A Baruch, por supuesto.

 

Durante 9 meses llevé un diario que delataba, confesaba y compartía mi sentir ante la aventura que había decidido vivir en ese año de 1992: Ser madre. Después, decidí juntar esas frases, esas historias propias, mis palabras plasmadas en una hoja o en una servilleta en un solo relato que guardé durante algunos años. Luego enfrenté una sensación muy diferente, muy triste y angustiante. También registré esos días de pavor y dolor. Fue así como nació un relato titulado Desde el castillo del maternazgo y lo inscribí en un concurso de historias de mujeres que cada dos años realiza Documentación y Estudios de la Mujer (DEMAC). Obtuve una mención honorífica y la publicación del texto.

La historia es mía, absolutamente testimonial y a 25 años de distancia me conmueve, me sorprende, me reconozco, me apapacho y me reconstruyo. La primera parte narra mi maternidad tan deseada, la segunda parte hace referencia a un aborto. Opuestos totales, la primera experiencia me reconcilia siempre con la vida, la segunda vivencia nunca deja de doler. Sin embargo, en esta ocasión, por la fecha memorable, quiero solamente compartirles esa primera historia, la agridulce felicidad de convertirse en mamá.

Así, mi testimonio empieza con un Espejito, espejito, yo misma escarbando en mi mirada y preguntándome si estoy preparada para convertirme en mamá. Qué puede delatar que ya está una lista, qué guiño puedo hacerme para convencerme que ya con desearlo es un gran paso, quién me quita estos miedos y estas dudas. Pese a todo, con mi pareja hago un pacto: tendremos un hijo. La noticia al confirmar que efectivamente ya estoy embarazada. La fiesta al salir del consultorio, el cantar por las calles de esa melodía de que alegre va María, platicando a su niño va, a su niño que pronto vendrá. El paisaje que deseo y admire de los volcanes amorosos que cuentan una leyenda de lealtad apasionada. Los primeros antojos, la primera vez que siento a mi hijo moverse en mi vientre.

Pero en esa historia quiero insistir que, pese a mi gran felicidad, al amor que ya empiezo a sentir, a que mi cuerpo se transforma para darle espacio a ese cuerpecito, no dejo de tener dudas y miedos:

 

Tengo miedo al dolor del parto, a reaccionar como una cobarde, a hacerme la valiente y no serlo, a desangrarme después de que nazca el bebé. Temo morir dando a luz como le pasó a mi abuelita por lo que mi mamá nunca la conoció. Que sienta las primeras contracciones estando sola en la casa o caminando por la calle, que tengan que hacerme una cesárea de emergencia.

 

Pero los meses avanzan, mi vientre crece, mis certezas igual, mi incertidumbre nos acompaña. Hay momentos tan memorables, por ejemplo, ese día que mi papá llegó con un mameluco de tigre y lo hizo caminar por la mesa como si fuera mi bebé. Mi mamá, mis hermanas, él y yo, lloramos de emoción, ya lo queremos tener en casa, ya queremos conocerlo. La vez que vi su perfil en el ultrasonido y juré que era igual que su papá. El momento en que me avisan que debe ser cesárea, el bebé es muy grande y a mis treinta años mi cuerpo ya es “viejo” para hacer el gran esfuerzo de parirlo de manera natural. El momento en que llego al hospital, la preparación:

 

Meche, la enfermera, platica animosa conmigo mientras mete una sonda por aquí y otra por allá. Se burla de mis calcetines rojos que no quise quitarme, según yo son de buena suerte… Al salir del cuarto para ir al quirófano oigo las porras de mi familia, de mis amigas y hasta de mis suegros y cuñados. Todos ahí reunidos, deseándome buena suerte, gritándome: Viva la futura mamá, tú puedes, duro, duro…

 

Y ese momento, tan grabado en mi mente, en mi corazón y en mi vida. El quirófano tan limpio, la estación de radio con boleros, la voz del locutor anunciando: son las diez y diez de la mañana, y el llanto de mi hijo que llega a la vida, celebra mi vida, acompaña mi vida. El grito con voz quebrada de mi esposo que grita ya nació, como si no lo supiera. Mis lágrimas, eses primer beso, este amor desgastante y total que jamás sentiré por nadie más que por mi hijo. Su mirada sorprendida mientras lo beso y abrazo, cuando lo amamanto, cuando le repito que lo amo, que lo amo y que lo amo. Lo torpe que a veces me siento, mi insistencia a que la enfermera Meche se vaya a vivir con nosotros hasta que el bebé cumpla 18 años. La risa divertida de esa cómplice de blanco que me juraba: Pronto aprenderás a ser mamá.
El regreso difícil a lo rutina diaria, mi panza mal bordada, mi pubis sin pelusa, mis pechos llenos de leche milagrosa que mi hijo siempre saborea, mi depresión postparto, lloro y río, me muero de miedo y de amor.

 

¿Sabes qué? Yo rajo. Yo me quedo con mi mamá los cuarenta días. Me siento bien pendeja y bien cansada, bien inútil y bien amolada. Es angustiante no estar totalmente feliz porque de verdad que amo a mi bebé, pero estoy esperando que aparezca ya la yo que siempre he sido, la luchona, la maestra, la escritora… Quiero que nuestro hijo ya hable para que sepa lo que quiere, que ya camine para salir con él porque ya no recuerdo cómo son las calles pues vivo encerrada en el castillo del maternazgo.

 

Mi castillo, donde aprendí a cambiar pañales y a preparar papillas, donde celebré sus primeros pasos y cuando me dijo “mamá”. Donde palpé mi fragilidad, pero también mi necedad, mi perseverancia y mi capacidad de reconstruirme, de zurcir mi alma, de palparme en el espejo, de quererme otra vez. De descubrir que el amor no es para siempre y que debo quererme bien para seguir aprendiendo a ser mamá. Las decisiones difíciles, los momentos tan fatales, pero mi hijo siempre junto a mí, siempre será mi hijo, siempre seré su mamá. La maternidad poniéndome a prueba, a veces exento, otras me voy directo al extraordinario, pero jamás me doy por vencida. Siempre entre malabares y culpas, siempre entre el orgullo y el respeto, la lejanía necesaria y la cercanía natural. Mamá, para bien, pese a todo, segura e insegura:

 

Y lo que falta de aquí hasta su doctorado, de aquí hasta sus novias, de aquí hasta los condones que aprenderá a usar, de aquí hasta donde la vida me lo permita, porque será el único hijo que tendré… Después de todo creo que no soy la peor de todas.

 

El castillo del maternazgo mi diario y mi relato de vida, de los primeros textos que me convencieron que lo mío sí es la escribida. Nunca dejo de agradecerle a DEMAC ese reconocimiento, esa Mención Honorífica que siempre me llena de orgullo. Un texto que justo este año que mi hijo cumple 25 años, me vuelve a convencer, que no soy la peor de todas y que sigo aprendiendo a ser mamá.

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