Así empezó toda esta historia. Y acabé con los gestos, los guiños, los tonos que son de los que me cuelgo. Ahora tengo ante mí el peligro que consiste en estructurarlos de manera que se ordenen en mí armónicamente, y eso sólo puedo hacerlo a diario, minuto a minuto. Voy a tener que decirme el día paso a paso, poquito a poco de manera que pueda ordenarlo con palabras mías. No es gran cosa; sólo la diferencia entre vivir con pánico o enfrentar el peligro.”

Mi libro favorito, todavía hasta la fecha me creo Susana, ese personaje femenino que siempre amó a sus mejores amigas, que escoge su oficinita quieta y chica. Que le gusta ver al hombre que ama despeinarse con sus emociones. La misma siempre pasmada pero que atrapa su cotidianidad en cuadernos donde su letra redonda la delata.

Hoy, todavía, cuando voy a la Ciudad de México y camino por la colonia Roma busco a la Susana niña, la pequeña que vivía en el viejo edificio de Álvaro Obregón y toca el timbre con la punta de su lápiz para evitar un toque, la que se despedía cada mañana de su papá y sentía ese beso calientito pero rápido en su mejilla. Que se colgaba de sus amigas Lourdes, Socorro y Lola. Comparto su miedo cuando entraron a robar a su departamento y se llevaron ese radio portátil que la acompañaba por las noches. Su madre tan abnegada y tan fuerte a la vez.

Después de tantos años creo ser yo la que escribe para ser leída por el hombre amado, como tanto tiempo lo hizo Susana a quien le presenta sus recuerdos en desorden, como la misma ciudad que la vio crecer. La misma que para sentirse amada necesitaba describirse y delatarse. La mujer enamorada que en ese acto de amor total se descubrió a sí misma para quererse bien. Que confesó su gusto por escribir porque es “una manera de recuperar la vida que una se va gastando casi sin sentir”. Susana empieza a escribir para el otro pero dictando su propia historia para reconciliarse con ella misma.

Y todo esto que les comparto lo provoca un libro y una escritora, el texto se llama Pánico o peligro (1983), la creadora es María Luisa Puga, que nació el 3 de febrero de 1944. La descubrí gracias a un seminario sobre mujeres y literatura, en El Colegio de México. Cada página era un espejo, cada palabra revelaba mis sentimientos y cada situación se identificaba con algo que yo había vivido. Desde ese día, enero de 1988, le fui leal a cada texto que ella escribió.

Reviso el listado de su obra y me conmueve confirmar en mi librero que no me falta ningún texto. Puedo tomar al azar cualquier libro y me vuelve a conmover profundamente. Así, en su primera novela Las posibilidades del odio (1978), África ya no resulta un continente lejano y el sometimiento de su pueblo, la discriminación que viven sus mujeres así como la recuperación de la identidad destacan en las historias compartidas.

Los cuentos que conforman Accidentes (1981) conmueven con profunda compasión. Sin duda, Joven madre es impactante, no hay vez que al leerlo termine llorando con solidaria amargura. Basándose en la noticia de un periódico, “una joven madre que sufría de depresión posnatal, saltó por la ventana del cuarto piso de un hospital de entrenamiento en Londres, con su bebé de tres días. La bebita murió; la madre, malherida, vive”. Esta tragedia, María Luisa Puga la convierte en una confesión desgarradora, le da voz a esa mujer y a sus miedos y a su amor y a sus pavores y la forma que se sentía atrapada en ella misma, en lo que se esperaba de ella y en lo que no podía ser aunque su “destino natural” se lo dictara como una orden que no podía cumplir.

En La reina (1995) recrea la vida de la más bonita, esa niña que no podía correr con las demás porque se le caía la corona aunque también quería sentir el viento en contra al retarlo en su carrera siempre prohibida.

Antonia (1989) es otra novela memorable, donde nos permita palpar sus propias sensaciones, ya que narra la vida de dos jóvenes mexicanas que deben vivir en otro país, donde se sienten ajenas e integradas, testigos y culpables, conocidas y desconocidas. Dos amigas que enfrentan la  amenaza de la muerte convertida en mortal enfermedad.

Cada título garantizaba la lectura más gozosa y solidaria, desde Cuando el aire es azul (1980), Inventar ciudades (1997), Nueve madrugadas y media (2002) o La forma del silencio (1987), en esta última escribió:

“Una novela no nace de una convicción sino de un deseo. El de propiciar cosas que pasen. Es como la expectativa de una fiesta: no una ceremonia, no, una fiesta, un reventón, una feria, un conglomerado fortuito de gente. Cada cual con su carga individual que a la manera japonesa con los zapatos, tendrían que dejar en la puerta para congregarse libres y limpios. No siempre se logra, pero pasan cosas. A uno se le olvida que quería lograr una novela feliz. Lo que busca es una novela coherente”

