Hay atardeceres nítidos, tan nítidos que parece que alguien los reproduce a través de una pantalla en alta definición…

 

…UNO puede apreciar el magenta intenso de las buganvilias o la transparencia irreprochable de las esferitas de agua que se forman por la hidrofobia de los helechos verde limón. Con aquella escenografía, la de esas tardes producidas en HD, es posible incluso mirar al Sol de frente, sin arrugar la cara, y extasiarse con su obra pictórica en lo alto, donde forma una loca bóveda de naranjas y violetas que dan al día una muerte digna y a la noche, un afable surgimiento. No tengo duda de que, de todas las transiciones, la pascua del día a la noche es mi favorita.

También hay días opacos y ahumados, tanto, que parece que alguien los reprodujo a través de una tele análoga, a escala de grises. Me atrevo a inferir que en esa escenografía uno puede distinguir los hilitos horizontales, esos que evidenciaban las limitaciones en una grabación del cine negro. Y aunque estas vistas no son tan sofisticadas como los detalles que nos ofrecen los atardeceres en HD, su belleza no se equipara.

Hay tomas que sólo tu ojo logra y seguro estoy que ni la cámara más sofisticada podría igualar. Si no me crees, haz la prueba: tras un relajante ejercicio de observación de tu entorno, pon tu mirada en el marco incidental en el que se convirtió ese arbusto que deja ver el instante de quietud del colibrí, o la megaluna de queso, que en su prepotente presencia se deja acariciar la mejilla con la delgada rama del árbol sin hojas. Aprovecha el momento, sé egoísta y quédate a solas con él, si tomas la decisión de ponerlo en cautiverio y capturarlo con tu cámara, te perderás del diálogo íntimo. Lo poco que atrapes no será ni la mínima partícula que pudiste ver.

Confieso que a veces me envuelvo demasiado en la intriga incesante de saber si el rojo que yo veo es el rojo que tú ves. De qué privilegio me haría si pudiera tomar tus ojos prestados y prestarte los míos para comprobarlo. Quizá aprovecharía para pararme frente a un gran espejo y mirarme desde ti y luego mirarte, de nuevo, unos instantes más antes de devolverte la visión que siempre has llevado. Te invitaría a que hicieras lo mismo con mis ojos, esos que hoy necesitan más de ocho dioptrías para no tropezar, esos que se llenarían de agua al mirarte después de casi más de un año y reconocerte, para volver a amarte.

Escribiría un gran ensayo sobre nuestros descubrimientos, haría un esquema comparativo para dilucidar cómo se ve tu rojo y cómo se ve el mío y luego nos dibujaría a ambos, vistos desde nuestras respectivas experiencias. El artículo incluiría las voces de cada uno para exponer, en un sentido muy poético, qué y cómo vimos, con los ojos del otro, nuestras respectivas figuras, nuestros respectivos mundos.

Es muy probable que algo le ocurra a nuestros enfoques, asumo el riesgo de posibles alteraciones a la manera en que nos vimos durante tanto tiempo, pero estoy convencido de que el resultado no mermará mi adicción por mirarte.

@lejandroGALINDO | avueltadetuercas@gmail.com

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