Hoy tenía miedo de escribir.

Temo que en medio de esta aparente soledad

se me escape tu sonrisa.

Quizá, movido por la angustia o el desgano,

me atreva a decir te quiero.

Que tu silueta se me ha quedado grabada en el alma

y cada noche que mis ojos te buscan,

desean verte brillar en la penumbra.

Que dentro de aquellos largos besos que me has alcanzado

se han fugado tantas dudas y tantos miedos

que ahora mismo no sé si sueño o estoy despierto.

Decirte que tu sonrisa

es el lugar más maravilloso en el que deseo descansar…

esos labios de sueños, de temores y de historias.

Podría contarte, por ejemplo, que al sujetarte entre mis brazos,

soy yo el que ha caído en la prisión de tu mirada,

en tu cabello negro que pierde

y encuentra acomodo en medio de mis dedos…

Incluso, perdiendo el miedo,

te diría que quiero quedarme a tu lado,

así sin decir nada,

abrazados a mirar transcurrir el tiempo…

viviendo nuestra eternidad.

Que ni siquiera me arrepiento

del malestar que ahora me embriaga,

de las alucinaciones que a mí vienen

disfrazadas de tos y fiebre,

pues nada se compararía a ese, el último beso que me has regalado,

justo ahí, bajo la fría lluvia de noviembre.

Pero no te diré todo esto,

quizás un día lo sepas

o tal vez me baste verte sonreír al verme,

mientras intercambiamos miradas de complicidad

en medio de la gente…

y sigamos viviendo esa historia,

a la que ninguno de los dos

se atreve a poner nombre

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