Ser mamá es lo más terrible, asqueroso, cansado y frustrante del mundo; sin embargo, es lo que más vale la pena.

En la vida hay muchísimas cosas que te cambian: la escuela, el trabajo, la familia, las parejas, el corte de pelo (cuando cerramos los dichosos ciclos) y un largo etcétera. Sin embargo, una que te cambia para siempre, definitivamente es el ser mamá.

Qué palabra tan agobiante y al mismo tiempo tan amorosa. Esas cuatro letras encierran un cúmulo de sentimientos encontrados, desde el sofocante miedo hasta el más más poderoso amor que cualquier persona pudiera sacar de sus entrañas. Qué palabra tan comprometedora, porque en ella está implícito el trabajo permanente de quien decide asumirla; porque cada uno de tus pasos se convierte en espejo, reflejo y ejemplo para pequeñas personas que salieron –o no- de tu interior.

Qué palabra tan asquerosa, porque tu cuerpo cambió desde el día uno, cuando una prueba de embarazo comprobó las sospechas de un sangrado atrasado, cuando los vómitos y orina incontrolable se adueñaron de ti, cuando tus pechos se pusieron firmes como uvas y después terminaron chupados como pasas, cuando tu panza creció a un tamaño exorbitante y nunca volvió a ser como en los años mozos. Porque significa que una cabeza salió de tu vagina o te dejó zurcido el vientre.

Y qué palabra tan culera, porque ser mamá es casi sinónimo de renuncia a tu individualidad y a tus sueños; porque pareciera que en vez de asumir la maternidad, debemos vivir castigadas con la materni-DAR.

Yo no quiero dejar de ser yo, no quiero olvidarme de mí, no quiero dejar de volar y prefiero extender mis alas para compartir el vuelo; en pocas palabras, así como descaradamente me considero una anti-mamá, también creo fervientemente en la mater-NO-DAR.

Considero que la maternodar es todo lo contrario a un acto de egoísmo y cobardía; más bien es el dar sin perder, el compartir sin dejar, el volar sin soltar. Es el decir que sigo siendo yo pero que hay una pequeña extensión de mi cuerpo que también necesita alimentarse, crecer, soñar y vivir.

Gracias a la maternodar es que tuve el coraje para tomar decisiones determinantes en mi vida: desde el hecho de elegir si quería o no aventarme el paquete de tener una hija, hasta escribir estas líneas mientras ella está dormida en mi regazo.

Específicamente, gracias a Victoria, decidí estudiar una segunda licenciatura, por el puro gusto de cumplir mi sueño de también ser maestra; gracias a ella defendí con uñas y dientes a todas las niñas y niños que se cruzaban en mi camino; gracias a ella decidí estar sola en vez de darle como ejemplo que me vieran la cara de pendeja. En resumen, gracias a ella es que cada día me levanto, tomo una gran bocanada de aire y camino para llevarla de mi mano.

No obstante, en esta maternodar, Victoria también es corresponsable de situaciones poco agradables. Hace tres años, casi un mes después de su nacimiento, supimos el diagnóstico de cáncer de mi prima; el mundo se paralizó y solo me quedó sufrir en silencio, sin poder llorar ni gritar para evitar que se botaran los puntos de mi herida maternal. Mi corazón se partió y solo pude fingir una sonrisa, porque en teoría yo debía estar muy feliz al haberme convertido en madre, cuando en realidad me estaba llevando la chingada al ver cómo una vida se perdía lentamente.

Eventualmente, detrás de Victoria, aún veo los mundos posibles de no haber sido mamá, los ‘hubiera’ de mi vida: ‘hubiera’ viajado por el mundo, vivido en otra casa, tenido otros novios, salido de fiesta más seguido, tenido más dinero, comprado ropa y una larga lista que no alcanzaría a nombrar.

Sin embargo, esos ‘hubiera’ que hay detrás de su silueta, esa corresponsabilidad con la que injustamente la apunto, no se compara siquiera un poco con la dicha de su presencia, con la inocencia de su mirada, con su carita de traviesa y esa voz que causa la sorpresa de propios y extraños.

Ser anti-mamá y practicar la maternodar te libera de ser una buena y abnegada madre, digna de llorar con ‘Señora, señora’ en el festival de la bendición, digna de flores y mariachis, digna de encargarle tu retoño a la virgen y cuanto santo aparezca. En fin, te quita al menos una de las muchas y muy pesadas cargas (pendejísimas, por cierto) que se nos asume a las mujeres desde que nacemos.

Ojo: no estoy diciendo que la maternodar sea que tus hijos se mueran de hambre y los prostituyas; eso es ser una mala persona y es ‘harina de otro costal’. Más bien es seguir tu vida, cumplir tus metas, chingarle en lo que te hace feliz y ser la mejor versión de ti misma para que se refleje en la mejor versión de un humano que te arruinó la vagina o te abrió la panza.

En conclusión, desde esta humilde trinchera literaria, va mi extendido abrazo a todas esas mamás y anti-mamás; a las que quieren serlo algún día y a las que no les mueve el tapete tener que cuidar a un bebé cagón; a las mamás sustitutas de sobrinos, primos o mascotas; a esas mamás abnegadas que me dan mucha hueva pero que dan lo mejor de ellas y hacen un papel chingonsísimo en sus casas. Más aún a mis tías, primas, amigas, mi cuñada, mis 20 suegras y, especialmente, a la dueña de mis quincenas y mejor amiga: mi mamá.

Sobre El Autor

Rosario Moctezuma

Reservada pero no tanto, culta pero no mucho, sensible pero a veces, chistosa pero no por gusto; comunicóloga, docente en proceso, haciendo mis pininos donde me agarre el hambre.

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