Uno, dos, tres minutos transcurrieron según las manecillas del reloj. El hombre paseaba desesperado frente a una casa, dudaba en acercarse a tocar. Iba y venía, andaba y deshacía sus pasos. “Está loco el pobre”, susurraron algunas mujeres que rondaban en grupo. Pero los locos no lucen de esa forma: pantalón de vestir pulcro, planchado, zapatos limpios, camisa y un moño.

No, el joven no perdió la razón, pero pasados los 15 minutos de incesante merodeo no era descabellado pensar en algún trastorno. ¿Qué le sucedía? A ese ritmo cualquiera le suplicaba que se detuviera, resultaba contagiosa su desesperación, observarle caminar sin ton ni son.

Media hora, un anciano que lo observaba con quietud se levantó y con la calma que los años le otorgaron se le acercó. “Le harás un hoyo al suelo si continúas así”, mientras el joven se revolvía entre sus pensamientos. Sorprendido por la interrupción, sonrió amable y contestó, “¿No lo entiende? ¡Me saqué la lotería!”.

“Entonces deberías celebrar, no caminar como un loco en la banqueta, ¡vete de aquí y disfruta tu nueva suerte, que los viajes no se planean solos!”.

El joven posó su mano sobre el hombro del anciano y dijo con suavidad, “no señor, verá, no me entendió del todo. Soy un hombre afortunado pero mi suerte va más allá del dinero. Unos se creen millonarios por poseer enormes cuentas bancarias, en cambio yo soy rico por esto”, levantó la mano y saludó a la chica que asomaba su rostro por la ventana.

“Cada quién ve riqueza donde lo desea y yo encontré la mía en el mar de los ojos de esta mujer.”

El joven acomodó su camisa y se encaminó hacia la puerta donde la fortuna le abría paso.

Sobre El Autor

Sandra Carrillo

Maniqueísta cargada de ironías, amante del silencio, escritora de closet, reportera por empirismo y editora de ocasión

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