…a partir de aquí hay una enorme laguna en mi memoria, apenas con algunas luces de episodios de agitada respiración por la posibilidad de un extraño contacto con el espíritu de mi siempre lejano abuelo.

Don Alejo me visitó ayer. Fue algo realmente sorpresivo. Hubiera esperado cualquier cosa, menos la visita de mi abuelo muerto. Y… ahora que lo pienso, de mis cuatro abuelos muertos, él habría sido el último de quien lo hubiera esperado. Nunca sostuvimos una sola conversación, jamás recibí un abrazo o un beso suyo, no hay en mis registros un consejo que viniera de él.

Era el temido ogro de mi infancia, gritaba por todo, nada le agradaba. Era dueño y celoso guardián de un hermoso jardín, cuyos frutos de sus árboles inventariaba para que nadie pudiera tocarlos. Supongo que toda esta factura se la cobré en su terrible agonía. No le hice ningún daño, pero tampoco me acerqué, no lo visité, no le hablé, no intenté interpretar sus delirios, no curé sus llagas, no le apreté la mano en su lecho de muerte, no asistí a su velorio… hasta hoy, no sé en qué pasaje del panteón está su tumba… En consecuencia, no suelo recordarlo ni pensarlo. Pero anoche me visitó y no puedo dejar de volver a eso.

Dormía, y esta vez lo hacía con mente despejada y dispuesta a descansar, hasta que, de pronto, desperté en su casa, la casa de los abuelos, aquel lugar tan concurrido por la familia entera en el pasado, donde se comía higo y se atrapaban chapulines, donde se podía contemplar el paso del tren y los fuegos pirotécnicos de las fiestas de octubre. Hoy no es más que nostalgia. 

Me vi entrando a la habitación donde murió Don Alejo, ese cuarto al que me resistí a entrar cuando daba sus últimos suspiros. El espacio cúbico no se parecía nada a lo que recuerdo: tenía paredes pintadas de un rojo intenso que se contaminaba desde abajo con humedad negra como el petróleo. Arriba, al centro, donde tendría que estar la cama, una extraña cruz blanca. Giré la cabeza atrás, hacia la puerta, al oír la voz de mis hermanos en la sala. Me dirigí a su encuentro pero al instante un portazo en la cara me lo impidió.

Estoy seguro que reaccioné titubeante y temeroso, a partir de aquí hay una enorme laguna en mi memoria, apenas con algunas luces de episodios estridentes y de agitada respiración por la posibilidad de un extraño contacto con el espíritu de mi siempre lejano abuelo.

Pero la visita ahí, apenas era el preámbulo. Mi abuelo muerto entró después por la puerta grande para instalarse de nuevo en su habitación. Su cuerpo parecía el de un gordo espantapájaros, con el mismo sombrero y la misma chamarra color cacahuate que usaba para las reuniones importantes. Pero estaba lleno de hojas de maíz, había tantas por todo su cuerpo, brillaban como si estuvieran intervenidas con pintura dorada.

En los momentos siguientes no hubo palabras, sólo reacciones mecánicas a lo que ocurría. Como un autómata fui detrás de él, a su cuarto rojo, que ya no era rojo. Estaba igual que antes, había una cama otra vez, y sobre ella, Don Alejo.

En un diván al costado, mi abuela muerta, Doña Julia, quien, sin soltar palabra, me extendió un plato con comida. Sin preguntarle, tomé los alimentos y me senté junto a mi abuelo. Lo alimenté, como nunca me vi hacerlo. Él me habría hecho un par de preguntas que no le pude responder. El efecto de la sorpresa no se apartaba de mí.

Don Alejo terminó de comer, sin mi ayuda se incorporó, tomó su sombrero y, aún con los residuos de maíz dorado, se marchó con toda calma. sin decir adiós. LR

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