Mi caja de silencios sigue sonando. Ya no sé a qué se deba. Es muy posible que olvidara sacar algún viejo aliento del fondo o que no la limpiara bien.

Creí que me había ocupado de eso en la última depuración, hace un par de meses; me pareció que hice una purga tan intensa que asumí que más nada quedaría ahí. Pero ayer, ayer que repasaba por ociosidad los pasillos de mi interior, nada más para jactarme de su paz simple, alcancé a oír un leve ruido que no podría venir de otra parte: la caja de mis silencios.

Me detuve, miré hacia el cuarto oscuro donde está la caja de mis silencios y me reproché el hecho de no haberla votado de una vez por todas. Si ya no habría más silencios qué almacenar, ¿para qué conservarla? Entonces recordé que cuando estaba a punto de desecharla, pensé que quedarme con ella me haría ver lo mucho que padecí teniéndola llena. Quedármela sería una alerta infalible que me ayudaría a evitar el riesgo de archivar silencios que más tarde crecerían para desbordarse como lava ruidosa en el momento menos esperado.

Sí, ahora recuerdo que mi caja de silencios se convirtió en un memorial, pero los memoriales no suenan, a menos que los visites para retomar sus recuerdos, y yo no lo visité.

Quise ignorar el incidente y avancé por los pasillos de mi interior como si nada, pero al tomar el acceso de salida, otra vez, mi caja de silencios volvió a sonar. La alarma de intrigas mínimas hizo imposible que pudiera pasar por alto el hecho. Cuando fui a apagarla, me paré en el pasillo que conduce al cuarto oscuro de mi caja de silencios, esperando una señal, le di un par de minutos de expectación. Al verificar que nada sonó, me di por bien servido y continué mi marcha. Pero, al poner el primer pie fuera de mi interior… de nuevo: la caja de mis silencios estaba sonando.

Era como el ruido insistente de cascabeles débiles. Tomé un respiro, luego otro, cerré los puños, giré y caminé con determinación hacia el cuarto oscuro de mi caja de silencios. Después de un tiempo, este tipo de jueguitos me resulta bastante estridente, así que cualquier cosa que osara corromper la pulcritud de mi caja de silencios lo tendría que pagar muy caro.

Al abrir su bóveda, me di cuenta que la caja estaba cerrada con llave. No es posible, me dije. Aún tengo la imagen del cofre abierto, así fue como quise que permaneciera, pues no había ya nada que se tuviera que resguardar. Busqué impaciente en el perchero, pero ninguna de las llaves respondía a la firme cerradura de mi caja de los silencios.

Recurrí a maneras menos ortodoxas para abrirla, cincel y martillo, taladro, fuego… nada. Conforme más me aferraba a liberarla, el leve ruido de los cascabeles se hacía más fuerte, como pidiendo auxilio. No quería más que descubrir qué silencio había olvidado redimir.

Frustrado, pasé la noche tirado en el cuarto oscuro, con el oído pegado a la caja de mis silencios, en un intento desesperado por interpretar el incesante tintineo. Conforme la noche se instalaba, aquel sonido parecía referir voces, frases y músicas que hacía tiempo no escuchaba, pero que se resistían a prestarme algún rastro. Me rendí.

Devolví la caja de mis silencios a la bóveda del cuarto oscuro. Fastidiado, abandoné mi interior, resignado a oír la misma advertencia, a veces constante, otras intermitente.

Ahora, mi caja de silencios se hace sentir en los huecos de mi exterior, por los poros de mi piel, en las pausas de mi historia que, no obstante, continúa.

Ya no intento volver a la oscura bóveda que contiene la ruidosa caja de mis silencios. Tengo la esperanza de que algún día estalle por sí misma, cuando esté llena y cansada de ocultarse en ese insondable cascabeleo que se advierte sin revelarse.   

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