuera la Mariana que invariablemente he querido.

Siempre, en algún momento de cualquier año, regreso a la lectura de Las batallas en el desierto, constantemente la lectura es diferente, pero nunca dejo de identificarme con Mariana. A veces el pretexto para que la releyera puede ser como el de hoy, la fecha de nacimiento de José Emilio Pacheco, uno de los grandes escritores de nuestro país.

Recuerdo cuando murió, el 26 de enero de 2014, en el noticiario de Carmen Aristegui, ella habló con la gran periodista Cristina Pacheco, la esposa por siempre de don José Emilio. La pregunta obligada pero el intento de responderla fue imposible. A Cristina se le quebró la voz y junto con ella lloramos muchas personas, el adiós por siempre es muy doloroso, sí, también lo vamos a extrañar.

Por eso, hago un homenaje cuando leo la obra de José Emilio Pacheco, sus poemas, sus otras narrativas, sus textos periodísticos, pero mi preferida es eternamente Las batallas en el desierto, y Mariana ahí está, esperando a que vuelva abrir mi libro y nos encontremos, y se vuelva mi espejo, mi inspiración.

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