…poseedor de los paisajes más bellos, la mejor comida, la mejor música y las mejores personas, el reino vivía preso de los cinco dragones, cegado por sus problemas, la pobreza y la desigualdad, la delincuencia y el conformismo.

 

HABÍA una vez, en la edad media, una princesa llamada Presidencia de la República, quien habitaba en un castillo encantado, llamado Los Pinos, era asediada por cinco temibles dragones que, como en cada ciclo de seis años, luchaban a muerte para hacerse de la joya de la corona.

Dragón Meade tenía escamas bicolores, dragón AMLO, el más amoroso; el dragón Anaya era el más joven en la justa; la dragona Zavala reemplazaba a su esposo, el dragón Calderón, y un colado, el dragón Bronco, quien alcanzó a entrar en la lucha, según dicen, por sobornar al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación del reino.

Muchos caballeros ya intentaron rescatar a la Princesa de las fauces de la codicia, pero fracasaron en sus intentos, uno de los más recordados fue Sir Luis Donaldo Colosio, quien pereció, según se cuenta, en las garras de un dragón de orejas enormes.

Por todo el reino había propaganda política de los escupefuego, todos se preguntaban quién sería el valiente caballero que rescataría a su alteza de aquel cautiverio, se convertiría en rey al tomarla por esposa y salvador de todo cuanto existiera en aquel reino llamado México.

México era poseedor de los paisajes más bellos, la mejor comida, la mejor música y las mejores personas, pero vivía preso de los cinco dragones, cegado por sus propios problemas: la pobreza y la desigualdad; la delincuencia y el conformismo.

Por generaciones, dragones iban y venían; y tras peleas ensangrentadas, sólo uno se quedaba con la mano de la Princesa, pero esa vez todo olía diferente, el pueblo ya no se tragaba tan fácil el cuento de hadas de los dragones y esperaba con ansias a un caballero valiente de armadura brillante.

El día llegó, dragón AMLO iba a la cabeza, dragona Zavala murió antes de entrar al ruedo, dragón Meade y dragón Anaya estaban palmo a palmo, la participación de dragón Bronco fue más que anecdótica.

Al terminar todo el revuelo y el pleito, increíblemente y contra todo pronóstico o encuesta, Dragón Meade se llevó el honor.

“¡Fraude!…”, gritaban algunos. “¡Marchemos!”, decían otros, pero al final el pueblo desconcertado y atarantado dejó de reclamar para enfurecer contra el caballero que nunca llegó, sin darse cuenta que eran ellos  sus propios caballeros de armadura brillante y que sólo hacía falta levantar la espada de la unión para derrotar a todo dragón hambriento del tesoro en Los Pinos.

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