Y mi librero parece parir la obra de María Luisa Puga porque siguen saliendo libros como Intentos (1987), Inmóvil sol secreto (1979), La viuda (1994). Las razones del lago (1990) y La ceremonia de iniciación (1994). Hojeo Crónica de una oriunda del kilómetro x en Michoacán (1995), una historia que fue mi brújula cuando me cambié de la Ciudad de México a mi amada Bellairosa:

“Un espíritu animoso, deliberado. Ganas de caer bien, de integrarse. Por eso la gente lo mira primero con extrañeza y luego con un poquito de burla. Inocente. El fuereño ha quedado integrado en el paisaje mucho antes de lo que él sospecha, aunque ha quedado integrado como lo que es: fuereño. Algo que le ha sucedido al pueblo y que el pueblo tolera. El fuereño no lo sabe porque está ocupado labrando su vida diaria; fabricando su costumbre; adaptándose, en suma. Por eso mira tan constantemente para afuera; no quiere ser diferente. No quiere llamar la atención.”

Pero María Luisa Puga además del cuento y la novela, también practicó otros géneros, así surgió La cerámica de Hugo X Velázquez. Cuando rinde el horno (1983), que podría considerarse un relato periodístico donde recupera la vida de este creador de cerámica mágica y bella, pero en el proemio de la obra nos advierten que ella trazó su propio método: “el de los monólogos sucesivos, a veces sobrepuestos y otros confundidos o mezclados, y se atuvo a él con un prolijo rigor artesanal”. Solidaria con quienes la leemos, se aproximó a la reseña crítica y en Lo que le pasa al lector (1991) comenta, describe y recorre obras de sus colegas, desde Vicente Leñero hasta Silvia Molina, desde Milan Kundera a Lilian Hellaman. Generosa como siempre, en Itinerario de palabras (1987), escrito junto con Mónica Mansour, comparte sus aventuras como conferencista, tallerista y promotora cultural. Se arriesgó y lo hizo con verdadero éxito, y escribió para el público infantil, así dio a luz El tornado (1985), Los tenis acatarrados (1991) y A Lucas todo le sale mal (2005).

Y al parecer no me basta, todavía tengo ese librito de la colección De cuerpo entero, publicada por la UNAM donde Puga escribe sobre su infancia y evoca el dolor de perder a su mamá cuando ella era muy pequeña, la complicidad con su hermana y la extrañeza de un padre cercano pero lejano. Tengo otros textos que analizan su obra como María Luisa Puga. La escritura que no cesa, de Ana Rosa Domenella, y María Luisa Puga. De la autobiografía a la autoficción.

Y en su última obra verdaderamente nos partió el corazón en pedacitos, titulada Diario del dolor, relata su enfermedad que la llevó a la muerte el 25 de diciembre de 2004, la artritis reumatoide. En el texto enfrenta y se rebela contra ese dolor, lo maldice y le suplica, se hacen amigos y enemigos, conviven para reconocerse y se acompañan para solidarizarse. La obra va acompañada de un cedé donde su voz nos lee cada párrafo y cada fragmento. Es imposible evitar las lágrimas pero al mismo tiempo llenarse de inspiración, cuando presentó ese diario, dijo:

“Comencé a escribir para desahogarme, hasta que se empezó a crear la presencia del dolor como algo que estaba siempre ahí conmigo. Me dije: si yo estoy acorralada aquí con él, pues él igual conmigo. No se va a poder ir”

Recibió diversos reconocimientos, el Xavier Villaurrutia por Pánico o peligro y el Premio Nacional Juan Ruiz de Alarcón por toda su obra.

La suerte de reportera primeriza me iluminó y el primer evento cultural que me tocó reportear para revista Fem, ella estaba de ponente. La escuché con verdadera emoción. Mi corazón latía esperando acercarme, la abracé con verdadero cariño y antes de hacerle cualquier pregunta le extendí la portada de una revista para que me diera su autógrafo. Le dije que gracias a ella me gustaba cada vez más escribir. Solamente sonrío y escribió:

“Elvira, me da gusto que hayas venido este noche. Afectuosamente, María Luisa Puga, 1988”

Revista FEM, portada. 1988

Y yo la sigo leyendo con sensible emoción… Siempre segura que debo enfrentar el pánico y vivir el peligro:

“Por donde quiera que yo miro, veo ojos, boca, narices. Quiero llegar a la casa y encontrarme con toda tu diferencia, tu risa, tu manera de transformarme cuando estoy contigo. Quiero el presente y no me importa vivir toda la vida con este perpetuo forcejeo con las palabras ajenas. Llego repleta de calle y te encuentro henchido de palabras, eléctrico, poseído. Me caen como avalancha y por debajo veo tu vida, veo tu cuerpo y a eso estoy atada. Me dejo estar en el ruido con tal de sentirte cerca. Pero en cuanto cierro la puerta del apartamento sé que afuera se queda afuera”

Hacer Comentario