Tú y yo tenemos un truco para resistir la gravedad,
no es un juego de las manos entrelazadas, ni un tendido
de hilos invisibles,
tienes que ver con la revés turgencia de tus glúteos, más la
elongación desquiciante de tus piernas.

FEBRERO es el mes del amor, por eso un poeta decidió nacer el día 14 de 1972. Hubiera cumplido hoy 46 años.

Febrero es el mes en que un cupido ciego decide escapar para flechar todo corazón, flechazos que de apasionados pueden quitarte la vida. Por eso, un poeta decidió partir el 28 de febrero de 2016, cuando solamente tenía 44 años.
Febrero es amoroso, permite que celebremos la vida eterna de un poeta como él. Febrero tiene consideración, permite que no olvidemos jamás a un poeta llamado Ramsés Salanueva.

Los sentimientos se revuelven en días como hoy, porque quiero cantar al orgullo de sentirme su amiga, pero a la vez quiero llorar porque no tuve el tiempo suficiente para sumar más cariños y complicidades.
Sin embargo, tengo por siempre sus palabras, su discurso amoroso, sus plegarias eróticas, sus cantos a la vida, en cada poema, en cada inspiración. Leerlo otra vez significa eternizarlo, tener la certeza de que no se ha ido, que sus palabras me consuelan y celebran, que su inspiración se contagia, que su poesía lo hizo inmortal.

Fue así como en agosto de 2017 tuve la fuerza de mirar los ojos de su hermano y descubrir destellos de él. En la Feria Universitaria del Libro (FUL) se presento su libro titulado La ciencia del alejamiento y otros poemas póstumos. Ese día, abrazar a su mamá, llorar con su papá, jurar que Ramsés nos acompañaba, representó esa esperanza de que los poetas nunca pueden morir.

Ese día volví a presumir que me gustaba tener alianzas con un poeta, que lo leía con verdadero gozo. Él coloreaba cada palabra y el ritmo de su inspiración siempre provocaba un escándalo de suspiros. Cierta soberbia daba tono a mi voz cuando juraba que lo conocía. Presentó mi libro de mujeres y futbol, nunca olvidaré que su sensibilidad le permitió descubrir la buena fe de esa publicación, identificar el tipo de textos que fortalecían esa obra, que ese deporte también tenía rasgos de género.

Cada mensaje enviado, siempre era respondido. Siempre con su característica humildad si le celebraba un poema. Solidario ante un consejo. Generoso con las invitaciones. Caballeroso si surgía algún piropo. Un cómplice que extraño, pero que recupero justo en el momento que lo necesito.

Qué emoción ser amiga de un poeta. Qué alegría palpar su amor por la vida. Qué gozo leer sus emociones tan parecidas a las mías. Qué felicidad acariciar su capacidad de expresarse. Me gustaba la manera que tenía de celebrar los cuerpos femeninos, los recorridos piel a piel. Desde el amor platónico hasta el amor carnal. Volver inocentes las pasiones desbordadas. Cantarle a la belleza del perfume que nos delata como mujeres por la vida.

Sucede que cuando pegas tu espalda a mi pecho/
Como un caracol frotándose en la yerba,
Tu adhesivo pélvico alianza nuestros centros de
Gravedad,
Revolviendo así una dinámica perpetua de doble péndulo/…

Publicó un solo libro –Cuaderno para estudiar el viaje– y cientos de poemas. Su poesía era aliada del viento hidalguense y jugaba contigo para que la buscaras, la encontraras y te emocionaras.

Poemarios inéditos, interminables acomodos, promesas apenas vislumbradas, advierte Diego José en el prólogo de ese poemario póstumo. Me atrevo a responder una de sus preguntas, sí, debemos respetar sus omisiones y silencios, pero al mismo tiempo también dejar entrever suposiciones sobre su deseo para dar a conocer un destello de su trabajo. Es lindo que se evoquen sus proyectos: Tu boca en medio de la lluvia o 25 invocaciones de amor y doce malogrados sonetos y La ciencia del alejamiento.

Es conmovedor también atisbar al Ramsés amigo, imaginarlo cenando en el Samborns de los azulejos, su sonrisa cuando se presentó su libro en la Feria del Libro de Minería, los sueños compartidos del trayecto de Indios Verdes hasta la central de Pachuca. Y que verdad más dolorosamente hermosa: El hombre apenas dura un momento, la poesía es eterna.

Y esa eternidad es en realidad muy espléndida, porque ahora Ramsés me acompañó muchos días mientras lo leía, mientras hojeaba La ciencia del alejamiento y otros poemas póstumos. Dividido en cinco partes, el texto lo representa como nunca.

La combustión más íntima del alma, es el prólogo que representa la amistad y el respeto a su trabajo, a su sensibilidad, a su herencia literaria.
La ciencia del alejamiento, 21 páginas salpicadas de manos breves, de flores y neblina, noches paralelas, bruma de tal vez, la niña callada del pueblo.
Teoría de la proximidad logra acariciar la piel de la hierba, deshojar pétalos antimateria y que pueda caer lluvia de bulbos retoñales.
Hipótesis de lo que fue, especula con poemas azules, discurre por las esquinas de nuestros cuerpos y debate si era el insomnio un estado espiritual de los monstruos.
Otros poemas póstumos, la parte que me más me conmueve, que me hace brindar por Ramsés y celebrar que siempre he sido leal a mi alma de caracola.

Acumulando limo/ tus muslos retoñan en mis manos/
a cielo abierto/ salpica tu venero/ te huelo en el solar,
precioso/
recién rociada por la niebla.

Ramsés Salanueva, sigues cerquita y yo como caracola avanzo por tu poesía, siempre cerca, eterna sin ti, gozosa gracias a ti.

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