La maternidad obligada es castigo, la maternidad no deseada es tortura, la maternidad no meditada es dolor y la maternidad no debería ser nunca ninguna de esas cosas.

Cuando pareciera que estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad democrática e incluyente, resulta que en realidad nos encontramos en el siglo XVIII con ideas moralistas y ultraconservadoras, a merced de la Iglesia y de deidades inexistentes.

La revolución toma como estandarte el verde, mientras que los baños de pureza se visten de azul. La lucha de colores ante un mismo debate, ante un tema polémico que no debería generar polémica: la legalización del aborto.

Desde que tengo memoria, casi sin saberlo, soy feminista. Podría decir que todo comenzó con mi flojera y enojo porque como mujer me tocaba la limpieza de la casa y ver que a los hombres se les omitía esta responsabilidad. Me afiancé feminista cuando comencé a abrirme espacios en el mundo laboral, cuando quise que mi voz fuera escuchada y cuando me convertí en madre de una mujer.

Es del dominio público mi poca habilidad en ese papel, que mi chip materno está atrofiado, que mi hija es la persona responsable en nuestra relación y que sobrevive de puro milagro. También es del dominio público que amo con todo mi ser a esa niña que salió de mis entrañas pero que bien hubo posibilidad que ella no estuviera en mi vida.

De hecho, no tengo mayor reparo en confesarlo: cuando me enteré que estaba embarazada, mi primera impresión no fue alegría ni tristeza, sino la discusión conmigo misma para saber si me quería convertir en madre o no. Porque sí, yo misma me di la oportunidad de elegir si en verdad quería adoptar un nuevo rol en mi vida.

Lo reflexioné seriamente, con sus pros y sus contras; valoré mi estado de salud, mi estado emocional y lo que quería en mi futuro con ese pedazo de carne que ya se alimentaba de mí. Seguramente decir ‘acepto’ no fue la mejor opción, seguramente sí, no lo sé; pero al menos sentí –yo misma- la total libertad de trazar mi camino.

Y es la misma oportunidad que quiero que tenga mi hija: el derecho a decidir.

Porque la maternidad obligada es castigo, la maternidad no deseada es tortura, la maternidad no meditada es dolor y la maternidad no debería ser nunca ninguna de esas cosas.

Por eso se lucha, porque ser madre sea ‘una bendición’ y no una imposición de una sociedad que –pa´pronto- ni te va a mantener al milagrito. Se lucha porque el aborto sea una decisión consciente y segura, que no sea criminalizada ni te mande a los últimos círculos del infierno. Se lucha porque cada mujer pueda ejercer su sexualidad libremente y, de la misma manera, pueda ejercer su planificación familiar.

Basta de discursos pedorros cuyo único objetivo es apuntar con el dedo a mujeres que ya de por sí tienen una decisión difícil que tomar; basta de juzgar desde nuestra burbuja de anticonceptivos a la mano y educación sexual ‘de calidad’. Basta de creer que tener un hijo es castigo unidireccional a la mujer que abre las piernas cuando –evidentemente- lo que le entró por la vagina fue semen de un hombre a quien se le omite cualquier crítica o penitencia.

Basta de justificar el aborto si (y solo si) el feto es producto de una violación o tiene alguna malformación. El aborto, sea cual sea su origen, es meramente asunto de las y los involucrados y no del dominio público.

Si un día, por azares de un destino muy culero, quedo nuevamente embarazada, quiero tener la oportunidad de elegir, esta vez desde un sustento legal, si me quiero o no convertir en madre.

Si un día mi hija se encuentra en esa posición, quiero que se sienta con la seguridad de elegir sin ser juzgada, por mí ni por nadie. Prefiero ser yo su cómplice de aventuras, a la persona que reconoce su cuerpo inerte debido a un procedimiento ilegal. Prefiero ser yo la que luche por sus derechos, a que venga cualquier persona con aires de superioridad moral y quiera arrebatárselos.

Alguna vez leí que nuestras abuelas lucharon por darnos el voto, nuestras madres por darnos el divorcio y a nosotras nos toca luchar por darles a nuestras hijas el aborto legal.

Y aquí estamos, luchando, con pañuelo verde en mano, para ejercer sin miedo nuestra sexualidad y maternidad.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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