En esta época en que muchos países construyen o hablan de construir muros para proteger sus fronteras, porque pasando éstas hay un otro del que no quieren saber nada, afortunadamente hay también personas que construyen puentes.

 

PATRICIA Dubrava, poeta y traductora norteamericana radicada en Denver, es una de ellas. Sus puentes están hechos de palabras, de imágenes, de ritmos. Ciertamente, en sus dos poemarios publicados –Choosing the Moon y Holding the Light– dominan los paisajes, los retratos… son lugares y personajes captados en momentos de perfecta serenidad, congelados en un tiempo en el que sólo parecen moverse las hojas de los árboles, las gotas de humedad al ser atravesadas en el aire por la luz. La poesía de Patricia Dubrava es contemplativa, fina en el detalle y atenta a esos susurros de lo real que sólo el poeta tiene instrumentos para ver.

Pero Patricia Dubrava tiene otra importante cualidad, además de la de ser poeta: le gusta México. Lo ha recorrido como incansable viajera, registrando no sólo sus colores y sus texturas sino también el efecto que tienen en ellos el clima, la historia y la sociedad. Por si esto fuera poco, su conocimiento de nuestro país no se ha detenido ahí: habla perfectamente el español de los mexicanos, lo ha estudiado, lo ha leído, ha traducido a varios de nuestros autores.

Tratando yo también de tender un puente hacia esta constructora de puentes, he escogido tres de sus poemas sobre México para traducirlos.

Siéntase el lector libre para cruzar sobre ellos el río Bravo:

 

HISTORIA

En el jardín de lo que fuera la hacienda de Cortés,
traspasa el agua en cascadas
cuatrocientos años de acueducto.
Muros de piedra,
tan gruesos como alto es un hombre,
se levantan en arcos de diez metros sobre doseles de uvas.
Azoteas que susurran, moteadas de cielo,
sobre mesas con manteles de lino, copas rebosantes,
una salpicadero de bugambilia magenta.
A tres o cuatro pasillos de distancia,
hay una fiesta de bodas;
llega de allá un asordinado ritmo de merengue.
Debemos agacharnos para ver al oscuro interior de las ruinas
de una entrada subterránea.
Imagino a Cortés o a su hijo llegando aquí a caballo
desde la catedral, en el centro de Cuernavaca:
kilómetros de túneles a la luz de las antorchas.
Imagino a los indios y a sus hijos
que murieron en la construcción.

 

***

 

LAMENTO POR PÉRDIDAS. Querétaro, 2004.

Aquel verano,
mi apartamento quedaba cerca del mercado de la Cruz:
montones de puestos, casi todos al aire libre,
hacinados entre grupos de edificios.
En un rincón,
pequeñas mujeres de piel oscura tejían rebozos,
bordaban caminos de mesa y blusas,
entre puestos de camisas chinas, zapatos, joyería,
piñatas multicolores que colgaban del techo.
En el otro extremo, abigarradas pilas de productos:
diez clases de melones, chiles, berenjenas, limones,
deliciosos plátanos dominicos que yo nunca había visto;
grandes tazas de plástico llenas de granos de granada,
rojísimos chiles serranos, cerezas, aceitunas,
montones y costales y tinacos de arroz, frijoles,
lentejas, chiles secos de muchas variedades,
pescados enteros y cangrejos en bloques de hielo.
Colgando, collares de longaniza, cabezas de puerco,
piernas, filetes de res.
En algunos puestos tenían bancos;
de allá venían el olor y el sonido de quien hace tortillas,
tacos, gorditas, barbacoa o cocteles de camarones
servidos en vasos de fuente de sodas.
Incluso así la gente se quejaba:
Está muy caro, No tienen empacadas las cosas que quiero,
Es hasta el centro, No hay dónde estacionarse…
Preferían hacer sus compras en el Walmart
que estaba a la salida de la ciudad.

Pero en el mercado de la Cruz yo vi una mujer
parada frente a una pirámide de melones;
le pidió uno al vendedor.
“¿Cuándo va a partirlo?”, le preguntó él.
“Mañana en la mañana”, contestó ella.
Y él se puso a buscar, entre tantos que tenía,
el melón perfecto para ella.

 

***

 

PRACTICANDO LA PACIENCIA CON MIS COMPATRIOTAS AMERICANOS

¡Oh, caminar por las calles donde Paz y Sabines caminaron!
-Joseph Hutchison-

“¿Así que fuiste a México? ¿Y el bronceado?”
“No fui a la playa, fui a la Ciudad de México”.
Me aguanto las ganas de decir que México
no es una enorme playa con hoteles.
“Oh”, un paso atrás, la nariz fruncida.
“¿No está muy contaminado?”
“Eso me dicen. No me di cuenta.
Fui en julio, cuando es temporada de lluvias”.
“Apuesto que hacía calor”.
“Nunca hace calor en la Ciudad de México. Anótalo, por favor.”

La región más transparente…

Cómo describir la sedosidad de nieve del aire recién lavado,
a 2 mil 250 metros de altitud y a 3 mil kilómetros de aquí:
un fresco húmedo que apenas y roza la piel,
un clima en el que florecen por igual palmeras y chamarras.

“Pero es la ciudad más grande del mundo.
¿No está espantosamente hacinada?”
Vas en coche y sientes la presencia de 21 millones de personas,
humo de escapes de camiones diésel, embotellamientos.
Pero en la Plaza Hidalgo de Coyoacán
siempre hay una mesa libre en el Café De la Selva
y uno recuerda que primero Frida y Diego,
luego Octavio Paz y Jaime Sabines anduvieron por ahí.
“¿Quién? Ah, sí, la cejijunta.
¿Te divertiste entonces? ¿Qué me trajiste?”

 


MÁS DE DUBRAVA EN LA RECOLETA:

Sobre El Autor

Agustín Cadena

(1963) Del corazón del Mezquital. Ensayista, narrador, poeta y traductor. Estudió letras inglesas, maestro en literatura comparada. Compartió como docente en la Universidad Iberoamericana, el Austin College de Texas y la Universidad de Debrecen, en Hungría. Sus letras también se leen en inglés, italiano y húngaro. Tradujo a Bukowski, Brooks, Lowell, Hughes y Freely, entre otros. Colaborador de Blanco Móvil, Cabañuela, El Día, El Nacional, Excélsior, La Jornada, Los Libros Tienen la Palabra, México Desconocido, Momento (San Luis Potosí), Periódico de Poesía, Plural, Punto de Partida, Reforma, Revista de la Universidad Pedagógica Nacional, Revista Universidad de México, Siempre!, Summa, Tierra Adentro, Unomásuno, Utopías... y, por su puesto, LA RECOLETA

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